Ninguna especie vive sola. Cada una come a otras, es comida por otras, compite con otras por el espacio y la comida, o vive pegada a otra, dentro de otra o gracias a otra. Las relaciones entre especies son lo que convierte una lista de seres vivos en un ecosistema, y se clasifican por una pregunta sencilla: quién gana y quién pierde.
En la depredación, uno come al otro: el león a la cebra, la araña a la mosca, la vaca a la hierba, porque comer plantas también cuenta. Es la relación más visible y la que empuja buena parte de la evolución: el guepardo es rápido porque la gacela lo es, y la gacela porque el guepardo lo es, en una carrera que nunca termina. En el parasitismo, uno vive a costa del otro sin matarlo, al menos no enseguida: la tenia en el intestino, la garrapata en la piel, el muérdago en el árbol, el virus en la célula. Al parásito le conviene que su casa siga viva, y por eso las enfermedades muy mortales suelen ser recientes; con el tiempo, parásito y huésped se acomodan.

En la competencia pierden los dos. Dos especies que necesitan lo mismo, la misma comida, el mismo sitio para anidar, la misma luz, se estorban, y cada una estaría mejor sin la otra. El ruso Georgy Gause lo estudió en 1934 con dos especies de paramecios en un tubo: cada una crecía bien sola, pero juntas una siempre acababa desapareciendo. De ahí salió la idea de que dos especies no pueden ocupar exactamente el mismo nicho durante mucho tiempo: o una elimina a la otra, o se reparten, una cazando de día y la otra de noche, una en la copa y la otra en el suelo. Muchas de las diferencias entre especies parecidas vienen de ese reparto.

Y en el mutualismo ganan los dos. La abeja se lleva néctar y la flor se lleva polen. El pez payaso vive entre los tentáculos venenosos de una anémona, que a él no le pican, y a cambio la limpia y la defiende. El pájaro que se posa sobre el búfalo le come las garrapatas. Las bacterias del intestino digieren lo que nosotros no sabemos y nos dan vitaminas a cambio de comida y casa. Y las raíces de casi todas las plantas van enredadas con hongos que les traen agua y minerales a cambio de azúcar. Cuando la relación es tan estrecha que los dos viven juntos, se llama simbiosis, palabra que el botánico Anton de Bary propuso en 1879 para describir el liquen.

El liquen es el ejemplo perfecto: un hongo y un alga, o una cianobacteria, tan entrelazados que forman un ser aparente, con su forma y su nombre, que crece sobre rocas y troncos donde ninguno de los dos podría vivir solo. Y la simbiosis más importante de todas es la que llevamos dentro: las mitocondrias de cada una de nuestras células y los cloroplastos de las plantas fueron bacterias que otra célula se tragó hace dos mil millones de años y que se quedaron a vivir.
Queda el comensalismo, en el que uno gana y al otro le da igual: las rémoras que viajan pegadas al tiburón, los buitres que siguen al león, las plantas que crecen sobre las ramas de un árbol sin quitarle nada. En la práctica las fronteras se mueven. La misma bacteria que ayuda en el intestino mata si llega a la sangre, y un huésped debilitado convierte a un comensal en parásito. Las relaciones no son fijas: son negociaciones que la evolución revisa sin parar.
El ecosistema – La cadena alimentaria – Las mitocondrias – Los hongos – Las bacterias – La flor y la polinización
Fuentes
- Anton de BaryDie Erscheinung der SymbioseKarl J. Trübner, Estrasburgo1879
- Georgy F. GauseThe Struggle for ExistenceWilliams & Wilkins, Baltimore1934
- Michael Begon, Colin R. Townsend y John L. HarperEcology: From Individuals to EcosystemsBlackwell, Oxford, 4.ª edición2006