Las pirámides ecológicas son la manera de dibujar cuánta vida hay en cada escalón de una cadena alimentaria. Abajo, las plantas; encima, los que comen plantas; encima, los que comen a los que comen plantas; y así hasta arriba. Cada piso es más estrecho que el de debajo, y mucho: en una sabana hay miles de toneladas de hierba, cientos de toneladas de antílopes y unas cuantas toneladas de leones. La pirámide explica por qué los depredadores son siempre pocos, por qué las cadenas alimentarias son cortas y por qué comer carne alimenta a menos gente que comer cereales.
La idea es de Charles Elton, un ecólogo inglés que en 1927, con 26 años, escribió el libro que fundó la ecología animal a partir de lo que había visto en Spitsbergen, en el Ártico, donde la cadena es corta y se ve entera: las plantas, los insectos y los ratones que las comen, los zorros que comen ratones. Notó que en cada paso los animales eran más grandes y más escasos, y lo llamó la pirámide de números. Un roble tiene millones de pulgones, cientos de mariquitas que comen pulgones y unas pocas aves que comen mariquitas.
Contar individuos engaña, porque un roble es uno y los pulgones millones, y la pirámide sale al revés. Es mejor pesar. La pirámide de biomasa pone en cada nivel los kilos de materia viva, y casi siempre tiene la forma correcta: en un bosque hay muchísimas más toneladas de árbol que de ciervo, y más de ciervo que de lobo. En el mar a veces se invierte, porque el plancton que hace de planta pesa menos en un momento dado que los animales que lo comen; la trampa es que el plancton se reproduce tan deprisa que en un año produce mucho más de lo que pesa en cualquier instante. Lo que nunca se invierte es la pirámide de energía, que mide cuánta energía pasa por cada nivel en un año.
La regla es que se pierde alrededor del noventa por ciento en cada escalón. Raymond Lindeman la midió en 1942 en un lago de Minnesota, siguiendo la energía del sol a las algas, de las algas a los animalillos que las comen y de estos a los peces. De cien unidades de energía que fijan las plantas, los herbívoros solo incorporan unas diez a su propio cuerpo; el resto no se lo comen, o no lo digieren, o lo gastan en respirar, moverse y mantenerse calientes. De esas diez, los carnívoros incorporan una. Por eso las cadenas rara vez tienen más de cuatro o cinco eslabones: a la quinta vuelta no queda energía para mantener una población.
La regla tiene consecuencias prácticas. Una hectárea de trigo alimenta a unas veinte personas si se comen el trigo, y a dos si se lo dan a las vacas y se comen las vacas. Los animales de sangre caliente son peores conversores que los de sangre fría, porque gastan en calentarse: una vaca convierte en carne el tres por ciento de lo que come, un pez de piscifactoría el quince. Y las sustancias que no se eliminan, el mercurio, los pesticidas, se concentran en cada paso en vez de perderse, en la bioacumulación, así que el atún y el pez espada, arriba de la pirámide del mar, llevan mil veces más mercurio que el agua en que nadan.
Pesar toda la vida de la Tierra se hizo por primera vez en 2018, y la pirámide global es reveladora. Las plantas son el ochenta por ciento de toda la biomasa; las bacterias el trece; todos los animales juntos, menos del medio por ciento, y de ellos la mayor parte son artrópodos y peces. Los seres humanos somos una centésima parte de un uno por ciento, y sin embargo pesamos diez veces más que todos los mamíferos salvajes juntos, y nuestro ganado pesa catorce veces más que ellos. La pirámide de Elton, dibujada para un archipiélago ártico, resultó ser también el retrato de lo que hemos hecho con el planeta.
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