Una especie se extingue cuando muere su último individuo. Es lo normal: de todas las especies que han existido, más del noventa y nueve por ciento ya no están, y una especie de animal dura de media unos pocos millones de años antes de desaparecer o convertirse en otra. Ese goteo constante se llama extinción de fondo. Lo que no es normal es que desaparezcan muchas de golpe, y eso ha pasado, al menos, cinco veces.
Que las especies pudieran desaparecer no se aceptó hasta 1800. Se creía que la creación era completa y fija, y que un animal que solo se conocía por sus huesos tenía que estar vivo en algún sitio sin explorar. Georges Cuvier demostró en París que los mamuts y los mastodontes no eran elefantes, y que ningún animal así vivía ya en ninguna parte. Los fósiles pasaron a ser un registro de mundos perdidos.

En el registro fósil se ven cinco momentos en que desapareció más de la mitad de las especies en poco tiempo. La peor fue hace 252 millones de años, al final del Pérmico, cuando unas erupciones volcánicas gigantescas en Siberia llenaron el aire de dióxido de carbono, calentaron y acidificaron el mar y acabaron con el noventa por ciento de las especies marinas. La más famosa es la de hace 66 millones, cuando un asteroide de diez kilómetros cayó en lo que hoy es Yucatán, oscureció el cielo durante años y se llevó a los dinosaurios, salvo a las aves. Después de cada una, la vida tardó millones de años en recuperar la diversidad, y los que se recuperaron eran otros: sin el asteroide, los mamíferos seguirían siendo pequeños y nocturnos.
Las extinciones más recientes tienen otra causa. El dodo, un ave grande y sin miedo de la isla Mauricio, fue descubierto por los marineros en 1598 y el último se vio hacia 1662: lo mataron a palos, y los cerdos y las ratas de los barcos se comieron sus huevos. La paloma migratoria era el ave más numerosa de Norteamérica, con bandadas de miles de millones que tardaban días en pasar; en el siglo XIX se cazó por millones para vender como carne barata, y en 1914 murió en el zoo de Cincinnati la última, que se llamaba Martha. Desde 1500 se han documentado unas novecientas extinciones, y las verdaderas son muchas más, porque casi todas las especies desaparecen sin que nadie las haya descrito.

El ritmo actual es lo que preocupa. Las especies de vertebrados están desapareciendo entre cien y mil veces más rápido que la tasa de fondo, y una de cada cuatro de mamíferos, una de cada tres de anfibios y casi una de cada dos de los corales está amenazada. Las causas son conocidas y todas humanas: la destrucción de bosques y humedales, la caza y la pesca en exceso, las especies invasoras que llevamos de un continente a otro, la contaminación y el cambio climático. Muchos biólogos hablan ya de la sexta extinción masiva, la primera causada por una sola especie.
Se puede frenar. El bisonte americano, el lince ibérico, la ballena jorobada, el cóndor de California y el águila calva estaban a un paso de desaparecer y se han recuperado con protección, cría y prohibición de caza. Cada uno costó décadas. Lo que no se puede es deshacer: una especie extinguida no vuelve, y con ella se va todo lo que solo ella hacía.
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Fuentes
- David M. Raup y J. John SepkoskiMass Extinctions in the Marine Fossil RecordScience 215 (4539)1982enlace
- Gerardo Ceballos y otrosAccelerated Modern Human-Induced Species Losses: Entering the Sixth Mass ExtinctionScience Advances 1 (5)2015enlace
- Elizabeth KolbertThe Sixth Extinction: An Unnatural HistoryHenry Holt, Nueva York2014