La selección natural es el mecanismo que Darwin propuso para explicar la evolución, y es sorprendentemente simple. Solo hacen falta tres cosas. Que los individuos de una especie sean distintos entre sí. Que esas diferencias se hereden, al menos en parte. Y que nazcan más de los que pueden sobrevivir, de modo que no todos lleguen a reproducirse. Si se cumplen las tres, los que tengan alguna ventaja dejarán más hijos que los demás, esos hijos heredarán la ventaja, y con las generaciones la especie cambiará.
Darwin lo comparó con lo que hacen los ganaderos. Un criador que quiere vacas que den más leche elige para criar a las que dan más, generación tras generación, y en unas décadas tiene una raza distinta. Eso es selección artificial. En la naturaleza nadie elige, pero el resultado es el mismo: el frío, el hambre, los depredadores y las enfermedades matan más a unos que a otros, y los que quedan son los que tenían lo que hacía falta en ese sitio y en ese momento.

El ejemplo clásico son los pinzones de las Galápagos. En cada isla hay especies con picos de distinto tamaño y forma, y cada pico sirve para una comida. Desde 1973 el matrimonio Grant los ha estudiado en una isla pequeña, midiendo cada pájaro. En 1977 una sequía acabó con las semillas blandas y solo quedaron las duras; murieron sobre todo los pinzones de pico pequeño, y al año siguiente los hijos de los supervivientes tenían el pico más grande, medible en décimas de milímetro. Cuando volvieron las lluvias, la tendencia se invirtió. La selección estaba pasando delante de sus ojos.
Hay ejemplos más cercanos. Las bacterias resistentes a los antibióticos son selección natural: el medicamento mata a las sensibles y deja a las pocas que por azar tenían una mutación que las protegía, y esas se multiplican. Lo mismo hacen los insectos con los insecticidas y los virus con nuestras defensas. Cada año hay que cambiar la vacuna de la gripe porque el virus ha sido seleccionado para escapar de la del año anterior.

Conviene aclarar lo que la selección natural no es. No tiene un objetivo: no busca la perfección ni el progreso, solo lo que funciona ahora, aquí. No favorece al más fuerte, sino al que deja más descendientes, que puede ser el más pequeño, el más discreto o el que mejor cuida a sus crías. No actúa sobre la especie sino sobre los individuos, y la especie cambia como resultado. Y no crea la variación, solo la elige: las mutaciones ocurren al azar, sin relación con lo que haría falta, y la selección se queda con las que sirven.
Tampoco es el único mecanismo. En poblaciones pequeñas el azar cambia las frecuencias de los genes sin que haya ninguna ventaja, lo que se llama deriva genética. Y la selección sexual, que Darwin describió aparte, explica cosas como la cola del pavo real, que no ayuda a sobrevivir pero sí a encontrar pareja. Pero la selección natural es lo que explica que los seres vivos parezcan diseñados para lo que hacen: el ojo, el ala, la raíz. No hubo diseñador; hubo millones de años de quedarse con lo que funcionaba.
La teoría de la evolución de Darwin – Las mutaciones – La especiación – Los antibióticos – Las poblaciones y su crecimiento
Fuentes
- Charles DarwinOn the Origin of Species by Means of Natural SelectionJohn Murray, Londres1859
- Peter R. Grant y B. Rosemary Grant40 Years of Evolution: Darwin's Finches on Daphne Major IslandPrinceton University Press, Princeton2014
- Douglas J. Futuyma y Mark KirkpatrickEvolutionSinauer Associates, Sunderland, 4.ª edición2017