El cerebro es el órgano que piensa, siente, recuerda, decide y controla el resto del cuerpo. Pesa alrededor de kilo y medio, tiene la consistencia de un flan y está hecho de unos ochenta y seis mil millones de neuronas y otras tantas células de apoyo. Aunque es el dos por ciento del peso del cuerpo, gasta el veinte por ciento de la energía, y por eso no aguanta más de unos minutos sin oxígeno.
Lo que se ve al mirarlo son sobre todo los dos hemisferios, derecho e izquierdo, cubiertos de pliegues. La capa de fuera, de unos tres milímetros, es la corteza, y está tan arrugada para que quepa más superficie: estirada mediría como una hoja de periódico. En ella están los cuerpos de las neuronas, y es de color gris; debajo van los cables, los axones envueltos en mielina, que son blancos. Cada hemisferio controla el lado contrario del cuerpo: la mano derecha la mueve el hemisferio izquierdo.

La corteza se divide en cuatro lóbulos, y a grandes rasgos cada uno hace cosas distintas. El frontal, detrás de la frente, planifica, decide, controla los movimientos voluntarios y el lenguaje hablado, y es la parte que más ha crecido en la evolución humana. El parietal, arriba, recibe el tacto y sitúa el cuerpo en el espacio. El temporal, a los lados, oye, entiende el lenguaje y guarda recuerdos. El occipital, detrás, ve. Pero casi nada lo hace una sola zona: leer una palabra en voz alta pasa por el occipital, el temporal, el parietal y el frontal en menos de un segundo.

Que cada zona tiene su trabajo se descubrió por los daños. En 1861 Paul Broca examinó a un paciente que entendía todo pero solo podía decir una sílaba, y al morir encontró una lesión en una zona concreta del lóbulo frontal izquierdo. Desde entonces se sabe que el lenguaje está casi siempre en el hemisferio izquierdo. El caso de Phineas Gage, un capataz al que una barra de hierro le atravesó el lóbulo frontal en 1848 y que sobrevivió con la personalidad cambiada, enseñó que la parte de delante tiene que ver con el carácter y el control de uno mismo. Hoy la resonancia magnética permite ver qué zonas se activan sin esperar a que alguien se lesione.
Debajo de los hemisferios hay estructuras más antiguas. El tálamo es la centralita por la que pasa casi toda la información de los sentidos antes de llegar a la corteza. El hipotálamo, del tamaño de una almendra, regula el hambre, la sed, la temperatura, el sueño y las hormonas. El hipocampo forma los recuerdos nuevos, y quien lo pierde recuerda el pasado pero no puede guardar nada más. La amígdala se ocupa del miedo. Detrás está el cerebelo, arrugado como una coliflor, que coordina los movimientos y el equilibrio y contiene más neuronas que todo el resto. Y en la base, el tronco, que conecta con la médula y mantiene la respiración y el latido; un daño ahí es mortal.
El cerebro no viene terminado. Al nacer tiene casi todas sus neuronas, pero las conexiones se hacen y se deshacen durante toda la vida, sobre todo en la infancia y la adolescencia, y el lóbulo frontal no madura del todo hasta pasados los veinte años. Esa capacidad de cambiar con la experiencia, la plasticidad, es lo que permite aprender, y también lo que permite recuperar funciones después de un ictus.
La neurona – El sistema nervioso – El ojo y la visión – El oído y la audición – El sistema endocrino – Psicobiología
Fuentes
- Paul BrocaRemarques sur le siège de la faculté du langage articulé, suivies d'une observation d'aphémieBulletin de la Société Anatomique de Paris 61861
- Eric R. Kandel, John D. Koester, Sarah H. Mack y Steven A. SiegelbaumPrinciples of Neural ScienceMcGraw Hill, Nueva York, 6.ª edición2021
- Mark F. Bear, Barry W. Connors y Michael A. ParadisoNeuroscience: Exploring the BrainWolters Kluwer, Filadelfia, 4.ª edición2016