La apoptosis es la muerte de una célula por decisión propia, ordenada y limpia. No es un accidente: la célula recibe una señal, o detecta que algo va mal en ella, y pone en marcha un programa que la desmonta en menos de una hora sin dañar a las vecinas. Se encoge, empaqueta su ADN en trozos, se rompe en pequeñas burbujas cerradas y los glóbulos blancos se las comen. Comparada con la otra manera de morir, la necrosis, en la que la célula se hincha, estalla y derrama su contenido provocando inflamación, la apoptosis es un suicidio discreto.
Cada día mueren así en una persona adulta entre cincuenta y setenta mil millones de células, más o menos las que nacen. Es la mitad del equilibrio: un tejido se mantiene igual porque las divisiones y las muertes se compensan, y el ciclo celular y la apoptosis son los dos platillos de la balanza. Sin ella, un intestino que produce células nuevas cada cinco días se llenaría en semanas.
Pero la apoptosis no solo elimina lo sobrante; también construye. Las manos de un embrión humano empiezan siendo palas, y los dedos aparecen porque las células de entre medias se suicidan en la séptima semana. Un renacuajo pierde la cola por apoptosis cuando se convierte en rana. El cerebro de un feto fabrica el doble de neuronas de las que va a tener, y la mitad se elimina porque no consiguieron conectar con nadie. El sistema inmunitario produce millones de linfocitos y mata al noventa por ciento porque reconocen las propias células del cuerpo; los que fallan en morir causan enfermedades autoinmunes.
El nombre lo pusieron en 1972 tres patólogos, Kerr, Wyllie y Currie, que mirando tejidos al microscopio electrónico vieron células muertas de dos maneras distintas y llamaron a la ordenada con la palabra griega para la caída de las hojas. Cómo funciona se descubrió en un gusano de un milímetro. Robert Horvitz siguió el destino de cada célula de Caenorhabditis elegans, que tiene 1.090 al desarrollarse y 959 de adulto: siempre mueren las mismas 131, en el mismo momento, y encontró los genes que las matan y los que las protegen. Los genes humanos equivalentes hacen exactamente lo mismo, y aquello fue un Nobel en 2002.
La maquinaria es una cadena de enzimas llamadas caspasas, que están en toda célula en forma inactiva, como cargas listas para detonar. Se activan por dos caminos. Desde fuera, cuando una célula vecina o un linfocito le presenta una señal de muerte en la membrana. Desde dentro, cuando las mitocondrias dejan escapar una proteína que normalmente tienen guardada, algo que ocurre si el ADN está muy dañado, si falta oxígeno o si la célula ha perdido las señales de supervivencia que sus vecinas le mandan sin parar. Una célula normal necesita que le digan cada día que siga viva; si nadie se lo dice, se mata. Así se elimina lo que se ha quedado fuera de sitio.
El cáncer es, en parte, apoptosis que no ocurre. Una de las primeras cosas que aprende un tumor es a desactivar sus caspasas o a fabricar de más las proteínas que las frenan, y así sobrevive a daños que matarían a una célula sana, incluida la quimioterapia. Al revés, mucha muerte de la que no toca es enfermedad: en el infarto y el ictus, las células que no mueren de golpe por falta de oxígeno se suicidan en las horas siguientes, y en el alzhéimer y el párkinson las neuronas se van por apoptosis a lo largo de años. Frenarla o provocarla a voluntad es uno de los objetivos de la medicina actual.
El ciclo celular – Las mitocondrias – El cáncer – El sistema inmunitario – La diferenciación celular
Fuentes
- John F. R. Kerr, Andrew H. Wyllie y Alastair R. CurrieApoptosis: A Basic Biological Phenomenon with Wide-ranging Implications in Tissue KineticsBritish Journal of Cancer 26 (4)1972enlace
- Hilary M. Ellis y H. Robert HorvitzGenetic control of programmed cell death in the nematode C. elegansCell 44 (6)1986enlace
- Bruce Alberts y otrosMolecular Biology of the CellW. W. Norton, Nueva York, 7.ª edición2022