El descubrimiento de la penicilina

Fleming vio el moho en 1928, pero la penicilina tardó quince años en curar a nadie. La historia completa: la placa, el olvido, Oxford y las fábricas.

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El descubrimiento de la penicilina suele contarse en una sola escena: en septiembre de 1928, Alexander Fleming vuelve de vacaciones a su laboratorio de Londres, encuentra una placa de bacterias contaminada por un moho y observa que alrededor del moho las bacterias han muerto. La escena es cierta, pero es solo el principio. Entre esa placa y el primer paciente curado pasaron más de doce años, hizo falta un equipo distinto en otra ciudad, y la producción a gran escala se resolvió en Estados Unidos en plena guerra. La historia completa es más interesante que la leyenda, y más justa con quienes la hicieron posible.

Fleming era bacteriólogo en el hospital de St Mary, en Londres. Tenía fama de buen observador y de laboratorio desordenado. A comienzos de septiembre de 1928, al volver de un mes de vacaciones, revisó unas placas de cultivo de estafilococos, las bacterias que causan forúnculos e infecciones de heridas, que había dejado sobre la mesa. En una de ellas había crecido una colonia de moho, y a su alrededor las colonias de bacterias se habían vuelto transparentes, como disueltas. Fleming no tiró la placa. Cultivó el moho, que resultó ser un Penicillium, y comprobó que el caldo en el que crecía mataba muchas bacterias, aunque no todas. Llamó a esa sustancia penicilina.

La casualidad tuvo más capas de las que se cuentan. El moho probablemente subió desde un laboratorio de micología del piso de abajo, donde se trabajaba con hongos. Y según la reconstrucción que hizo años después Ronald Hare, un colega, el tiempo de aquel verano en Londres, con unos días frescos seguidos de otros cálidos, favoreció que el moho creciera primero y las bacterias después, que es justo lo que hace falta para ver el efecto. Es un caso de manual de serendipia: un accidente que solo sirve si alguien preparado lo sabe mirar. El propio Fleming lo dijo años más tarde: no inventó la penicilina, la naturaleza la hizo; él solo la encontró por casualidad.

Fotografía en blanco y negro de un hombre mayor con bata blanca sentado a una mesa de laboratorio llena de tubos y frascos, junto a una ventana grande
Fig. 1 Alexander Fleming en su laboratorio del hospital de St Mary, en Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Para entonces ya era famoso, aunque la penicilina que se usaba en los frentes la habían convertido en medicamento otros.Fotógrafo del Ministerio de Información británico · Dominio público · Wikimedia Commons

Fleming publicó sus resultados en 1929. Pero luego, durante una década, la penicilina casi no avanzó. La sustancia era inestable, se degradaba en pocos días y Fleming, que no era químico, no consiguió purificarla. Hizo algunas pruebas tímidas aplicándola sobre heridas infectadas, sin resultados claros, y nunca hizo el experimento decisivo: inyectarla en un animal infectado para ver si lo curaba. Acabó usándola sobre todo como herramienta de laboratorio, para eliminar ciertas bacterias de los cultivos y aislar otras. El artículo quedó en las bibliotecas.

La historia se reanudó en Oxford, en 1939. El patólogo australiano Howard Florey y el bioquímico Ernst Chain, un refugiado judío alemán, buscaban sustancias antibacterianas naturales y encontraron el artículo de Fleming. Con ellos trabajaba Norman Heatley, un bioquímico con un talento enorme para improvisar aparatos, que ideó métodos para extraer y concentrar la penicilina usando bañeras, bacinillas de hospital y piezas de todo tipo. Por la guerra no había material. El laboratorio llegó a contratar a varias mujeres jóvenes, a las que se llamó «las chicas de la penicilina», para atender los cultivos.

El 25 de mayo de 1940 hicieron el experimento que Fleming no había hecho. Infectaron a ocho ratones con una dosis letal de estreptococos y trataron a cuatro con penicilina. Al día siguiente, los cuatro sin tratar habían muerto y los tratados seguían vivos. Publicaron los resultados en The Lancet en agosto. En febrero de 1941 trataron al primer paciente humano, Albert Alexander, un policía de Oxford con una infección gravísima que había empezado con un arañazo. Mejoró de forma espectacular en pocos días, pero la penicilina se acabó. Llegaron a recuperarla de su orina para reutilizarla. No bastó, y murió semanas después. Había funcionado; lo que faltaba era cantidad.

Cartel de la Segunda Guerra Mundial con letras grandes que dicen Penicillin saves soldiers' lives, la ilustración de un soldado herido atendido por un sanitario y un texto que anima a los trabajadores a esforzarse
Fig. 2 Cartel estadounidense de la Segunda Guerra Mundial: «La penicilina salva vidas de soldados». Iba dirigido a los obreros que construían las plantas de fermentación, y les recordaba que cada minuto ahorrado era una vida.Gobierno de Estados Unidos · 1941 · Dominio público · Wikimedia Commons

Ese problema se resolvió en Estados Unidos. En 1941 Florey y Heatley cruzaron el Atlántico y encontraron ayuda en un laboratorio del Departamento de Agricultura en Peoria, Illinois, especializado en fermentaciones. Allí se descubrió que el moho crecía mucho mejor en un caldo enriquecido con el líquido sobrante de la industria del maíz, y se empezó a cultivar en grandes tanques en lugar de en botellas. Se buscaron cepas más productivas por todas partes, y la mejor apareció en un melón mohoso de un mercado de la propia Peoria. Las empresas farmacéuticas, coordinadas por el gobierno, multiplicaron la producción por miles. Para el desembarco de Normandía, en junio de 1944, había penicilina suficiente para tratar a todos los heridos aliados.

En 1945 el premio Nobel de Medicina fue para Fleming, Florey y Chain. Heatley quedó fuera, y no recibió un reconocimiento importante hasta que Oxford le concedió en 1990 un doctorado honoris causa en Medicina, el primero de ese tipo en los ochocientos años de historia de la universidad. La prensa, sin embargo, ya había elegido a su héroe: Fleming, el descubridor del moho milagroso, mucho más fácil de contar que un equipo de Oxford y un laboratorio de Illinois. Florey, que detestaba la publicidad, nunca hizo nada por corregirlo.

Hay un detalle final que hoy suena profético. En su conferencia del Nobel, en diciembre de 1945, Fleming advirtió de que las bacterias podían volverse resistentes a la penicilina si se usaba en dosis insuficientes, y de que algún día alguien la tomaría sin control y crearía microbios inmunes a ella. Tenía toda la razón. La resistencia a los antibióticos es hoy uno de los grandes problemas de la medicina, y la penicilina, que inauguró la era de los antibióticos, fue también la primera en mostrar sus límites.

Los antibióticos – La resistencia a los antibióticos – Serendipia – La vacuna de Jenner – Las vacunas

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Fuentes

  1. Alexander FlemingOn the Antibacterial Action of Cultures of a Penicillium, with Special Reference to Their Use in the Isolation of B. influenzæBritish Journal of Experimental Pathology 10 (3)1929
  2. Ernst Chain, Howard Florey et al.Penicillin as a Chemotherapeutic AgentThe Lancet 236 (6104)1940
  3. Ronald HareThe Birth of Penicillin and the Disarming of MicrobesGeorge Allen & Unwin, Londres1970
  4. Gwyn MacfarlaneAlexander Fleming: The Man and the MythChatto & Windus, Londres1984
  5. Alexander FlemingPenicillin (conferencia Nobel, 11 de diciembre de 1945)Fundación Nobel, Estocolmo1945
Sarasola, Josemari (2025). "El descubrimiento de la penicilina". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-descubrimiento-de-la-penicilina/

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