La teoría de la evolución dice que las especies no son fijas: cambian a lo largo del tiempo, y todas descienden de antepasados comunes. Charles Darwin la publicó en 1859 en El origen de las especies, y lo importante no fue solo la idea, que otros habían insinuado, sino el mecanismo que propuso para explicarla, la selección natural, y la montaña de pruebas que reunió. Es la idea que sostiene toda la biología: como dijo el genetista Dobzhansky, nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución.
Darwin llegó a ella por un viaje. En 1831, con veintidós años, se embarcó como naturalista en el Beagle, un barco de la marina inglesa que iba a levantar mapas de la costa de Sudamérica. El viaje duró cinco años. Darwin recogió fósiles de animales gigantes extinguidos que se parecían a los animales vivos de la misma región; vio en las islas Galápagos que cada isla tenía su propia variedad de tortuga y de pinzón; y leyó a Lyell, que sostenía que la Tierra era antiquísima y había cambiado poco a poco.

De vuelta en Inglaterra, en 1837, empezó un cuaderno secreto sobre lo que llamaba la transmutación de las especies. En una página dibujó un árbol con ramas y escribió encima: I think, creo. Era la idea de que las especies se ramifican unas de otras, como un árbol. En 1838 leyó a Malthus sobre cómo las poblaciones crecen más que los alimentos, y tuvo la pieza que faltaba: si nacen más individuos de los que pueden vivir, y no todos son iguales, los que tengan alguna ventaja dejarán más hijos, y la especie irá cambiando en esa dirección.

Y entonces esperó veinte años. Sabía que la idea iba a escandalizar, y quería tener pruebas de sobra. Escribió sobre percebes, sobre palomas, sobre plantas trepadoras. En 1858 le llegó una carta de Alfred Russel Wallace, un naturalista que trabajaba en Indonesia, con la misma teoría resumida en pocas páginas. Los amigos de Darwin organizaron que se presentaran los dos trabajos juntos, y Darwin escribió El origen de las especies en poco más de un año. Se agotó el día que salió.

El libro es un largo argumento. Empieza por lo que hacen los criadores de palomas y perros, que en pocas generaciones sacan razas muy distintas eligiendo con quién cruzar. Luego dice que la naturaleza hace lo mismo, sin querer, a lo largo de millones de años. Y luego repasa las pruebas: los fósiles, la distribución de las especies por el mundo, las semejanzas entre embriones, los órganos que ya no sirven, como los huesos de la cadera de las ballenas. Todo tiene sentido si las especies descienden unas de otras, y no lo tiene si cada una se creó por separado.
Darwin no sabía cómo se heredaban los caracteres; Mendel publicaba en esos años y nadie los relacionó. Esa pieza llegó en el siglo XX, con la genética, y en los años cuarenta las dos cosas se unieron en lo que se llama la síntesis moderna. Desde entonces el ADN ha dado la prueba más fuerte: el árbol que se dibuja comparando los genes de las especies es el mismo que Darwin dedujo con fósiles y huesos.
La selección natural – Lamarck y los caracteres adquiridos – La especiación – Los fósiles – La evolución humana – Falsacionismo y revoluciones científicas
Fuentes
- Charles DarwinOn the Origin of Species by Means of Natural SelectionJohn Murray, Londres1859
- Charles DarwinJournal of Researches into the Natural History and Geology of the Countries Visited During the Voyage of H.M.S. BeagleJohn Murray, Londres, 2.ª edición1845
- Janet BrowneCharles Darwin: VoyagingJonathan Cape, Londres1995