Una enfermedad genética es la que se debe a un error en el ADN que la persona lleva desde que se formó. A veces es una sola letra cambiada entre tres mil millones; a veces falta un trozo de cromosoma, o hay un cromosoma de más. Se conocen unas siete mil, casi todas raras, pero juntas afectan a una de cada veinte personas, y son la principal causa de muerte infantil en los países donde las infecciones ya no lo son. Muchas son hereditarias; otras aparecen por una mutación nueva en el óvulo o el espermatozoide, y el niño es el primero de su familia en tenerla.
La primera se entendió en 1902. Archibald Garrod estudió a unas familias cuyos bebés manchaban los pañales de negro: la orina se oscurecía al aire por una sustancia que el cuerpo no conseguía descomponer. Garrod vio que aparecía en varios hermanos de padres sanos, a menudo primos entre sí, y que seguía las leyes de Mendel recién redescubiertas como un carácter recesivo. Propuso que a esas personas les faltaba una enzima, y que un gen era, en el fondo, la receta de una enzima. Tenía razón en todo, cuarenta años antes de que se supiera qué era un gen.
Que un gen roto cambie una proteína lo demostró Linus Pauling en 1949 con la anemia falciforme, la enfermedad en la que los glóbulos rojos se deforman en hoz y atascan los vasos. Comparó la hemoglobina de enfermos y sanos y vio que se movía distinto en un campo eléctrico: era una molécula diferente. Más tarde se supo que la diferencia es un solo aminoácido de 574, por una sola letra cambiada. Una letra, una proteína torcida, una vida de dolor y transfusiones.
Cómo se hereda depende de dónde esté el gen y de si basta una copia rota. En una enfermedad dominante, una copia alterada basta: quien la lleva está enfermo, y cada hijo tiene una probabilidad del cincuenta por ciento de heredarla. Así son la enfermedad de Huntington, que destruye el cerebro a partir de los cuarenta años, y la acondroplasia, la forma más común de enanismo. En una recesiva hacen falta las dos copias rotas: los padres, con una copia sana y otra rota, están sanos y no lo saben, y cada hijo tiene una probabilidad de un cuarto. La fibrosis quística, la anemia falciforme y la fenilcetonuria son recesivas, y por eso son más frecuentes donde los padres están emparentados. Y las ligadas al X, como la hemofilia o el daltonismo, las transmiten las madres y las padecen sobre todo los hijos varones, que solo tienen un X.
Otras no están en un gen sino en un cromosoma entero. El síndrome de Down es un cromosoma 21 de más, y no se hereda: ocurre en el reparto de la meiosis, con más frecuencia cuanto mayor es la madre. Y la mayoría de las enfermedades comunes, la diabetes, el asma, la hipertensión, la esquizofrenia, tienen componente genético pero no un gen: son cientos de variantes, cada una con un efecto diminuto, sumadas a lo que la persona come, respira y vive. Ahí la genética da una probabilidad, no un destino.
Que la mutación de la anemia falciforme sea tan común en África tiene explicación: quien tiene una sola copia está protegido contra la malaria. Es la selección natural manteniendo un gen que en doble dosis mata porque en dosis simple salva. Hoy muchas enfermedades genéticas se detectan al nacer con una gota de sangre del talón, y la fenilcetonuria, que causaba retraso mental grave, se evita del todo con una dieta desde el primer mes. Unas pocas empiezan a curarse cambiando el gen, con terapia génica o con CRISPR. La mayoría siguen esperando.
Las mutaciones – Las leyes de Mendel – La herencia ligada al sexo – El cariotipo y el síndrome de Down – CRISPR y la edición genética
Fuentes
- Archibald E. GarrodThe Incidence of Alkaptonuria: a Study in Chemical IndividualityThe Lancet 160 (4137)1902enlace
- Linus Pauling, Harvey A. Itano, S. J. Singer e Ibert C. WellsSickle Cell Anemia, a Molecular DiseaseScience 110 (2865)1949enlace
- Robert L. Nussbaum, Roderick R. McInnes y Huntington F. WillardThompson & Thompson Genetics in MedicineElsevier, Filadelfia, 8.ª edición2016