El sistema digestivo es el conjunto de órganos que convierte la comida en moléculas lo bastante pequeñas como para pasar a la sangre. En esencia es un tubo de unos nueve metros que va de la boca al ano, con unos cuantos órganos colgados que le echan jugos. La comida que entra por un extremo no está nunca dentro del cuerpo de verdad: está dentro del tubo, y solo lo que atraviesa la pared del tubo entra en nosotros. El resto sale.
El viaje empieza en la boca. Los dientes trituran, la lengua mezcla y la saliva moja y aporta la primera enzima, que empieza a romper el almidón; por eso el pan, si se mastica mucho, sabe dulce. Al tragar, el bocado baja por el esófago empujado por ondas de músculo, no por la gravedad, y por eso se puede tragar boca abajo. En el estómago se mezcla con ácido clorhídrico, tan fuerte que disolvería una moneda, y con la pepsina, que rompe las proteínas. El estómago no se digiere a sí mismo porque una capa de moco lo protege y su pared se renueva cada pocos días.

Casi toda la digestión de verdad ocurre en el intestino delgado, que mide unos seis metros y va plegado en el abdomen. Ahí llegan la bilis, que fabrica el hígado y guarda la vesícula, y que dispersa las grasas en gotitas, y el jugo del páncreas, con enzimas para todo: proteínas, grasas, almidón. La pared del intestino está llena de pliegues, y los pliegues de vellosidades, y las vellosidades de microvellosidades, de modo que la superficie total es como la de una pista de tenis. Por esa superficie pasan a la sangre los azúcares, los aminoácidos, las grasas, las vitaminas y el agua.

Lo primero que se supo de todo esto se aprendió mirando. En 1822 a un joven canadiense, Alexis St. Martin, un disparo le abrió el estómago, y la herida cicatrizó dejando un agujero por el que se veía dentro. Su médico, William Beaumont, pasó diez años metiendo trozos de comida atados con un hilo y sacándolos a intervalos para ver cuánto se habían digerido, y midiendo el jugo gástrico. Descubrió que la digestión era química y no solo mecánica, y que el estómago producía ácido. St. Martin vivió hasta los 78 años.
Lo que el intestino delgado no absorbe pasa al grueso, que mide metro y medio y tiene un trabajo distinto: recuperar el agua y alojar a las bacterias. Ahí viven billones, que se comen la fibra que nosotros no sabemos digerir, fabrican algunas vitaminas y producen los gases. Cada día llegan al colon algo más de un litro de líquido, y salen unos cien gramos de heces. Todo el viaje, de la boca al final, dura entre uno y tres días.
El sistema tiene su propio cerebro. La pared del tubo contiene unos cien millones de neuronas que coordinan las contracciones y los jugos sin que el cerebro intervenga, aunque el cerebro puede pararlo todo con un susto. Y las hormonas que fabrica el propio intestino son las que dicen cuándo se tiene hambre y cuándo se está lleno.
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Fuentes
- William BeaumontExperiments and Observations on the Gastric Juice and the Physiology of DigestionF. P. Allen, Plattsburgh1833
- John E. Hall y Michael E. HallGuyton and Hall Textbook of Medical PhysiologyElsevier, Filadelfia, 14.ª edición2021
- Gerard J. Tortora y Bryan DerricksonPrinciples of Anatomy and PhysiologyWiley, Hoboken, 16.ª edición2020