La hipótesis represiva es el nombre que Michel Foucault dio en 1976 a la historia que Occidente se cuenta sobre su propia sexualidad: que hubo una franqueza premoderna, que el siglo XVII la clausuró, que la burguesía victoriana llevó el silencio al extremo y que el siglo XX consiste en irse liberando de aquel candado. Foucault no la refutó por falsa en los detalles —hubo censura, hubo prohibición, hubo silencio— sino por estar mal planteada. Su objeción es de forma: describe el poder como algo que solo dice que no, cuando lo que muestran los archivos de los tres siglos anteriores es una producción de discurso sin precedentes. No callaron el sexo: no pararon de hablar de él.

La prueba principal es la confesión. El IV Concilio de Letrán impuso en 1215 la confesión anual obligatoria, y la pastoral posterior a Trento fue afinando durante siglos un procedimiento cada vez más minucioso: ya no bastaba declarar el acto, había que reconstruir las circunstancias, los pensamientos, el momento exacto en que el consentimiento se dio. Los manuales de confesores del XVII y el XVIII son tratados técnicos sobre cómo hacer hablar de lo que no se quiere hablar. Ese es, para Foucault, el mecanismo fundacional de nuestra relación con el sexo: la idea de que en él se esconde una verdad sobre uno mismo, y de que esa verdad se obtiene contándosela a alguien que sabe escuchar y clasificar.

El siglo XIX no interrumpió ese circuito: lo secularizó y lo multiplicó. El confesor se convirtió en médico, en pedagogo, en higienista, en juez, y más tarde en encuestador y en terapeuta. Foucault identifica cuatro figuras sobre las que se concentró la maquinaria: la mujer histérica, el niño masturbador, la pareja maltusiana —a la que se pide que regule su fecundidad— y el adulto perverso. Ninguna de las cuatro es una prohibición: son cuatro programas de vigilancia, exploración y registro. La campaña antimasturbatoria que recorre Europa desde el Onania de 1712 no consiguió reducir la práctica, pero sí puso al niño bajo observación permanente, reorganizó la arquitectura de dormitorios y colegios y creó una literatura médica enorme. El poder no actuó restando conducta, actuó sumando atención.

De ahí sale la distinción que ha tenido más recorrido fuera de la filosofía: ars erotica frente a scientia sexualis. Foucault sostiene que otras civilizaciones —cita a China, Japón, India, Roma, con un trazo grueso que le han reprochado— trataron el placer como un arte que se transmite de maestro a discípulo, con criterios de intensidad y duración; Occidente construyó en cambio una ciencia cuyo objetivo no es el placer sino la verdad, y cuyo procedimiento es hacer hablar. La consecuencia práctica es que aquí el sexo se convirtió en el lugar donde se supone que está el secreto de la identidad, cosa que no ocurre con la comida, el sueño o el trabajo, que también son universales y corporales.
La segunda pieza es el poder productivo. Si el poder solo prohibiera, cada nueva prohibición reduciría el número de conductas; lo que se observa es lo contrario. La psiquiatría del XIX no eliminó perversiones: las multiplicó, las nombró una a una, les dio historia clínica y les asignó un tipo de persona. Cada categoría nueva —el fetichista, el exhibicionista, el invertido— es a la vez un instrumento de control y un punto de anclaje para quien se reconoce en ella. Foucault llamó discurso de vuelta a la respuesta que esto hace posible: reclamar en nombre de la misma categoría con la que se te clasificaba. La historia de los movimientos sexuales del siglo XX es, en esta lectura, la de un vocabulario médico reapropiado por quienes lo padecían.
También hay un componente de clase que suele perderse en las lecturas rápidas. Foucault niega que el dispositivo empezara como una imposición de la burguesía sobre el proletariado: la burguesía lo aplicó primero a sí misma, a sus hijos y a sus mujeres, como técnica de autoafirmación —un cuerpo sano, una descendencia vigilada, una genealogía sin taras— y solo después lo extendió hacia abajo, ya con acento higienista y policial. Ann Laura Stoler amplió el argumento en 1995 mostrando lo que faltaba en el libro: el laboratorio de todo esto fueron también las colonias, donde la vigilancia sexual servía para trazar y mantener la frontera racial.
Las objeciones son serias y conviene tenerlas. Los historiadores del comportamiento —Jean-Louis Flandrin, Peter Gay— han mostrado que la síntesis foucaultiana pasa muy por encima de las prácticas reales y que la imagen de la victoriana reprimida era ya un tópico antes de que Foucault lo desmontara: los diarios y las cartas del XIX describen una vida sexual mucho más rica que sus manuales. La historiografía feminista le ha reprochado que un análisis del poder sexual sin violencia sexual ni desigualdad estructural deja fuera la mitad del fenómeno; Gayle Rubin, admiradora y crítica a la vez, insistió en que la jerarquía entre prácticas —qué se considera respetable y qué se considera abyecto— es una estratificación material con consecuencias penales, y no solo un efecto de discurso. Y el contraste entre ars erotica y scientia sexualis se sostiene mal en cuanto se leen los manuales chinos o los tratados indios con ojos de especialista.
Lo que sobrevive intacto es el desplazamiento de la pregunta. Ante cualquier campaña, ley o pánico sobre sexualidad, la hipótesis represiva invita a preguntar «¿qué prohíben?»; Foucault enseñó a preguntar «¿qué obligan a decir, quién lo registra y qué categoría nueva sale de ahí?». Aplicada a un formulario de censo, a una historia clínica, a una encuesta o a la casilla de un perfil, la segunda pregunta rinde bastante más que la primera.
La invención de la heterosexualidad – Cómo se mide la sexualidad – El Instituto de Ciencia Sexual – Las leyes contra la sodomía y su herencia colonial – Pánico moral – Dominación – Construcción social – Liberación sexual – Historia de la sexología
Fuentes
- Michel FoucaultHistoire de la sexualité I: La volonté de savoirGallimard, París1976
- Michel FoucaultLes anormaux. Cours au Collège de France, 1974-1975Gallimard/Seuil, París1999
- Herbert MarcuseEros and Civilization: A Philosophical Inquiry into FreudBeacon Press, Boston1955
- Wilhelm ReichDie Sexualität im KulturkampfSexpol Verlag, Copenhague1936
- Jean-Louis FlandrinLe sexe et l'Occident: évolution des attitudes et des comportementsSeuil, París1981
- Peter GayThe Bourgeois Experience: Victoria to Freud. Volume I: Education of the SensesOxford University Press, Nueva York1984
- Ann Laura StolerRace and the Education of Desire: Foucault's History of Sexuality and the Colonial Order of ThingsDuke University Press, Durham1995
- Gayle RubinThinking Sex: Notes for a Radical Theory of the Politics of Sexualityen C. Vance (ed.), Pleasure and Danger, Routledge, Boston1984