Los productores y los descomponedores son los dos extremos de todo ecosistema: los que fabrican la materia viva a partir de lo que no está vivo, y los que la deshacen y la devuelven. Entre ellos están los consumidores, los animales que comen plantas y los que comen animales, que son lo que más se ve y lo que menos pesa. Sin productores no habría nada que comer; sin descomponedores, todo lo que muere se quedaría ahí para siempre y los elementos necesarios para la vida se agotarían en unas décadas.
Los productores fabrican azúcar con luz, agua y dióxido de carbono, en la fotosíntesis. Son las plantas en la tierra y las algas y el plancton en el mar, más algunas bacterias. Se llaman también autótrofos, que se alimentan a sí mismos, y todo lo demás vive de ellos: de la energía que capturan y de la materia que construyen. Cada año fijan unos cien mil millones de toneladas de carbono, la mitad en tierra y la mitad en el océano, y de esa cantidad depende cuántos animales caben en el mundo. Hay productores que no usan la luz: en el fondo del mar, junto a las fuentes de agua caliente, unas bacterias sacan energía del azufre de las fumarolas, y de ellas viven gusanos, almejas y cangrejos que nunca han visto el sol.
Los descomponedores viven de lo muerto. Son sobre todo los hongos y las bacterias, y también los gusanos, los ácaros, las cochinillas y los escarabajos que trocean la hojarasca y la carroña para que los microbios terminen el trabajo. Convierten la madera, las hojas, los cadáveres y los excrementos en dióxido de carbono, agua y sales minerales, que vuelven al aire y al suelo y quedan otra vez disponibles para los productores. El nitrógeno de la proteína de un ciervo muerto está en unos meses en la hierba del prado, y el carbono de un tronco caído tarda unas décadas en volver al aire. Cada uno de los ciclos de la materia pasa por ellos.
Son la mayor parte de lo que se come en la naturaleza. De toda la materia que producen las plantas, los herbívoros solo comen alrededor de un diez por ciento; el resto cae al suelo y va a los descomponedores. Un bosque templado produce al año unas cuatro toneladas de hojarasca por hectárea, y un gramo de ese suelo tiene mil millones de bacterias y kilómetros de hilos de hongo. Raymond Lindeman, que murió a los 27 años, describió en 1942 cómo la energía fluye de un nivel a otro de un lago y se pierde en gran parte por el camino, y mostró que los descomponedores no eran el final de la cadena sino su vuelta al principio.
Los hongos hacen lo que nadie más puede. La madera está hecha de celulosa envuelta en lignina, y la lignina es tan resistente que durante sesenta millones de años, en el Carbonífero, los árboles caían y no se descomponían, se acumulaban y se convertían en carbón, hasta que unos hongos evolucionaron las enzimas para romperla. Desde entonces no se forma carbón. Los hongos que se ven en un tronco caído, la parte que asoma, son el fruto de una red de hilos que ha llenado la madera por dentro y la está convirtiendo en suelo.
Cuando los descomponedores no llegan, las cosas se conservan. En las turberas, sin oxígeno y con el agua ácida, los cadáveres de hace dos mil años aparecen con la piel intacta, y en el fondo de los lagos profundos y en el permafrost lo mismo. El permafrost del Ártico guarda así la materia vegetal de miles de años, el doble de carbono del que hay en la atmósfera; al calentarse y descongelarse, los descomponedores empiezan a trabajar y lo devuelven en forma de dióxido de carbono y metano. Los descomponedores son también los que hacen el compost del huerto, el queso, el pan y el vino, y los que se encargan, con más eficacia de la que nos gusta pensar, de cada uno de nosotros.
La cadena alimentaria – Los hongos – Las bacterias – El ciclo del carbono – El suelo y los seres vivos
Fuentes
- Raymond L. LindemanThe Trophic-Dynamic Aspect of EcologyEcology 23 (4)1942enlace
- Michael J. Swift, Oliver W. Heal y Jonathan M. AndersonDecomposition in Terrestrial EcosystemsUniversity of California Press, Berkeley1979
- Michael Begon, Colin R. Townsend y John L. HarperEcology: From Individuals to EcosystemsBlackwell, Oxford, 4.ª edición2006