La fiebre y la inflamación

La fiebre y la inflamación no son la enfermedad sino la respuesta del cuerpo. Qué las produce, para qué sirven, por qué duelen y cuándo son el problema.

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La fiebre y la inflamación son las dos respuestas más antiguas del cuerpo ante un daño, y las dos se confunden con la enfermedad cuando en realidad son la defensa. Un dedo con una astilla se pone rojo, caliente, hinchado y duele; un cuerpo con una infección sube la temperatura, tirita y se siente enfermo. Ninguna de las dos cosas la hace el microbio; las hace el propio cuerpo, a propósito, y llevan haciéndose así desde antes de que existieran los vertebrados. Entender que son útiles cambió la manera de tratarlas.

La inflamación es local. Cuando un tejido se rompe o un microbio entra, las células dañadas y unas células centinela que hay en todos los tejidos, los mastocitos y los macrófagos, sueltan señales químicas: histamina, prostaglandinas y una familia de mensajeros llamados citoquinas. Esas señales hacen cuatro cosas, que son los cuatro signos que los romanos ya describían. Los vasos de la zona se dilatan y llega más sangre: rojo y calor. Las paredes de los vasos se vuelven porosas y sale líquido con proteínas al tejido: hinchazón. Y las terminaciones nerviosas se sensibilizan: dolor, que obliga a proteger la zona. Con el líquido llegan los glóbulos blancos, que salen de la sangre atraídos por las señales, se comen a los microbios y los restos, y empiezan la reparación. El pus es eso: glóbulos blancos muertos en combate.

La fiebre es la misma respuesta a escala de cuerpo entero. Algunas de las citoquinas que se sueltan en una infección viajan por la sangre hasta el hipotálamo, el termostato del cerebro, y le suben el punto de referencia de 37 a 39 o 40 grados. El cuerpo, que ahora se siente frío, hace lo que hace para calentarse: cierra los vasos de la piel, de ahí la palidez, tirita para producir calor y pide mantas. Cuando la infección cede y el termostato vuelve a 37, sobra calor, y llega el sudor. La fiebre no es un descontrol de la temperatura: es la temperatura controlada en otro punto, la homeostasis redefinida.

Para qué sirve se discutió durante siglos, y Matthew Kluger lo demostró en los años setenta con lagartos. Los lagartos no producen calor propio y regulan su temperatura poniéndose al sol; infectados con bacterias, buscaban sitios más calientes de lo normal, y los que podían hacerlo sobrevivían más que los que no. La fiebre es tan vieja como los reptiles y la conservan los peces y los insectos. Lo que hace es doble: unos grados más frenan la multiplicación de muchas bacterias y virus, que están ajustados a 37, y aceleran la del sistema inmunitario, cuyas células se mueven, se dividen y fabrican anticuerpos más deprisa en caliente. Bajar la fiebre con medicamentos alivia, pero en varios estudios alarga un poco la infección; la fiebre que hace daño por sí misma, por encima de 41 grados, es rara y casi siempre tiene otra causa, como un golpe de calor.

El precio es alto, y por eso no está encendida siempre. Cada grado de fiebre sube el gasto de energía un diez por ciento, y la sensación de enfermedad, el cansancio, la falta de apetito, las ganas de quedarse quieto y solo, es también parte de la respuesta: es el cuerpo obligando a ahorrar y a no contagiar. Y la inflamación repara pero destruye a la vez, porque las armas de los glóbulos blancos no distinguen bien. Ruslan Medzhitov ha argumentado que la inflamación es un compromiso: un sistema diseñado para daños agudos y cortos que en la vida moderna se enciende de forma crónica y a bajo nivel, por la obesidad, el tabaco, el estrés, la falta de sueño, y que así encendida está detrás de la diabetes, la arteriosclerosis, el alzhéimer y buena parte del envejecimiento.

Los antiinflamatorios son la familia de medicamentos más usada del mundo. La aspirina, de la corteza del sauce, y el ibuprofeno bloquean la enzima que fabrica las prostaglandinas, con lo que bajan la fiebre, el dolor y la hinchazón a la vez; el cortisol y sus derivados apagan la respuesta entera, lo que salva vidas en una alergia grave o una enfermedad autoinmune y deja sin defensas a quien los toma mucho tiempo. La medicina ha aprendido a tratar la inflamación no como el enemigo sino como un aliado que a veces hay que calmar.

El sistema inmunitario – La homeostasis – Los anticuerpos – Las alergias – La sangre

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Fuentes

  1. Matthew J. KlugerFever: Its Biology, Evolution, and FunctionPrinceton University Press, Princeton1979
  2. Sharon S. Evans, Elizabeth A. Repasky y Daniel T. FisherFever and the thermal regulation of immunity: the immune system feels the heatNature Reviews Immunology 152015enlace
  3. Ruslan MedzhitovOrigin and physiological roles of inflammationNature 4542008enlace
Laura I Telleria (2024). "La fiebre y la inflamación". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-fiebre-y-la-inflamacion/

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