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El amor griego

La Atenas clásica es el contraejemplo más citado y peor entendido de la historia de la sexualidad. Se la invoca a la vez como prueba de que la homosexualidad es universal y como prueba de que es cultural, y ninguna de las dos lecturas resiste el material. Lo que muestran los textos, las leyes y la cerámica es un sistema de clasificación incompatible con el nuestro: no organizaba la conducta sexual por el sexo del objeto de deseo sino por la posición —activa o pasiva— y por el estatus social de cada participante. Un ciudadano adulto podía desear a mujeres y a muchachos sin que eso lo pusiera en ninguna casilla, porque la casilla no existía.

Interior de una copa griega de figuras rojas con dos figuras vestidas abrazándose junto a una columna
Fig. 1 Interior de una copa ática del Pintor de Briseida, hacia 480 a. C. (Museo del Louvre, G 278). Los dos participantes van vestidos, el mayor con barba y el menor imberbe: la diferencia de edad es el rasgo que la iconografía marca siempre, y la que organiza la relación. Kenneth Dover reconstruyó el sistema entero leyendo cientos de vasos como este, porque la cerámica registra convenciones que los textos dan por supuestas.Marie-Lan Nguyen · 2007 · Dominio público · Wikimedia Commons

El eje que ordena todo es el de penetrante y penetrado. Para un varón adulto y ciudadano, la posición activa era compatible con su estatus fuera cual fuera su pareja —esposa, esclava, prostituta, muchacho—; la posición pasiva no lo era, y quien se sospechaba que la buscaba por gusto recibía el insulto de kínaidos, que no significa «homosexual» sino algo más cercano a «hombre que ha renunciado a serlo». David Halperin y John Winkler subrayaron que la sexualidad griega es un mapa del poder cívico proyectado sobre los cuerpos: se es activo en la cama por la misma razón por la que se vota en la asamblea y se combate en la falange.

La prueba jurídica está en Contra Timarco, el discurso que Esquines pronunció en 346 a. C. La acusación no es haber tenido relaciones con hombres —Esquines presume en el mismo texto de sus propios enamoramientos de muchachos y cita sus poemas— sino haberse prostituido siendo ciudadano. Vender el cuerpo era vender la propia autonomía, y quien lo había hecho perdía el derecho a hablar ante la asamblea. El delito no está en el sexo sino en el contrato: es una ley sobre la ciudadanía disfrazada de ley sobre la moral.

Copa ática de figuras rojas vista desde arriba, con un hombre barbado con bastón frente a un joven que sostiene una lira
Fig. 2 Copa de Duris, hacia 480 a. C. (J. Paul Getty Museum, 86.AE.290). Un hombre maduro con bastón frente a un joven con la lira: la escena que la cerámica repite no es sexual sino pedagógica. La justificación explícita de la relación era la formación —música, retórica, deporte, valor cívico—, y esa justificación es inseparable del vínculo erótico, no una tapadera de él.J. Paul Getty Museum · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

La relación institucionalizada, la paiderastía, tenía guion. Un erastés adulto cortejaba a un erómenos adolescente, hijo de familia ciudadana; se esperaba del joven una resistencia inicial y una concesión medida, nunca el placer manifiesto ni la iniciativa; el vínculo se justificaba por la educación del muchacho y terminaba cuando le crecía la barba. Estaba regulado: las leyes atenienses fijaban las horas de apertura de las escuelas para limitar los encuentros, castigaban con severidad al esclavo paidagogós que no vigilara al niño a su cargo y perseguían la corrupción de menores libres fuera de ese marco. Un sistema que necesita tantas normas de contención no era pacífico ni consensuado en su época: los propios atenienses discutían sobre él, y Platón, que en el Banquete le da su formulación más elevada, acaba en Leyes proponiendo prohibirlo.

Hay que decirlo sin adorno: se trataba de relaciones asimétricas entre un adulto y un adolescente, con una desigualdad de edad, poder y estatus que ninguna descripción histórica debería suavizar. Es también, hoy, el punto más disputado de la bibliografía. James Davidson sostuvo en 2007 que Dover exageró el componente penetrativo y la juventud del erómenos, y que las fuentes describen a menudo relaciones entre jóvenes de edades próximas y con más peso del cortejo y el afecto que del acto; Eva Cantarella ha insistido en la variación entre ciudades. Esparta, Creta y Tebas tenían prácticas distintas de las atenienses, y en Tebas el Batallón Sagrado —una unidad de élite formada por parejas de amantes, fundada hacia 378 a. C. y aniquilada en Queronea en 338— convirtió el vínculo en institución militar.

Fresco funerario griego con dos hombres recostados en un lecho de banquete, uno de ellos girado hacia el otro
Fig. 3 Escena de simposio en la Tumba del Nadador, Paestum, hacia 470 a. C. El simposio es el escenario social del cortejo: un banquete masculino, reclinado, con vino, música y juegos. La sexualidad griega que conocemos es en gran medida la de este espacio —cerrado, aristocrático y de varones— y ese sesgo de fuente conviene tenerlo presente al generalizar.Original uploader was en:User:Apollomelos at en.wikipedia · 2005 · Dominio público · Wikimedia Commons

Del lado femenino la documentación es pobre y el silencio es en sí mismo un dato. Sabemos de Safo, activa en Lesbos hacia el 600 a. C., cuyos poemas de deseo hacia mujeres se conservan fragmentarios y cuya isla dio nombre a una categoría dos milenios y medio después; sabemos por un pasaje de Plutarco que en Esparta existían vínculos análogos entre mujeres mayores y muchachas. Poco más. La razón no es que no ocurriera, sino que el archivo lo escribieron varones para quienes lo que hacían las mujeres entre sí no afectaba al estatus de nadie, y por tanto no había motivo para legislarlo ni para insultarlo.

La conclusión metodológica es la que más viaja fuera del helenismo. Preguntar si los griegos «eran bisexuales» es aplicar una rejilla que no estaba en su cabeza: no tenían palabra para el deseo por el propio sexo ni para el deseo por el otro, y por tanto no podían tener una identidad basada en ninguno de los dos. Halperin lo formuló como una advertencia general: llamar homosexual a Aquiles es tan anacrónico como llamarlo demócrata. Lo que Grecia demuestra no es que la homosexualidad sea eterna, sino que los ejes por los que una sociedad clasifica el deseo —edad, posición, estatus, género, objeto— son varios, y que la elección de uno u otro como eje principal es una decisión cultural. La nuestra —el sexo de la pareja— es solo la última de la lista, y no la más común en el archivo histórico.

La invención de la heterosexualidadEl nanshoku y el shudōLos hijras de la IndiaLa hipótesis represivaRelativismo culturalEtnocentrismoParticularismo histórico

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Fuentes

  1. Kenneth J. DoverGreek HomosexualityDuckworth, Londres1978
  2. Michel FoucaultHistoire de la sexualité II: L'usage des plaisirsGallimard, París1984
  3. David M. HalperinOne Hundred Years of Homosexuality and Other Essays on Greek LoveRoutledge, Nueva York1990
  4. John J. WinklerThe Constraints of Desire: The Anthropology of Sex and Gender in Ancient GreeceRoutledge, Nueva York1990
  5. EsquinesContra TimarcoDiscurso pronunciado en Atenas, 346-345 a. C.-346
  6. James DavidsonThe Greeks and Greek Love: A Radical Reappraisal of Homosexuality in Ancient GreeceWeidenfeld & Nicolson, Londres2007
  7. Eva CantarellaSecondo natura: la bisessualità nel mondo anticoEditori Riuniti, Roma1988
Sarasola, Josemari (2026). "El amor griego". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-amor-griego/

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