La piedra de Rosetta — El lenguaje como sistema
Jomard (dibujo) y Bigand (grabado), Description de l'Égypte, 1822 · Public domain · Wikimedia Commons
Itinerarios / medio

El lenguaje como sistema

De Saussure a la pragmática: nueve capítulos sobre cómo está organizada una lengua, qué se hace al hablar y qué pasa cuando dos lenguas se reparten los usos.

9 capítulos · 7,843 palabras · 40 min · cada capítulo es un artículo de la enciclopedia

La lingüística del siglo XX empieza con una decisión de método: mirar una lengua como un sistema de diferencias en un momento dado, en lugar de seguir la pista de sus palabras hacia atrás. Los cuatro primeros capítulos son ese sistema, de arriba abajo. El signo y sus dos caras, el fonema, que no es un sonido sino una diferencia que la lengua aprovecha, el morfema, y el corte entre sincronía y diacronía que hizo posible lo anterior.

A partir del quinto el objeto cambia: ya no es la lengua sino lo que se hace con ella. La deixis explica por qué aquí y mañana no designan nada por sí mismos, y los actos de habla, que prometer o bautizar no describen el mundo sino que lo modifican. Los dos siguientes son las preguntas incómodas, y el itinerario las deja abiertas a propósito: si piensa distinto quien habla distinto, cuestión sobre la que ni Sapir ni Whorf firmaron nunca la hipótesis que lleva su nombre, y por qué en tantos sitios conviven una variedad alta y otra baja con los usos repartidos.

El último capítulo, el desciframiento de la piedra de Rosetta, es el que demuestra que todo lo anterior sirve para algo: una escritura muerta durante mil cuatrocientos años se volvió a leer sin más ayuda que el sistema.

Capítulo 1 de 9

Signo lingüístico

Lingüística 874 palabras artículo suelto ↗

El signo lingüístico es la unidad mínima con significado de una lengua, entendida como la unión indisoluble de dos caras: el significante, que es la imagen acústica de la palabra, y el significado, que es el concepto asociado a ella. La formulación es de Ferdinand de Saussure y llegó al público en 1916, tres años después de su muerte, en el Curso de lingüística general que dos discípulos reconstruyeron a partir de apuntes de clase —detalle que conviene recordar, porque buena parte de lo que se atribuye a Saussure está mediado por esa edición—. Sobre esa definición se construyó el estructuralismo, y con él la lingüística del siglo XX.

Saussure compara el signo con una hoja de papel: el significado es el anverso y el significante el reverso, y no se puede cortar uno sin cortar el otro. La comparación va contra la idea de sentido común según la cual las palabras son etiquetas que se pegan a cosas que ya estaban ahí. Para Saussure el signo no une una palabra con una cosa, sino un significante con un concepto, y el concepto no preexiste al signo: es la lengua la que recorta el continuo de la experiencia en unidades. Un sema no es un trozo de mundo, es un trozo de sistema. De ahí la insistencia en que el objeto de la lingüística no son los sonidos ni las cosas, sino la relación entre ambos órdenes.

Retrato fotográfico de Ferdinand de Saussure
Fig. 1 Ferdinand de Saussure (1857-1913). No publicó ninguno de los tres cursos de lingüística general que dictó en Ginebra entre 1907 y 1911: el libro que fundó el estructuralismo lo compusieron Charles Bally y Albert Sechehaye a partir de los cuadernos de sus alumnos, y una parte de la discusión filológica posterior consiste en averiguar qué dijo Saussure y qué añadieron sus editores.Retrato de Ferdinand de Saussure, autoría desconocida · 1900 · Dominio público · Wikimedia Commons

De la definición se derivan dos principios. El primero es la arbitrariedad: el lazo que une significante y significado no está motivado por ninguna semejanza natural, y la prueba es que lenguas distintas usan significantes distintos para el mismo concepto —buey, ox, Ochse, idi— sin que ninguno sea más apropiado. Arbitrario no significa aquí que el hablante pueda elegir: significa inmotivado y, a la vez, obligatorio, porque el hablante recibe el sistema ya hecho y no puede cambiarlo por decisión propia. El segundo es la linealidad del significante: al ser acústico, se despliega en el tiempo y no puede presentar dos elementos a la vez, lo que impone a la lengua un orden secuencial del que la escritura hereda su carácter lineal, y que la distingue de los signos visuales, capaces de presentar varios rasgos simultáneos.

La arbitrariedad ha sido matizada por todos los lados y sigue en pie en lo esencial. Saussure mismo distinguió entre arbitrariedad absoluta y relativa: diecinueve es motivado dentro del sistema —se ve de qué está hecho—, mientras que once no lo es, y la motivación lingüística interna es un principio productivo de todo el léxico derivado. Las onomatopeyas se citan siempre como contraejemplo y siempre lo son a medias: el gallo canta quiquiriquí en español, cock-a-doodle-doo en inglés y kokekokko en japonés, lo que muestra que incluso la imitación pasa por el filtro fonológico de cada lengua. Más serio es el fenómeno del iconismo sonoro documentado por la psicolingüística: existen asociaciones estadísticamente robustas entre ciertos sonidos y ciertas propiedades —vocales agudas con objetos pequeños o angulosos, graves con grandes o redondeados— que se replican en muchas lenguas y en experimentos con niños prelingüísticos. Y los estudios tipológicos de los últimos años han encontrado en vocabularios básicos de cientos de lenguas coincidencias entre sonido y sentido superiores al azar. Nada de eso derriba el principio; lo convierte en una tendencia dominante con excepciones sistemáticas, que es una descripción mejor.

El punto que Saussure subrayó y que suele quedar en segundo plano es que el signo no tiene valor por sí mismo, sino por su posición en el sistema. El valor de una pieza de ajedrez no está en su materia sino en lo que puede hacer respecto de las demás; el valor de una palabra está en su oposición a las que podrían haber ocupado su lugar. Carnero significa lo que significa porque existe cordero y porque existe oveja; en una lengua que no distinga esos tres cortes, la palabra correspondiente no significa lo mismo aunque el animal sea el mismo. Ese es el sentido fuerte de la tesis estructuralista: la lengua es un sistema de diferencias, y las unidades no son sustancias sino relaciones. El campo semántico es la aplicación directa de ese principio al vocabulario, y la fonología del siglo XX es la aplicación del mismo principio al plano del sonido con la noción de fonema.

Queda por señalar la ausencia notable del modelo. El signo saussureano tiene dos caras y ninguna apunta al mundo: el referente —el objeto concreto del que se habla— queda deliberadamente fuera. Ese recorte hizo posible la lingüística como ciencia autónoma, pero deja sin tratar todo lo que hoy se estudia bajo el rótulo de referencia y referente y de pragmática. La tradición angloamericana trabajó en paralelo con modelos de tres términos —el triángulo semiótico de Ogden y Richards, con símbolo, pensamiento y referente— y Charles S. Peirce había desarrollado antes una tipología de signos por su relación con el objeto (icono, índice, símbolo) que Saussure no conocía y que resulta más útil para tratar todo lo que no es lengua verbal. Ambos modelos coexisten en la semiótica actual, y saber cuál se está usando evita la mitad de las confusiones del campo.

SemaCampo semánticoReferencia y referenteMotivación lingüísticaFonemaEl desciframiento de la piedra de Rosetta

Capítulo 2 de 9

Fonema

Lingüística 814 palabras artículo suelto ↗

Un fonema es la unidad mínima de sonido capaz de distinguir significados en una lengua. La definición se apoya entera en la palabra distinguir: un fonema no es un sonido, es una diferencia que la lengua utiliza. En español, /p/ y /b/ son dos fonemas porque pata y bata no significan lo mismo; en cambio, la b oclusiva de ambos y la fricativa de haba son dos sonidos claramente distintos que ningún hispanohablante distingue, porque ningún par de palabras del español se diferencia solo por eso. Son variantes del mismo fonema, es decir alófonos, y el hablante nativo suele necesitar entrenamiento para oírlas.

El procedimiento para establecer el inventario de fonemas de una lengua es el par mínimo: dos palabras que difieren en un solo segmento y tienen significados distintos. Si existe el par, los dos segmentos son fonemas separados; si los dos segmentos nunca contrastan y aparecen en contextos complementarios, son alófonos. El método, desarrollado por la Escuela de Praga en los años veinte y treinta —Nikolái Trubetzkói y Roman Jakobson sobre todo—, es la aplicación al sonido del principio saussureano de que las unidades de la lengua son relaciones y no sustancias, y es lo que separa la fonología de la fonética: la fonética estudia los sonidos que se producen y se oyen, con instrumentos y medidas físicas; la fonología estudia qué diferencias entre esos sonidos usa el sistema. El símbolo entre barras, /b/, indica fonema; entre corchetes, [β], sonido concreto.

Lámina de Visible Speech de Alexander Melville Bell con un corte del aparato fonador y tablas de símbolos articulatorios
Fig. 1 Lámina de Visible Speech (1867), el alfabeto universal de Alexander Melville Bell —padre del inventor del teléfono—: cada símbolo describe una posición de los órganos, no una letra de una lengua concreta. Abajo a la derecha, el mecanismo del fonema antes de que existiera la palabra: series de palabras que solo se diferencian por un segmento —pool, pole, Paul, pull, poll— con el símbolo articulatorio correspondiente encima.Alexander Melville Bell, «Visible Speech» · 1867 · Dominio público · Wikimedia Commons

Que los inventarios varíen tanto entre lenguas es lo que hace del concepto algo más que una comodidad descriptiva. El español tiene cinco vocales; el inglés británico, según el análisis, entre once y veinte incluyendo diptongos; el rotokas de Papúa Nueva Guinea funciona con unos once fonemas en total y el ¡xóõ del sur de África con más de cien. Y lo relevante no es el número sino qué diferencias se aprovechan: el español distingue /r/ de /l/ y no distingue vocales largas de breves; el japonés no distingue /r/ de /l/ pero sí la duración vocálica, y para un hablante japonés biru y bīru —edificio y cerveza— son tan distintos como pata y bata para un hispanohablante. La consecuencia práctica es la conocida dificultad para percibir contrastes ajenos, que no es un problema de oído sino de categorización: hacia el final del primer año de vida, el bebé pierde la capacidad de discriminar contrastes que su lengua no usa y gana la de agrupar en una misma categoría variantes muy distintas. Aprender la fonología de una lengua consiste en gran medida en dejar de oír.

El concepto se refinó en dos direcciones. La primera es la descomposición del fonema en rasgos distintivos: en lugar de tratarlo como un átomo, se lo describe como un haz de propiedades binarias —sonoro o sordo, nasal u oral, anterior o posterior— con lo que las reglas fonológicas se vuelven mucho más simples y generales. Que en español la nasal se asimile al punto de articulación de la consonante siguiente —un peso con m, un caso con velar— no es una lista de casos sino una sola regla sobre un rasgo. La segunda dirección es la neutralización: hay posiciones en las que un contraste que la lengua tiene deja de funcionar, como la de final de sílaba en muchas variedades del español, donde /r/ y /l/ o /s/ y su aspiración se confunden. El archifonema, la unidad que representa lo que queda cuando el contraste se pierde, es una de las nociones más discutidas de la fonología estructural.

Y aquí conviene señalar las grietas, porque el fonema es un concepto excelente que no es tan sólido como su omnipresencia sugiere. En el habla real los segmentos no existen como unidades separadas: el espectrograma no muestra fronteras entre sonidos, sino una transición continua en la que cada segmento lleva información del anterior y del siguiente —la coarticulación—, y no hay ninguna porción de señal que corresponda limpiamente a la /d/ de duda. La segmentación es una interpretación del oyente, no un dato acústico. Además, la evidencia de la adquisición y de la psicolingüística sugiere que la unidad de procesamiento puede ser en muchos casos la sílaba o incluso la palabra entera, y las fonologías de laboratorio y de exemplares defienden que el hablante almacena nubes de realizaciones concretas y no categorías abstractas. Por último, es difícil separar la intuición del fonema de la escritura alfabética: los alfabetos son en gran medida sistemas fonémicos, y no está claro cuánto de nuestra confianza en la existencia de los fonemas procede de la lengua y cuánto de haber aprendido a leer. Ninguna de estas objeciones ha desplazado el concepto, que sigue siendo indispensable para describir cualquier lengua y para diseñar una ortografía, pero conviene tratarlo por lo que es: una abstracción muy productiva sobre un continuo que no tiene juntas.

FonéticaCorrelatos acústicos del acentoSigno lingüísticoMorfemaSema

Capítulo 3 de 9

Morfema

Lingüística 870 palabras artículo suelto ↗

Un morfema es la unidad mínima con significado o con función gramatical en la que puede dividirse una palabra. En desconfiadamente hay cinco: el prefijo des-, la raíz confi-, el sufijo -ad-, la marca de género -a y el adverbializador -mente, y ninguno de ellos admite una división posterior sin perder todo contenido. El morfema es al plano del significado lo que el fonema es al del sonido: la pieza más pequeña del sistema, definida no por su tamaño sino por el hecho de que su presencia o ausencia cambia algo.

La clasificación básica distingue morfemas léxicos, que aportan el contenido conceptual y forman la raíz de la palabra, y morfemas gramaticales, que aportan información de categoría o de relación. Estos últimos se subdividen a su vez en flexivos y derivativos, y la distinción es más importante de lo que parece. La flexión no crea palabras nuevas: canto, cantas, cantábamos son formas del mismo verbo y comparten entrada de diccionario, y los rasgos que expresa —persona, número, tiempo, género, caso— son los que la sintaxis exige para que la oración concuerde. La derivación sí crea palabras nuevas, con su propia entrada, y puede cambiar la categoría: de cantar salen cantante, canturrear y cantable, que son verbos, nombres y adjetivos distintos. Una prueba práctica de la diferencia es la posición: en español la derivación va por dentro y la flexión por fuera, de modo que se dice nacional-idad-es y no nacional-es-idad.

Un morfema no es lo mismo que su realización. El plural español se expresa como -s en casas y como -es en árboles, y ambos son alomorfos del mismo morfema; el prefijo negativo aparece como in-, im- o i- según el sonido siguiente. La relación puede ser mucho menos transparente: en hago frente a hice la misma raíz cambia de forma, fenómeno que se llama alternancia o supletismo según su grado, y en el caso extremo —ir, voy, fui— la palabra reúne raíces de origen completamente distinto sin que el hablante lo note. También hay morfemas sin forma audible: el singular español no se marca con nada, y llamarlo morfema cero es una decisión de análisis discutible que consiste en postular una pieza para que el sistema quede simétrico. La discusión sobre si esos ceros existen o son un artefacto de la notación acompaña a la morfología desde sus inicios.

La tipología morfológica clasifica las lenguas por cómo empaquetan los morfemas en palabras, y ese es probablemente el ámbito en el que el concepto ha resultado más productivo. En las lenguas aislantes, como el chino mandarín o el vietnamita, la palabra tiende a coincidir con el morfema y las relaciones gramaticales se expresan por orden y por partículas independientes. En las aglutinantes, como el turco, el finés, el quechua o el euskera, los morfemas se ensartan uno tras otro con fronteras nítidas y cada uno aporta una sola información, de modo que una única palabra puede corresponder a una oración entera de otra lengua. En las flexivas o fusionantes, como el latín, el ruso o el español, un mismo morfema acumula varias informaciones a la vez y se fusiona con la raíz hasta que separarlos deja de ser obvio: la -o de canto dice a la vez primera persona, singular, presente e indicativo. Y en las polisintéticas, con el inuit o el mohawk como casos habituales, la palabra incorpora además elementos que en otras lenguas serían argumentos independientes.

La tipología, sin embargo, describe tendencias y no compartimentos, y ese es su límite. El español es flexivo en la conjugación y perfectamente aglutinante en la derivación adverbial con -mente; el inglés es en gran medida aislante en la morfología nominal y conserva flexión irregular en los verbos fuertes. Ninguna lengua pertenece a un tipo puro, y los tipos no son etapas de una evolución, aunque el siglo XIX lo creyó y construyó con esa idea una jerarquía de lenguas que servía para ordenar también a sus hablantes. Lo que sí hay son ciclos documentados: la gramaticalización convierte palabras plenas en morfemas gramaticales —el futuro romance cantaré proviene de cantare habeo, «he de cantar», donde un verbo independiente terminó soldado como terminación— y la erosión fonética acaba borrando esas marcas hasta que la lengua recluta piezas nuevas. La morfología de cualquier lengua es un corte momentáneo en ese movimiento, lo que conecta directamente con la distinción entre sincronía y diacronía.

Queda una advertencia sobre el propio concepto. La segmentación en morfemas funciona muy bien en las lenguas aglutinantes y se vuelve incómoda en las fusionantes, donde a menudo no hay manera de asignar un trozo de forma a cada trozo de significado. De ahí que buena parte de la morfología contemporánea haya abandonado el modelo de «palabra hecha de piezas» en favor de modelos basados en la palabra entera y en las relaciones entre paradigmas: en lugar de descomponer hice, se afirma que ocupa una casilla determinada de la tabla de hacer. El morfema sigue siendo la herramienta descriptiva y didáctica de referencia, y con razón, pero no conviene tomar sus fronteras por objetos naturales: son el resultado de una decisión analítica que unas lenguas facilitan y otras no.

FonemaSigno lingüísticoFamilia léxicaLéxicoSincronía y diacronía

Capítulo 4 de 9

Sincronía y diacronía

Lingüística 828 palabras artículo suelto ↗

La sincronía es el estudio de una lengua como sistema en un momento dado, y la diacronía el estudio de sus cambios a lo largo del tiempo. La oposición la establece Ferdinand de Saussure en el Curso de lingüística general y con ella hizo dos cosas a la vez: separar dos objetos de estudio que la filología del siglo XIX confundía, y declarar la prioridad del primero. La lingüística del siglo XX se construyó sobre esa prioridad, y buena parte de la del XXI sobre su revisión.

El argumento de Saussure es que un hablante no sabe nada de la historia de su lengua y sin embargo la habla perfectamente. Quien dice cadera no necesita saber que la palabra viene del griego kathédra, «asiento», ni quien conjuga voy que esa forma procede de un verbo latino distinto del que da ir. Si el sistema funciona sin ese conocimiento, entonces el sistema es describible sin él, y describirlo así es describir lo que el hablante realmente tiene. La analogía que emplea es la del corte transversal de un tronco: la sección muestra la disposición de las fibras en un plano, y esa disposición es una realidad completa aunque el tronco haya tardado décadas en formarla. De ahí la afirmación fuerte: para el hablante solo existe la sincronía, y la diacronía es un saber del historiador.

Página de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, edición de 1492
Fig. 1 La Gramática castellana de Nebrija (1492), la primera de una lengua romance. Nebrija justificó la obra ante Isabel de Castilla con el argumento de fijar el castellano «para que lo que agora i de aquí adelante en él se escriviere pueda quedar en un tenor»: un corte sincrónico levantado, precisamente, para detener la diacronía. Cinco siglos después el libro se lee como documento de una lengua que ya no es la nuestra.Antonio de Nebrija · 1492 · Dominio público · Wikimedia Commons

La distinción resolvió un problema real. La lingüística histórica y comparada del XIX había alcanzado logros enormes —la reconstrucción del indoeuropeo, las leyes de correspondencia fonética entre lenguas emparentadas— y a la vez había convertido la explicación de cualquier hecho de lengua en un relato de su origen. Preguntado por qué el plural inglés de foot es feet, el filólogo respondía contando una metafonía germánica; y esa respuesta, siendo correcta, no dice nada sobre cómo funciona hoy el plural inglés. Saussure sostuvo que confundir los dos planos produce descripciones que no describen: la etimología no es el significado, y el origen de una forma no es su función. Es el mismo error que se comete al defender el uso «correcto» de una palabra apelando a lo que significaba en latín, falacia tan extendida que tiene nombre propio en la crítica del lenguaje.

Ahora bien, el propio Saussure señaló que los dos planos se cruzan de una manera incómoda para su esquema: el cambio siempre es local y el sistema siempre es global. Un cambio fonético afecta a un sonido en un contexto, no al sistema entero, pero al ocurrir reorganiza todo el conjunto de oposiciones. Cuando el español pierde la distinción entre las sibilantes medievales, no cambia una palabra: cambia el inventario de fonemas y con él el reparto de todo el vocabulario. La consecuencia es que ningún estado de lengua es un sistema perfectamente equilibrado, sino un sistema con los restos del anterior dentro. La irregularidad de los verbos más frecuentes, los plurales excepcionales, la motivación lingüística opaca de las palabras heredadas: todo eso es diacronía fosilizada operando en plena sincronía.

Esa objeción se ha convertido en el punto de partida de tres programas de investigación posteriores. El primero es la fonología diacrónica estructural de André Martinet, que explica los cambios como reajustes de un sistema que tiende a mantener sus oposiciones útiles y a economizar esfuerzo. El segundo es la sociolingüística variacionista de William Labov, que asestó el golpe más directo al planteamiento saussureano al demostrar que el cambio en curso es observable en el presente: en una comunidad conviven variantes cuya distribución por edad, clase y contexto permite ver la dirección del cambio antes de que se complete. La lengua, vista así, no es un sistema homogéneo que cambia entre corte y corte, sino un sistema heterogéneo cuyo funcionamiento normal incluye la variación —lo que Labov y sus colegas llamaron heterogeneidad ordenada—. El tercero es la gramaticalización, que estudia los recorridos regulares por los que una palabra plena se convierte en marca gramatical y una marca gramatical en nada, y que es un fenómeno intrínsecamente diacrónico con efectos sincrónicos visibles en cualquier lengua.

Queda por último una precisión terminológica útil. Sincrónico no significa actual: se puede hacer una descripción sincrónica del latín de Cicerón o del castellano del Cantar de mio Cid, y de hecho la lingüística histórica seria consiste en comparar cortes sincrónicos sucesivos, no en contar una historia continua. Y diacrónico no significa antiguo: el cambio que se está produciendo ahora mismo en una lengua es un hecho diacrónico. El error de manual, muy frecuente, consiste en identificar la sincronía con el presente y la diacronía con el pasado, cuando la distinción es entre dos preguntas —cómo funciona un sistema y cómo se transforma— que pueden hacerse sobre cualquier época. Y conviene recordar, contra la lectura escolar, que Saussure no negó el interés de la diacronía: dijo que eran dos lingüísticas distintas, con métodos distintos, y que mezclarlas era la fuente principal de confusión en la disciplina. Sigue teniendo bastante razón.

Signo lingüísticoFonemaMorfemaTradiciones discursivas (Coseriu)Léxico

Capítulo 5 de 9

Deixis

Lingüística 854 palabras artículo suelto ↗

La deixis es la propiedad de ciertas expresiones cuyo significado solo se completa con los datos de la situación en que se emiten. Yo, aquí, ahora, esto, mañana, venir: son palabras que no designan nada por sí mismas y designan algo distinto cada vez que se usan. El término viene del griego deîxis, acción de señalar, y la metáfora es exacta: un elemento deíctico es un gesto hecho con palabras, y como todo gesto no significa nada fuera del lugar donde se hace.

La prueba de su naturaleza es lo que ocurre cuando se pierde el contexto. Una nota que dice «vuelvo dentro de una hora» es inútil si no se sabe cuándo se escribió; una grabación que dice «esto es lo que hay que apretar» es inútil sin la imagen; el clásico mensaje en una botella que dice «estoy aquí» no informa de nada. En términos técnicos, los deícticos no tienen referencia sino un procedimiento para obtenerla: la primera persona designa a quien habla, el demostrativo de proximidad designa lo cercano al hablante, el presente designa el momento de la emisión. Ese procedimiento es fijo; el resultado, variable. Es la diferencia entre un referente y una instrucción para encontrarlo.

Manícula: mano con el índice extendido dibujada al margen de un manuscrito
Fig. 1 Una manícula, la manita con el índice extendido que los lectores medievales dibujaban en el margen para señalar un pasaje. Es deixis en estado puro y con el problema de la deixis a la vista: la mano no dice nada por sí sola, y si se recorta la página y se separa del texto que apuntaba, deja de significar.Dibujo de Daryl Green sobre un original del siglo XV · Dominio público · Wikimedia Commons

Se distinguen habitualmente tres tipos básicos. La deixis personal organiza el discurso en torno a los papeles de la enunciación: quien habla, a quien se habla y lo que queda fuera de ambos, distinción que las lenguas expresan con pronombres y con la flexión verbal. Aquí aparecen ya diferencias interesantes: muchas lenguas distinguen un «nosotros» inclusivo, que incorpora al oyente, de uno exclusivo, que lo deja fuera —el español no, y de ahí la ambigüedad de «nos vamos»—. La deixis espacial sitúa respecto al lugar de la enunciación, y el español dispone de un sistema de tres términos —este, ese, aquel; aquí, ahí, allí— frente a los dos del inglés o del francés, sin que esté claro si el término medio se organiza por distancia o por su relación con el oyente. La deixis temporal ancla en el momento de hablar, y es la que hace que ayer o dentro de tres días solo puedan interpretarse sabiendo cuándo se dijeron. A estos tres suelen añadirse dos más: la deixis social, que codifica la relación entre los interlocutores y el respeto debido —el contraste entre y usted, los tratamientos, los sistemas honoríficos del japonés o del coreano—, tratada con detalle en el registro formal y en la sociopragmática; y la deixis discursiva, que remite a partes del propio texto: «como se ha dicho más arriba», «lo que sigue», «en el capítulo anterior».

Un fenómeno relacionado y a menudo confundido con la deixis es el desplazamiento del centro. La regla básica dice que el punto cero es el hablante, aquí y ahora, pero se puede mover deliberadamente. Quien llama por teléfono y pregunta «¿está ahí Ana?» adopta el punto de vista del interlocutor; quien escribe «llegué ayer» en una carta que se leerá la semana siguiente tiene que decidir a qué momento ancla; los verbos ir y venir codifican movimiento hacia o desde el centro deíctico, y por eso «voy a tu casa» y «vengo a tu casa» no son equivalentes ni intercambiables entre lenguas: en español se va hacia el interlocutor, mientras que otras lenguas exigen venir. Estas divergencias son una fuente inagotable de errores de traducción, precisamente porque el elemento deíctico es invisible para el hablante nativo.

La deixis tiene también consecuencias fuera de la lingüística. En derecho y en administración, un documento con deícticos sin resolver es un documento inaplicable, y de ahí las fórmulas redundantes de los contratos —«el arrendatario», repetido cien veces, en lugar de «él»— que buscan eliminar toda dependencia del contexto. En la interpretación de textos antiguos, resolver los deícticos es la mitad del trabajo filológico. En la comunicación escrita instantánea aparecen problemas nuevos: un «ahora» en un mensaje que se lee tres horas después, o un «esto» referido a una captura de pantalla que ya no está en la conversación. Y en la adquisición del lenguaje, los deícticos están entre lo último que un niño domina, porque exigen entender que la referencia depende de quién habla: el error de decir «tú» para hablar de sí mismo, repitiendo lo que le dicen los adultos, es un paso normal del proceso.

Conviene por último señalar por qué la deixis fue un problema teórico y no solo un capítulo descriptivo. Es la prueba más limpia de que el significado de una oración no determina lo que dice: la misma oración, con el mismo sentido léxico y gramatical, expresa proposiciones distintas según quién la emita y cuándo. Eso obligó a la semántica formal a introducir el contexto como parámetro y contribuyó a delimitar la pragmática como disciplina propia. Y le dio a Émile Benveniste, que estudió los pronombres como el lugar donde el sujeto se instala en la lengua, el argumento para una tesis más ambiciosa: que la subjetividad no es algo que exista antes del lenguaje y se exprese en él, sino algo que se constituye al decir yo.

Referencia y referentePragmática lingüísticaActos de hablaRegistro formalAmbigüedad

Capítulo 6 de 9

Actos de habla

Lingüística 927 palabras artículo suelto ↗

La teoría de los actos de habla sostiene que hablar no consiste principalmente en describir el mundo, sino en hacer cosas: prometer, ordenar, bautizar, disculparse, apostar, condenar. La formuló el filósofo británico J. L. Austin en unas conferencias dictadas en Harvard en 1955 y publicadas tras su muerte con un título que resume el argumento, How to Do Things with Words —en castellano Cómo hacer cosas con palabras—, y John Searle la sistematizó después. Es el fundamento de la pragmática contemporánea y una de las pocas ideas de la filosofía del lenguaje que ha cambiado la práctica de disciplinas enteras, del derecho a la enseñanza de lenguas.

El punto de partida es una crítica a la filosofía analítica de su tiempo, que se interesaba por los enunciados en la medida en que podían ser verdaderos o falsos. Austin observó que hay oraciones a las que ese criterio no se les puede aplicar sin absurdo. «Sí, quiero» dicho ante un juez no es una descripción de un estado mental que pueda comprobarse: es lo que celebra el matrimonio. «Bautizo este barco Queen Elizabeth» no informa de nada, hace algo. «Te apuesto veinte euros a que llueve» crea la apuesta. A estas emisiones las llamó performativas o realizativas, frente a las constatativas, que sí describen. Y observó que su éxito no depende de la verdad sino de las condiciones de felicidad: que quien habla tenga la autoridad correspondiente, que el procedimiento sea el previsto, que las circunstancias sean las adecuadas y que haya la intención debida. Si un transeúnte cualquiera bautiza un barco, el enunciado no es falso: es nulo, un fracaso.

El juramento de los Horacios: tres hermanos extienden los brazos hacia las espadas que sostiene su padre
Fig. 1 El juramento de los Horacios, en la versión de 1786 que Anne-Louis Girodet pintó a partir del original de Jacques-Louis David. El cuadro representa lo que Austin llamaría un performativo puro: el juramento no describe una lealtad previa, la instituye, y para hacerlo necesita todo lo que aquí se ve —la fórmula, el gesto, el testigo, la autoridad del padre—. Las condiciones de felicidad de un acto de habla son, muy a menudo, una escenografía.Anne-Louis Girodet, a partir de Jacques-Louis David · 1786 · Dominio público · Wikimedia Commons

A mitad del libro, Austin desmonta su propia distinción. Si se examinan las supuestas constatativas, resulta que también hacen algo: afirmar es un acto, con sus propias condiciones —quien afirma se compromete con la verdad de lo dicho y puede ser acusado de mentir, que es un reproche a un acto y no a una proposición—. Y una afirmación falsa se parece bastante a un performativo infeliz. De modo que la conclusión no es que existan dos clases de enunciados, sino que todo enunciado es un acto, y lo que hay que analizar son sus dimensiones. Austin distingue tres: el acto locutivo, que es emitir una oración con un sentido y una referencia; el ilocutivo, que es lo que se hace al decirla —advertir, pedir, prometer—; y el perlocutivo, que es el efecto que se consigue en el oyente: asustarlo, convencerlo, hacer que cierre la ventana. La distinción entre los dos últimos es fina y decisiva: el acto ilocutivo se realiza con éxito si el oyente entiende qué se le está haciendo, aunque no obedezca; el perlocutivo depende de que obedezca. Se puede advertir a alguien sin conseguir asustarlo.

Searle ordenó los actos ilocutivos en cinco clases —asertivos, directivos, compromisorios, expresivos y declarativos— y añadió la pieza que faltaba para la lingüística: los actos de habla indirectos. Casi nunca decimos lo que hacemos. «¿Puedes pasarme la sal?» tiene forma de pregunta sobre una capacidad y funciona como petición; «hace frío aquí» tiene forma de aserción y funciona como orden de cerrar la ventana; «no sé si me estoy explicando» puede ser un reproche. El oyente resuelve el desajuste sin esfuerzo consciente, y explicar cómo lo hace es el problema central de la pragmática: Paul Grice lo abordó con el principio de cooperación y las máximas conversacionales, y Penelope Brown y Stephen Levinson mostraron que buena parte de esa indirección se explica por cortesía, es decir por la necesidad de no amenazar la imagen pública del interlocutor. De ahí que las lenguas y las culturas difieran sistemáticamente en cuánta indirección exigen para el mismo acto, campo que estudia la sociopragmática y que es la fuente más habitual de malentendido intercultural: lo que en una comunidad es claridad, en otra es grosería.

El alcance de la teoría fuera de la lingüística ha sido considerable. El derecho es en gran medida un sistema de performativos institucionales —firmar, promulgar, condenar, testar— y el análisis de las condiciones de felicidad describe con precisión por qué un contrato es nulo o un acto administrativo inválido. La teoría del discurso ha usado la noción de acto para analizar el lenguaje que produce realidad social: el insulto y el acto de habla hiriente, la performatividad del género en Judith Butler, la reflexión de Pierre Bourdieu sobre que la autoridad del performativo no está en las palabras sino en la posición institucional de quien las pronuncia —una objeción de fondo a Austin, que localizaba el poder en el procedimiento—. Y en enseñanza de lenguas, el enfoque comunicativo organizó por primera vez los programas por funciones —pedir, disculparse, quedar— en lugar de por estructuras gramaticales.

Las críticas apuntan sobre todo a dos puntos. El primero es el idealismo del modelo: presupone hablantes que emiten actos completos, con intenciones definidas, en intercambios ordenados, y el análisis de la conversación real muestra solapamientos, enunciados a medias, negociación del sentido a lo largo de varios turnos y actos que solo cobran fuerza retrospectivamente según cómo responda el interlocutor. La unidad de análisis, se ha argumentado, no debería ser la emisión aislada sino la secuencia. El segundo es la sospecha de que las taxonomías —cinco clases, doce condiciones— reflejan el vocabulario metalingüístico del inglés más que una estructura universal de la acción verbal: las lenguas no coinciden en cómo cortan el campo de los verbos que nombran actos de habla, y construir la teoría sobre esos verbos arriesga tomar una lengua por el mundo.

Pragmática lingüísticaSociopragmáticaDeixisRegistro formalAmbigüedad

Capítulo 7 de 9

Relativismo lingüístico (hipótesis de Sapir-Whorf)

Lingüística 890 palabras artículo suelto ↗

El relativismo lingüístico es la tesis de que la lengua que se habla influye en cómo se percibe y se piensa el mundo. Se conoce también como hipótesis de Sapir-Whorf, aunque ni Edward Sapir ni Benjamin Lee Whorf firmaron nunca juntos una hipótesis con ese nombre —la etiqueta la acuñaron otros en los años cincuenta— y ninguno de los dos formuló la versión fuerte que hoy se les atribuye y se les refuta. Pocas ideas de las ciencias del lenguaje han sido tan populares, tan mal citadas y tan concluyentemente falsadas en su versión extrema, y a la vez tan bien confirmadas en su versión moderada.

Conviene separar dos afirmaciones. El determinismo lingüístico sostiene que la lengua determina el pensamiento, de modo que lo que una lengua no distingue no puede ser pensado por sus hablantes. El relativismo lingüístico sostiene algo mucho más débil: que las categorías obligatorias de una lengua orientan la atención y facilitan ciertas operaciones cognitivas frente a otras. La primera versión es falsa y no hace falta un laboratorio para verlo: cualquiera puede pensar y expresar una distinción que su lengua no codifica en una palabra, aunque le lleve una frase entera, y todos los conceptos técnicos que ha aprendido lo demuestran. La segunda es una hipótesis empírica razonable, y en los últimos treinta años se ha puesto a prueba con resultados en su favor.

Tabla de consonantes de la lengua kwakiutl publicada por Franz Boas en 1900
Fig. 1 Tabla de consonantes del kwakiutl, de la descripción que Franz Boas publicó en 1900. Boas fue el maestro de Sapir y el origen de toda esta línea de pensamiento: al documentar lenguas amerindias con categorías que ninguna gramática europea preveía, concluyó que las categorías de una lengua son obligatorias e inconscientes, y que la gramática impone al hablante clasificar la experiencia de un modo determinado sin que se dé cuenta.Franz Boas, «Sketch of the Kwakiutl Language» · 1900 · Dominio público · Wikimedia Commons

La genealogía importa porque explica los malentendidos. La idea de que cada lengua encierra una visión del mundo viene del romanticismo alemán —Herder y sobre todo Wilhelm von Humboldt, con su noción de la lengua como Weltansicht— y llega a la antropología estadounidense a través de Franz Boas, que la despoja de su carga nacionalista y la convierte en un argumento a favor del relativismo cultural: si las categorías gramaticales son arbitrarias y obligatorias, ninguna lengua es más lógica que otra, y las jerarquías entre lenguas «primitivas» y «civilizadas» son un prejuicio. Sapir, alumno de Boas, lo formula como que no vivimos en el mundo sino en el mundo que nuestra lengua nos presenta. Whorf, que era ingeniero de seguros y estudió el hopi por su cuenta, llevó el argumento a su forma más provocadora y también más frágil: sostuvo que el hopi no tiene tiempo verbal como el inglés y que sus hablantes conciben el tiempo de otro modo, análisis que el lingüista Ekkehart Malotki desmontó en 1983 con un estudio de más de seiscientas páginas mostrando que el hopi dispone de recursos temporales abundantes.

El caso más citado en la cultura popular es también el más falso: la supuesta multitud de palabras esquimales para la nieve. El dato circula desde una divulgación imprecisa de los años cuarenta, se ha inflado en cada repetición hasta cifras de tres dígitos, y fue desmontado por Laura Martin y por Geoffrey Pullum en un artículo cuyo título —«el gran engaño del vocabulario esquimal»— resume el asunto. Las lenguas inuit son polisintéticas y forman palabras complejas por composición, así que contar palabras es contar frases; y en inglés o en español un esquiador enumera sin dificultad nieve polvo, costra, nieve primavera, ventisca, neviza. La lección metodológica es que un recuento de vocabulario no prueba nada sobre el pensamiento: prueba de qué se habla mucho en una comunidad, que es un hecho sobre el oficio y no sobre la mente.

La investigación seria se ha desplazado desde el léxico hacia las categorías gramaticales obligatorias, y ahí sí hay resultados. En color, el estudio clásico de Brent Berlin y Paul Kay mostró que los términos básicos siguen un orden de aparición muy regular entre lenguas —lo que refutó el relativismo ingenuo—, y trabajos posteriores han encontrado, en cambio, que la frontera léxica sí afecta a la rapidez de discriminación: los hablantes de ruso, que tienen dos términos básicos distintos para el azul claro y el oscuro, distinguen más rápido pares que cruzan esa frontera. En orientación espacial, las lenguas que carecen de términos relativos como «izquierda» y «derecha» y organizan el espacio con puntos cardinales absolutos —el guugu yimidhirr australiano, el tzeltal de Chiapas— tienen hablantes con un sentido de la orientación notablemente mejor y que resuelven tareas de memoria espacial de otro modo. En género gramatical, hay evidencia de que la asignación arbitraria del género a los objetos influye en los atributos que se les asocian. Y en número, la investigación sobre lenguas con sistemas numéricos muy reducidos —el pirahã amazónico— muestra limitaciones en tareas de correspondencia exacta con cantidades grandes, resultado que sigue siendo objeto de disputa.

Lo que emerge de todo ello no es la victoria de una de las dos posiciones históricas, sino un planteamiento distinto que se conoce como «pensar para hablar»: la lengua no fija los límites de lo pensable, pero al obligar a codificar ciertas distinciones cada vez que se abre la boca, entrena la atención en esa dirección y deja huella en tareas de memoria, clasificación y razonamiento rápido. Los efectos son reales, medibles y modestos, y desaparecen cuando la tarea se hace verbalmente irrelevante. Es un resultado poco espectacular, y probablemente por eso la versión popular de la hipótesis —la que aparece en novelas, películas y artículos sobre palabras intraducibles— sigue siendo la que Whorf no llegó a defender y que la evidencia descartó hace medio siglo.

Relativismo culturalEtnocentrismoSigno lingüísticoCampo semánticoAcervo lingüístico

Capítulo 8 de 9

Diglosia

Lingüística 880 palabras artículo suelto ↗

La diglosia es la situación en la que una comunidad usa dos variedades lingüísticas con funciones claramente repartidas: una para los ámbitos formales y escritos, otra para la conversación cotidiana. El concepto lo formuló Charles A. Ferguson en un artículo de 1959, y su aportación no fue observar que existen registros distintos —eso lo sabía cualquiera— sino describir un tipo de reparto estable, aprendido y consciente, en el que las dos variedades tienen nombres propios, prestigio distinto y territorios de uso que los hablantes conocen y respetan.

Ferguson llamó A a la variedad alta y B a la baja, y estableció los rasgos del modelo. La variedad alta se emplea en el sermón, la enseñanza, la administración, la prensa y la literatura; la baja, en la casa, con los amigos, en el mercado y en la radio popular. La alta se aprende en la escuela y de forma explícita; la baja se adquiere en la infancia como lengua materna y nadie la estudia. La alta tiene gramáticas, diccionarios y una tradición literaria; la baja apenas se escribe, y cuando se escribe se percibe como transcripción. La alta se considera más bella, más lógica y más apta para expresar el pensamiento, incluso por hablantes que la manejan con dificultad; y —el rasgo decisivo— usar una en el ámbito de la otra produce risa o escándalo: un sermón en variedad baja resulta cómico, y una conversación familiar en variedad alta, pedante o agresiva. Sus cuatro casos de estudio fueron el árabe, el griego, el alemán suizo y el criollo haitiano.

La piedra de Rosetta, con el mismo decreto grabado en jeroglíficos, escritura demótica y griego
Fig. 1 La piedra de Rosetta (196 a. C.): un mismo decreto sacerdotal grabado tres veces —jeroglífico arriba, demótico en el centro, griego abajo—. El reparto no es decorativo: el jeroglífico es la escritura del templo, el demótico la de la vida administrativa y privada egipcia, y el griego la de la corte ptolemaica. La distribución funcional de las variedades, que es el corazón del concepto de diglosia, se puede leer aquí en el orden mismo de las líneas.Fotografía de Donald Macbeth · British Museum · 1922 · Dominio público · Wikimedia Commons

Joshua Fishman extendió el término en 1967 en una dirección que Ferguson había querido evitar: aplicarlo a dos lenguas distintas y no a dos variedades de la misma. Con ello el concepto pasó a describir la situación de la mayoría de las comunidades lingüísticas minorizadas del mundo, en las que la lengua del Estado ocupa los ámbitos formales y la lengua propia queda para el hogar y la vecindad. Fishman cruzó además diglosia y bilingüismo para obtener cuatro casos: bilingüismo con diglosia —la comunidad entera es bilingüe y el reparto funcional es firme—, diglosia sin bilingüismo —una élite habla la variedad alta y el pueblo solo la baja, como en la Europa del latín—, bilingüismo sin diglosia —dos lenguas compiten en los mismos ámbitos, situación que él consideraba inestable— y ninguno de los dos. La endodiglosia nombra en esta tradición el reparto que se produce dentro de una misma lengua entre su variedad estándar y sus dialectos.

Y aquí empieza la discusión que el término arrastra desde entonces. El modelo de Ferguson describía un equilibrio, y la sociolingüística catalana y vasca de los años setenta objetó que ese equilibrio casi nunca existe: lo que se observa en el tiempo largo no es estabilidad sino sustitución. Lluís Vicent Aracil y Rafael Lluís Ninyoles argumentaron que la diglosia es la fase intermedia de un proceso en el que la lengua alta va invadiendo los ámbitos de la baja —primero la administración, luego la escuela, luego el trabajo, luego la crianza— hasta que la baja deja de transmitirse entre generaciones. Desde esa perspectiva, describir la situación como un reparto funcional armonioso es adoptar el punto de vista de la lengua dominante, porque presenta como orden natural el resultado de una relación de poder. De ahí que propusieran hablar de conflicto lingüístico en lugar de diglosia, y que la política de normalización consista precisamente en atacar el reparto: llevar la lengua minorizada a los ámbitos formales de los que fue excluida, es decir romper la diglosia en vez de administrarla.

La evidencia histórica ampara a los críticos más que a Ferguson. De sus cuatro casos, el griego dejó de ser diglósico en 1976, cuando la dimotiki sustituyó oficialmente a la katharévousa después de siglo y medio de pugna con episodios violentos; el criollo haitiano fue reconocido como lengua oficial en 1987 y hoy se escribe y se enseña; el alemán suizo se ha reforzado en la conversación y en los medios hasta ocupar espacios antes reservados al estándar. Solo el árabe conserva un reparto reconocible, y también ahí las redes sociales han producido una escritura masiva en variedades coloquiales que hace veinte años nadie escribía. La estabilidad, en suma, no era un rasgo del fenómeno sino del momento en que se lo observó.

Queda un punto que conviene retener porque explica por qué el concepto sigue siendo útil pese a todo. La diglosia no describe una relación entre lenguas, describe una relación entre funciones sociales y variedades, y por tanto se rompe o se mantiene según lo que ocurre en instituciones concretas: qué se habla en el juzgado, en la consulta médica, en la escuela infantil, en la etiqueta de un producto, en el buscador. El estado de una lengua no se mide por el número de hablantes que declara conocerla —de ahí la insuficiencia de los datos sobre bilingüismo— sino por los ámbitos en los que se usa sin que a nadie le extrañe. Es la misma razón por la que el paisaje lingüístico es un indicador tan fiable: un rótulo dice en qué ámbito se considera normal cada lengua, y eso es exactamente lo que la diglosia mide.

EndodiglosiaBilingüismo aditivo y bilingüismo sustractivoLengua oficialPaisaje lingüísticoLengua nativa, lengua propia, lengua vernácula

Capítulo 9 de 9

El desciframiento de la piedra de Rosetta

Lingüística 906 palabras artículo suelto ↗

La piedra de Rosetta es una estela de granodiorita de 760 kilos con el mismo decreto grabado en tres escrituras —jeroglífico, demótico y griego—, y su desciframiento entre 1799 y 1824 es el caso fundacional de la lingüística histórica aplicada: demostró que una escritura muerta desde hacía mil cuatrocientos años podía volver a leerse por comparación sistemática. El texto es un decreto sacerdotal del 27 de marzo de 196 a. C., aprobado en Menfis para el primer aniversario de la coronación de Ptolomeo V, que enumera los beneficios del rey a los templos y ordena colocar la estela en cada santuario de primer orden, «en escritura sagrada, en escritura documental y en escritura griega». Es decir, un instrumento burocrático de propaganda ptolemaica, no un texto sagrado, y justamente por eso —por repetido y por datado— fue la llave.

El contexto de su hallazgo es una guerra. La encontraron en julio de 1799 soldados de la expedición de Bonaparte reforzando el fuerte Julien, junto a la localidad de Rashid —Rosetta para los europeos—, en el delta occidental del Nilo. Cuando los franceses capitularon en Alejandría en 1801, el tratado entregó las antigüedades a los británicos, y la piedra navegó a Londres, donde se expone en el British Museum desde 1802; Egipto la reclama periódicamente, y el traspaso sigue siendo un episodio vivo de la disputa sobre el patrimonio cultural. Lo que salvó a la ciencia en la disputa fue que la piedra se multiplicó antes de viajar: se hicieron impresiones de tinta y moldes de yeso que circularon por las academias, de modo que el desciframiento fue una carrera europea sobre copias, no sobre la piedra.

Grabado de un congreso de orientalistas en el British Museum ante la piedra de Rosetta, expuesta en un pedestal inclinado
Fig. 1 Los participantes en el Congreso Internacional de Orientalistas examinan la piedra en el British Museum, en un grabado del Illustrated London News de 1874. La estela ya era la pieza más visitada del museo —lo sigue siendo— aunque su fama es retrospectiva: durante el desciframiento, lo que circuló por Europa fueron las impresiones de tinta, no la piedra.Illustrated London News · 1874 · Dominio público · Wikimedia Commons

El primer avance fue de Thomas Young, el polímata inglés de la interferencia de la luz, que trabajó la piedra desde 1814. Young estableció que la escritura cursiva de la estela —que él llamó encorial— era una forma cursiva del jeroglífico y no un sistema aparte, identificó los cartuchos como los óvalos que encierran nombres reales y propuso una lectura fonética parcial del nombre de Ptolomeo comparando los signos del cartucho con las letras griegas de PTOLEMAIOS. Pero se atascó en una hipótesis de época: creía que la escritura fonética se usaba solo para nombres extranjeros, que los jeroglíficos propiamente dichos eran signos de ideas, y abandonó el problema en 1819 con unas tablas correctas pero sin sistema.

La resolución fue de Jean-François Champollion, y descansó en una llave que Young no tenía: el copto. Champollion sabía que el copto litúrgico de los cristianos de Egipto era el estado final de la lengua egipcia —la lengua de los jeroglíficos, escrita con alfabeto griego y conservada en la liturgia— y dominaba esa lengua desde adolescente. En septiembre de 1822, comparando los cartuchos de Ptolomeo y Cleopatra del obelisco de File —que el anticuario William John Bankes había traído a Inglaterra con su traducción griega—, comprobó que los signos se repetían donde las letras griegas se repetían, construyó un alfabeto fonético y lo aplicó al cartucho de un faraón muy anterior, Ramsés: el disco solar era ra, el dios sol, y la escritura no señalaba una idea sino un sonido, y el sonido era copto. La lectura de la Lettre à M. Dacier en la Academia el 27 de septiembre de 1822 fijó el sistema; el desmayo de Champollion al salir corriendo a casa de su hermano —«ya lo tengo», dijo, y cayó enfermo cinco días— es anecdótico y puede ser apócrifo, pero el resultado no: el egipcio antiguo era una lengua con gramática, y la escritura un sistema mixto de fonogramas, logogramas y determinativos que clasifican la palabra sin pronunciarse.

Lámina impresa con tres columnas de signos alineados: letras griegas, signos demóticos y signos jeroglíficos
Fig. 2 La tabla IV de la Lettre à M. Dacier (1822): cada letra griega con sus equivalentes demóticos y jeroglíficos. Es el documento central del desciframiento y su forma lo explica: no una revelación sino una tabla, porque el método era la comparación signo a signo sobre textos paralelos —el procedimiento que después leería el cuneiforme y el lineal B.Jean-François Champollion, «Lettre à M. Dacier» (1822) · 1822 · Dominio público · Wikimedia Commons

La disputa de prioridad que siguió empaña el relato simple. Young sostuvo que Champollion había tomado su alfabeto sin reconocerlo, y es verdad que los primeros signos del cartucho de Ptolomeo venían de Young; también es verdad que el paso decisivo —el sistema es mixto, la lengua es el copto, la fonética no se limita a los nombres griegos— es todo de Champollion, y que en su Précis du système hiéroglyphique de 1824 el desciframiento dejó de ser una colección de aciertos para ser una ciencia con método. La confirmación vino después de su muerte temprana, en 1832: el decreto de Canopo, otra estela trilingüe datada en 238 a. C. y conocida por una copia de Tanis, fue leído en 1866 por Karl Richard Lepsius con el sistema de Champollion y los resultados casaron signo a signo con el griego, lo que cerró la discusión ante la comunidad. El procedimiento probado en Rosetta se convirtió en el molde de los desciframientos posteriores —el cuneiforme de Behistún que Henry Rawlinson copió colgado de un acantilado en los años cuarenta, el lineal B de Michael Ventris en 1952, los glifos mayas tras Yuri Knórosov—: buscar textos paralelos, aislar los nombres propios, comprobar la hipótesis fonética donde el sistema no la espera.

La objeción más honda no es la de la prioridad sino la del marco: el desciframiento devolvió a Egipto tres mil años de historia legible y, al mismo tiempo, la egiptología nació como una disciplina europea practicada sobre materiales extraídos en contexto colonial, con los egipcios —que conservaban la llave del copto en sus iglesias— como auxiliares y no como interlocutores. La lectura de la piedra fue una conquista de la escritura y también una anexión del pasado.

Retrato pintado de un hombre joven de pelo rizado con un abrigo con cuello de piel, sosteniendo un documento
Fig. 3 Champollion en 1831, retratado por Léon Cogniet el año de su nombramiento como primer catedrático de egiptología del Collège de France. Murió al año siguiente, a los cuarenta y uno. En la mano lleva sus tablas: el oficio que fundó consiste en eso, en ordenar signos hasta que la escritura muerta vuelve a hablar.Léon Cogniet · 1831 · Dominio público · Wikimedia Commons

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