Una cadena alimentaria es la serie de quién se come a quién en un ecosistema: la hierba alimenta al saltamontes, el saltamontes a la rana, la rana a la culebra, la culebra al halcón. Cada eslabón se llama nivel trófico, y en todos los ecosistemas del mundo los niveles son los mismos, aunque los actores cambien.
El primer nivel son los productores: las plantas, las algas y algunas bacterias, que fabrican su comida con luz. Todo lo demás vive de ellos. El segundo son los consumidores primarios, los herbívoros: la vaca, el conejo, la oruga, el zooplancton del mar. El tercero son los consumidores secundarios, los carnívoros que comen herbívoros, y por encima puede haber un cuarto o un quinto nivel, los grandes depredadores que no tiene nadie encima: el lobo, el tiburón, el águila. Y por debajo de todos, los descomponedores, hongos y bacterias, que se comen lo que muere en cualquier nivel y devuelven al suelo lo que tenía.

Lo que se transmite por la cadena es energía, y se pierde por el camino. De toda la energía que una planta almacena, el herbívoro que se la come solo convierte en su propio cuerpo alrededor del diez por ciento; el resto se gasta en moverse, mantenerse caliente, digerir, o sale sin digerir. Al carnívoro le pasa lo mismo con el herbívoro. Raymond Lindeman lo midió en un lago de Minnesota en 1942, y esa regla del diez por ciento explica la forma de pirámide de todo ecosistema: mucha hierba, bastantes conejos, pocos zorros, y casi ningún águila. También explica por qué las cadenas no tienen más de cuatro o cinco eslabones: en el quinto ya no queda energía que repartir. Y explica por qué alimentar a la humanidad con carne cuesta diez veces más tierra que con cereales.

En la naturaleza casi nadie come una sola cosa. El zorro come conejos, pero también ratones, huevos, escarabajos y moras. Por eso los ecólogos hablan más de redes tróficas que de cadenas: una maraña de conexiones en la que cada especie tiene varias presas y varios depredadores. Charles Elton, que las dibujó por primera vez en 1927 a partir de lo que vio en una isla del Ártico, se dio cuenta de que cuanto más enredada está la red, más aguanta el ecosistema: si falta una presa, el depredador come otra.
La cadena también concentra venenos. Una sustancia que no se elimina, como el mercurio o el DDT, pasa de presa a depredador y se acumula en cada paso, de modo que el gran depredador acaba con miles de veces más que el agua o la hierba de donde salió. En los años sesenta las águilas y los halcones de Europa y América casi desaparecen porque el DDT que habían acumulado hacía sus huevos tan frágiles que se rompían al incubarlos. Por eso los peces grandes, como el atún y el pez espada, tienen más mercurio que los pequeños.
Y quitar un eslabón de arriba lo cambia todo. Cuando se exterminaron los lobos del parque de Yellowstone, los ciervos se multiplicaron, se comieron los brotes de los árboles de las orillas, los ríos se quedaron sin sombra ni raíces y cambiaron de curso. Cuando volvieron los lobos, en 1995, los ciervos dejaron de pastar en las orillas, volvieron los sauces, con ellos los castores, y con los castores los estanques. Es lo que se llama una cascada trófica, y muestra que la cadena funciona también de arriba abajo.
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