La toma de decisiones es el proceso por el que se elige una acción entre varias posibles a partir de la información disponible, y su estudio tiene dos ramas que conviene no confundir: la que dice cómo debería decidirse (la teoría normativa) y la que observa cómo se decide de hecho (la descriptiva). Casi todo lo que se publica sobre decidir mejor vive en la distancia entre ambas.
La rama normativa quedó fijada en 1944, cuando John von Neumann y Oskar Morgenstern demostraron que quien cumple unos pocos axiomas de coherencia se comporta como si maximizara una utilidad esperada: cada opción vale lo que valen sus resultados, ponderados por su probabilidad. Leonard Savage extendió el modelo en 1954 a probabilidades subjetivas. Es una teoría elegante y exigente, y su primer crítico serio no fue un psicólogo sino un economista. Herbert Simon sostuvo en 1955 que nadie decide así porque nadie puede: la información es costosa, la capacidad de cálculo es limitada y el tiempo se acaba, de modo que la persona real no optimiza sino que se conforma con la primera opción que supera un umbral aceptable. Simon lo llamó racionalidad limitada, y a la estrategia, satisficing. Recibió por ello el Nobel de Economía de 1978.
La rama descriptiva midió después cuánto se aleja la conducta del modelo. Daniel Kahneman y Amos Tversky publicaron en 1979 la teoría de las perspectivas, según la cual las personas valoran ganancias y pérdidas respecto a un punto de referencia y no estados finales de riqueza, sienten una pérdida con más intensidad que una ganancia del mismo tamaño y distorsionan las probabilidades pequeñas. De ese programa salen los sesgos que llenan los manuales, el efecto anclaje entre ellos, y también su límite: un sesgo describe una desviación sistemática respecto al modelo normativo, y ese modelo no siempre es el patrón adecuado.
Esa es la objeción de Gerd Gigerenzer, que desde los años noventa defiende que muchas heurísticas rápidas no son errores sino herramientas ajustadas a un entorno: con poca información y tiempo escaso, una regla simple predice a veces mejor que un cálculo completo, porque no se sobreajusta al ruido. Gary Klein llegó a algo parecido por otro camino, estudiando a jefes de bomberos en el trabajo: no comparaban opciones, reconocían la situación y ejecutaban la primera respuesta que les venía, corrigiéndola sobre la marcha. Kahneman y Klein firmaron juntos en 2009 un artículo que delimita cuándo fiarse de esa intuición: cuando el entorno es regular y la práctica ha dado una retroalimentación rápida e inequívoca. Los bomberos y los anestesistas cumplen la condición; los analistas de bolsa y los seleccionadores de personal, según los datos que ambos autores repasan, no.
Dos distinciones evitan la mayoría de los malentendidos. La primera es que una buena decisión no es la que sale bien, sino la que estaba bien tomada con lo que se sabía; juzgar decisiones por resultados premia la suerte y castiga la prudencia. La segunda es que los remedios que funcionan son casi siempre de procedimiento y no de voluntad: fijar criterios antes de ver las opciones, separar a quien evalúa de quien propuso, y sacar de la cuenta lo que no depende de la elección, que es exactamente lo que trata la falacia del coste hundido. Saber que un sesgo existe no lo desactiva; cambiar el procedimiento, a veces sí.
Efecto anclaje – Falacia del coste hundido – Matriz de decisión – Navaja de Occam – Probabilidad (definición y concepto)




