Hay dos maneras de hacer un ser vivo nuevo. En la reproducción asexual, un solo individuo produce copias de sí mismo, con su mismo ADN: así se dividen las bacterias, así rebrota una fresa de un estolón, así saca brotes una hidra y así paren los pulgones hijas sin haber visto un macho. En la reproducción sexual, dos individuos juntan cada uno la mitad de sus genes en una célula nueva, y el hijo es distinto de los dos. Casi todos los animales y plantas que se ven a simple vista usan la segunda, y explicar por qué ha sido uno de los problemas más difíciles de la biología.
Porque, mirada fría, la asexual gana. Es más rápida: una bacteria se divide cada veinte minutos y en un día, si nada la frenara, sería una masa mayor que la Tierra. No hay que buscar pareja, ni cortejarla, ni pelear por ella, ni arriesgarse a no encontrarla. No hace falta fabricar machos, que en la mayoría de las especies no paren; una población asexual de hembras produce el doble de crías que una sexual con la mitad de machos. Y cada hija hereda el genoma entero de la madre, probado y funcionando, en vez de una mezcla al azar que puede salir peor. John Maynard Smith llamó a esto el doble coste del sexo, y calculó que una mutante asexual en una especie sexual debería invadirla en pocas generaciones. No lo hace, casi nunca, y por algo será.
La asexual toma muchas formas. La división en dos de las bacterias y los protozoos. La gemación de las levaduras y las hidras, que sacan un brote que se desprende. La fragmentación de las estrellas de mar y los gusanos, en los que un trozo regenera el animal entero. La reproducción vegetativa de las plantas, que echan raíces de un tallo, brotes de una raíz, bulbos, tubérculos, y que permite a un bosque de chopos ser un solo individuo de miles de troncos y decenas de miles de años. Y la partenogénesis, huevos que se desarrollan sin fecundar: la hacen los pulgones en verano, las abejas para producir machos, algunos lagartos de los que no existen machos, y de vez en cuando un tiburón o un dragón de Komodo en un acuario sin compañía.
La sexual se reduce siempre a lo mismo: la meiosis, que fabrica células con la mitad de los cromosomas y baraja los de los dos padres, y la fecundación, que junta dos de esas células. Lo que produce es variedad: cada hijo lleva una combinación de genes que nunca ha existido antes. Y ahí está la respuesta a por qué compensa. Una población de clones es una población de una sola apuesta; si el ambiente cambia o llega un parásito nuevo que rompe esa apuesta, mueren todos. Una población sexual tiene millones de apuestas distintas, y alguna sale bien. Los parásitos, que evolucionan mucho más deprisa que sus huéspedes, son probablemente la razón principal: el sexo es la manera de que los hijos no sean el blanco al que el parásito ya se había ajustado en los padres. La hipótesis de la Reina Roja, la carrera para quedarse en el mismo sitio, tiene aquí su mejor apoyo.
El sexo también limpia. En una población asexual, una mutación mala que aparece se queda para siempre en esa línea, y se van acumulando; en una sexual, la mezcla junta en algunos hijos varias mutaciones malas, que mueren, y en otros ninguna, que prosperan. Y junta lo bueno: dos mutaciones útiles que aparecieron en individuos distintos pueden acabar en un mismo nieto. Matthew Goddard demostró en 2005 con levaduras, que pueden hacer las dos cosas, que las sexuales se adaptaban a un ambiente duro mucho más deprisa que las asexuales.
Muchos organismos hacen las dos. El pulgón clona en verano, cuando todo va bien y hay que crecer deprisa, y tiene sexo en otoño, antes de que llegue el invierno con sus incógnitas. Las plantas, los hongos, los corales y las levaduras se copian cuando el ambiente es bueno y se mezclan cuando no. Los que son solo asexuales, como algunos pequeños animales de agua dulce, existen desde hace millones de años y desconciertan; el resto, en el largo plazo, se extingue. El sexo, con todo su coste, es el seguro que la vida ha decidido pagar casi siempre.
La meiosis – La clonación – Los parásitos – La reproducción humana – Los genes y los alelos
Fuentes
- John Maynard SmithThe Evolution of SexCambridge University Press, Cambridge1978
- Graham BellThe Masterpiece of Nature: The Evolution and Genetics of SexualityUniversity of California Press, Berkeley1982
- Matthew R. Goddard, H. Charles J. Godfray y Austin BurtSex increases the efficacy of natural selection in experimental yeast populationsNature 4342005enlace