Conocimiento científico

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El conocimiento científico es el que se obtiene mediante un procedimiento público de investigación y contrastación, se enuncia de forma que otros puedan comprobarlo y se acepta solo mientras resista el intento de refutarlo. La definición no menciona la certeza a propósito. Lo que distingue a este conocimiento de otros no es que sea seguro —no lo es, y sus mejores teorías han sido sustituidas por otras— sino la manera en que se produce y, sobre todo, la manera en que se corrige.

Los rasgos que suelen enumerarse se siguen de ahí. Es empírico, en el sentido de que sus afirmaciones tienen consecuencias observables y responden ante ellas. Es sistemático: no se acumula como una lista de curiosidades, sino que se organiza en leyes y teorías donde cada pieza sostiene a las demás. Es general, o al menos aspira a serlo, porque busca lo que se repite y no lo que ocurrió una vez. Es público: un resultado que no se comunica con detalle suficiente para que otro lo repita no forma parte de la ciencia, por cierto que sea. Y es provisional, no por modestia retórica, sino porque el mecanismo de corrección exige que cualquier enunciado pueda revisarse.

Portada grabada del Novum Organum de Francis Bacon: un navío cruzando las columnas de Hércules sobre un mar abierto
Fig. 1 Novum Organum (1620). El grabado muestra un barco atravesando las columnas de Hércules, el límite del mundo conocido, con el lema Multi pertransibunt et augebitur scientia: muchos pasarán al otro lado y el conocimiento aumentará. La ciencia se anunció a sí misma como una travesía antes de tener resultados que enseñar.Francis Bacon · 1620 · Dominio público · Wikimedia Commons

Ese conjunto de rasgos no ha existido siempre. Se fraguó en el siglo XVII, y su acta de nacimiento tiene dos documentos. El primero es el Novum Organum de Francis Bacon, que propone sustituir la deducción a partir de autoridades por una investigación que interroga a la naturaleza mediante experimentos deliberados, y que dedica sus páginas más agudas a catalogar los ídolos, los sesgos sistemáticos de la mente humana: la tendencia a ver orden donde no lo hay, la deformación que impone el temperamento de cada cual, las trampas del lenguaje y el peso de las doctrinas heredadas. Bacon acertó en el diagnóstico mucho más que en la receta —su método inductivo por tablas apenas se usó nunca—, pero la idea de que el principal obstáculo del conocimiento está en quien conoce sigue siendo el fundamento de todo control metodológico posterior, del doble ciego al preregistro.

Portada del primer volumen de las Philosophical Transactions of the Royal Society, año 1665
Fig. 2 Primer volumen de las Philosophical Transactions, 1665. Con esta revista aparecen a la vez la publicación periódica, la prioridad del descubridor y la revisión por otros miembros: el conocimiento científico dejó de ser lo que alguien sabía y pasó a ser lo que alguien había hecho público y sometido a examen.Royal Society de Londres · 1665 · Dominio público · Wikimedia Commons

El segundo documento es institucional y suele contar menos de lo que merece. En 1665 la Royal Society empezó a publicar las Philosophical Transactions, y con ellas nacieron tres cosas de golpe: la comunicación periódica de resultados a un público de pares, la atribución de prioridad a quien publica primero —que convirtió el secreto en una desventaja— y el examen previo por otros miembros de la sociedad. El conocimiento científico se volvió entonces algo que ocurre entre personas y no dentro de una cabeza. Es lo que Ludwik Fleck describiría en 1935, casi treinta años antes que Kuhn y sin ser leído por casi nadie, como colectivo de pensamiento: un hecho científico no se descubre en un instante, se estabiliza a lo largo de un proceso social en el que una comunidad decide qué cuenta como observación válida.

Grabado de una pulga a gran tamaño y con detalle anatómico, procedente de la Micrographia de Hooke
Fig. 3 La pulga de la Micrographia de Hooke (1665), grabada a partir de lo visto por el microscopio y desplegada en una lámina que doblaba el tamaño del libro. El instrumento no solo amplía la vista: introduce en la ciencia objetos que nadie había visto y que hay que aprender a mirar.Autoría desconocida · 1664 · Dominio público · Wikimedia Commons

Robert Merton dio en 1942 la versión sociológica de esa idea al describir las cuatro normas que, sostenía, rigen la comunidad científica cuando funciona: el comunalismo, según el cual los resultados pertenecen al común y no a quien los halla; el universalismo, que exige juzgar las afirmaciones por criterios impersonales y no por la nacionalidad, la raza o el prestigio de quien las hace —lo escribió en plena guerra, contra la ciencia aria—; el desinterés, entendido no como pureza de motivos sino como estructura institucional que hace que el fraude no compense; y el escepticismo organizado, la obligación colectiva de someter a examen incluso lo que a todos conviene creer. Merton describía un ideal y lo sabía; lo valioso es que localiza la cientificidad en la organización social del trabajo y no en la virtud del investigador.

De ahí se entiende por qué el intento de trazar una frontera nítida entre ciencia y no ciencia —el problema de la demarcación— ha resultado tan resistente. La verificación empírica que proponía el positivismo lógico dejaba fuera las leyes universales, que ninguna observación finita verifica; la falsabilidad de Popper es más robusta pero deja fuera disciplinas históricas enteras y dentro a cualquier conjetura arriesgada por descabellada que sea; y la ciencia normal que describió Kuhn se parece bastante poco a la caza de refutaciones. Larry Laudan llegó a proponer en 1983 que se abandonara la búsqueda de un criterio único y se juzgaran las afirmaciones una a una por su respaldo. Nadie le ha hecho mucho caso, entre otras cosas porque los tribunales y los legisladores necesitan alguna respuesta, pero el diagnóstico sigue en pie: lo que separa el conocimiento científico del resto es un aire de familia sostenido por instituciones, no una propiedad lógica de los enunciados.

Que el problema de la demarcación sea insoluble en teoría no impide que haya que resolverlo en la práctica, y el sitio donde se resuelve suele ser un tribunal. En 1982 un juez federal de Arkansas tuvo que decidir si la «ciencia de la creación» podía enseñarse como ciencia en las escuelas públicas, y en su sentencia adoptó una lista de cinco criterios que le proporcionó el filósofo Michael Ruse: guiarse por leyes naturales, explicar por referencia a esas leyes, ser contrastable empíricamente, ser provisional y ser falsable. Sirvió para el caso y provocó una polémica considerable entre filósofos de la ciencia, con Larry Laudan sosteniendo que la lista era una simplificación indefendible y que el creacionismo debía rechazarse por la razón más sencilla y más fuerte: sus afirmaciones concretas son contrastables y han resultado falsas. Veintitrés años después, en el juicio de Dover sobre el diseño inteligente, la sentencia se apoyó en un criterio distinto y más histórico —el diseño inteligente es creacionismo reetiquetado, y su rasgo definitorio es apelar a una causa sobrenatural, lo que lo sitúa fuera del método desde el arranque—. Los dos episodios enseñan lo mismo: la frontera no se traza con una definición, se traza mostrando cómo trabaja de hecho la comunidad que la sostiene.

El aviso más serio no viene de la filosofía sino de la propia práctica. Desde que Ioannidis argumentó en 2005 que la mayoría de los resultados publicados en biomedicina son probablemente falsos, y desde que en 2015 un consorcio internacional consiguió reproducir menos de la mitad de cien experimentos psicológicos publicados en revistas de primer nivel, la crisis de reproducibilidad ha obligado a mirar de frente los incentivos: se publica lo positivo y lo novedoso, se archiva lo negativo, y el filtro que debía corregir errores premia el hallazgo llamativo. La respuesta ha sido rehacer parte del andamiaje —registro previo de hipótesis y análisis, publicación de datos y código, informes registrados que se aceptan antes de conocer el resultado— y es una respuesta característica: la ciencia corrigiendo su procedimiento con su propio procedimiento. Ese movimiento, y no la certeza de sus enunciados, es lo que hace que su conocimiento sea distinto.

Método hipotético-deductivo – Paradigma positivista – Contrastación empírica – Falsacionismo y revoluciones científicas – El problema de la inducción – Comunidad científica

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Fuentes

  1. Francis BaconNovum Organum ScientiarumJohn Bill1620
  2. Robert HookeMicrographia: or Some Physiological Descriptions of Minute Bodies Made by Magnifying GlassesRoyal Society1665
  3. Ludwik FleckEntstehung und Entwicklung einer wissenschaftlichen TatsacheBenno Schwabe1935
  4. Robert K. MertonThe Normative Structure of ScienceJournal of Legal and Political Sociology, 11942
  5. Thomas S. KuhnThe Structure of Scientific RevolutionsUniversity of Chicago Press1962
  6. Larry LaudanThe Demise of the Demarcation Problemen R. S. Cohen y L. Laudan (eds.), Physics, Philosophy and Psychoanalysis, Reidel1983
  7. John P. A. IoannidisWhy Most Published Research Findings Are FalsePLoS Medicine, 2(8)2005
  8. Open Science CollaborationEstimating the Reproducibility of Psychological ScienceScience, 349(6251)2015
Sarasola, Josemari (2025). "Conocimiento científico". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/conocimiento-cientifico/

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