La heterosexualidad no es un dato de la naturaleza sino una categoría con fecha de nacimiento: la palabra se escribe por primera vez el 6 de mayo de 1868, en una carta privada, y llega al vocabulario médico veinte años después. Que existan desde siempre hombres que desean mujeres es obvio y no está en discusión. Lo que tiene historia —y una historia corta— es la idea de que ese deseo defina un tipo de persona, que esa persona tenga un opuesto simétrico y que la pareja de categorías sirva para clasificar a la población entera. Antes de 1868 no había heterosexuales por la misma razón por la que antes de Linneo no había mamíferos: había animales que amamantan, pero no la casilla.

Quien las escribió fue Karl Maria Kertbeny, periodista húngaro-austríaco, en una carta a Karl Heinrich Ulrichs. Ulrichs venía defendiendo desde 1864 la despenalización con un argumento naturalista: existiría un tercer sexo, el urning, un alma de mujer en cuerpo de hombre; su deseo sería congénito y castigarlo, absurdo. Kertbeny no compartía la teoría y buscaba términos neutros, sin alma ni cuerpo dentro. Fabricó dos híbridos de griego y latín —homosexual y heterosexual— y los usó al año siguiente en un panfleto anónimo contra el §143 del código penal prusiano, cuyo argumento era estrictamente liberal: el Estado no tiene competencia sobre lo que dos adultos hagan en privado si no hay daño a terceros.


El giro decisivo lo dio la psiquiatría, y no en la dirección que Kertbeny quería. Richard von Krafft-Ebing incorporó los términos a Psychopathia Sexualis (1886), el catálogo que definió el campo durante medio siglo, y al hacerlo los sacó del derecho y los metió en la nosología. En las primeras ediciones heterosexual ni siquiera significaba lo que hoy: designaba una perversión —el deseo por el otro sexo desligado de la reproducción—, y solo hacia 1900 se estabilizó como el nombre de la norma. Jonathan Ned Katz documentó ese deslizamiento con precisión: la heterosexualidad entró en el vocabulario como una patología menor y salió convertida en la salud misma. La operación es reveladora: para que exista una norma con nombre hace falta antes una desviación con nombre.

Aquí entra la tesis que organiza toda la historiografía posterior, formulada por Michel Foucault en 1976: el paso de un régimen de actos a un régimen de identidades. Durante siglos la sodomía había sido una conducta prohibida —grave, castigada, a veces con la muerte—, pero una conducta al fin, en la que cualquiera podía caer igual que en la gula o el hurto. El sodomita era, en la fórmula de Foucault, un reincidente; el homosexual pasó a ser una especie. Con él, y por simetría obligada, apareció la otra especie. Es un cambio de gramática antes que de moral: cambia el sujeto del que se predica algo, y de pronto una biografía entera —la infancia, los gestos, la vocación, la forma de andar— puede leerse como síntoma de una esencia.
Que la categoría es histórica se comprueba en negativo, mirando lo que no cuadra. George Chauncey reconstruyó en Gay New York el mundo obrero neoyorquino de 1890 a 1940 y encontró un sistema de clasificación distinto e incompatible con el nuestro: lo que marcaba a un hombre no era con quién se acostaba sino cómo se comportaba. El fairy, afeminado y visible, era una categoría reconocida; el hombre que se acostaba con él sin dejar de ser masculino seguía siendo simplemente un hombre —trade—, y no había motivo para preguntarle por su identidad. La divisoria pasaba por el género, no por el objeto del deseo. La divisoria moderna, homo/hetero, es la que llegó después y desde arriba, con la clase media, y no acabó de imponerse en esos barrios hasta mediados del siglo XX.

Los juicios contra Oscar Wilde de 1895 sirven de bisagra visible. No inventaron nada, pero pusieron en circulación de golpe una figura reconocible y con detalles: el esteta, la ropa, los amigos, las cartas. David Halperin ha insistido en que ese momento no marca el nacimiento del deseo sino el de un modo de reconocerse y ser reconocido; a partir de ahí, quien tuviera ese deseo podía por primera vez pensarse como miembro de una clase de personas, con historia, agravios y, más tarde, política. Es la ironía del dispositivo: la misma maquinaria que clasificaba para vigilar proporcionó el nombre alrededor del cual se organizó la resistencia. Foucault lo llamó discurso de vuelta, y sin él no se entiende el siglo XX.
La objeción previsible es que todo esto sería un juego de palabras sobre algo perfectamente natural. Tiene respuesta empírica. Primero, ninguna sociedad anterior organizó su vocabulario sexual por el sexo del objeto de deseo: Grecia clasificaba por posición y edad, el Japón Tokugawa por edad y estatus, muchas culturas por rol de género y otras por posición en el sistema de parentesco. Segundo, la casilla no describe bien ni siquiera a quienes la habitan: desde Kinsey todas las encuestas encuentran que conducta, deseo e identidad se separan en una fracción grande de la población, y ninguna de las tres se deja reducir a las otras dos. Tercero, la categoría hace cosas: reparte derechos, ordena censos, decide quién hereda y quién visita en un hospital. Arnold Davidson lo formuló como epistemología histórica: no es que antes se ignorara la heterosexualidad, es que no había un estilo de razonamiento que la produjera como objeto.
De ahí la conclusión que interesa a la sociología, y que no es la trivial de que «todo es construido». Es más precisa: la heterosexualidad es una categoría reciente, asimétrica —se define por oposición a su contrario y funciona sobre todo cuando no se nombra— y sostenida por instituciones concretas que pueden fecharse, la psiquiatría, el código penal, el censo y la prensa. Lo que se llamó natural durante un siglo tenía autor, fecha y motivo. La construcción social más eficaz es siempre la que consigue no parecer construida.
La hipótesis represiva – Las molly houses – El Instituto de Ciencia Sexual – Cómo se mide la sexualidad – Las leyes contra la sodomía y su herencia colonial – Orientación sexual – Sistema sexo-género – Historia de la sexología – Construcción social – Clasificación social










































