Pocas ideas sobre la historia económica del siglo XX se repiten tanto como esta: la hiperinflación alemana de 1923 arruinó a la clase media, la dejó resentida contra la república y la echó en brazos de Hitler. Se usa en debates sobre bancos centrales, en columnas de opinión y en clases de bachillerato, casi siempre como advertencia contra imprimir dinero. La relación existe, pero es mucho más indirecta de lo que sugiere la frase. Si se miran las fechas y los votos, el nazismo creció de verdad en otra crisis, la de 1930 a 1932, que fue de signo contrario: no de inflación, sino de deflación, paro y quiebras bancarias.
Empecemos por las fechas. La hiperinflación tocó su punto más alto en octubre y noviembre de 1923, cuando los precios se multiplicaban por casi trescientos en un mes. Hitler intentó aprovecharla: el 8 y el 9 de noviembre de 1923 lanzó el putsch de Múnich, que fracasó en menos de un día y lo llevó a la cárcel. Una semana después se introdujo el Rentenmark, y la inflación se cortó en seco. En las elecciones de mayo de 1924, con el recuerdo muy fresco, la lista en la que se presentaban los nazis sacó el 6,5 %. En las de diciembre de ese año bajó al 3 %, y en 1928 el partido obtuvo el 2,6 %. Cinco años después de la hiperinflación, el nazismo era un grupo marginal.

El salto llegó después. En septiembre de 1930 el partido nazi pasó del 2,6 % al 18,3 % y se convirtió en la segunda fuerza del Reichstag; en julio de 1932 alcanzó el 37,3 %, su máximo en elecciones libres. Entre medias, Alemania vivió la Gran Depresión con una dureza especial. El canciller Heinrich Brüning, en el cargo desde marzo de 1930, gobernó a golpe de decreto de emergencia con una política de austeridad: recortó salarios públicos, subsidios y prestaciones, subió impuestos y dejó caer los precios. El paro registrado pasó de seis millones a comienzos de 1932. En julio de 1931 quebró el Danatbank, uno de los grandes bancos del país, y el pánico obligó a cerrar todos los bancos durante días.

Dos estudios recientes han medido esa coincidencia distrito por distrito. Gregori Galofré-Vilà y sus colegas cruzaron los datos de voto de unos mil distritos y cien ciudades en las cuatro elecciones de 1930 a 1933 con la intensidad de los recortes que sufrió cada lugar, y encontraron que donde la austeridad fue más dura el voto nazi creció más, y la mortalidad también. Sebastian Doerr, Hans-Joachim Voth y otros estudiaron la quiebra del Danatbank con datos de sucursales y de las empresas que dependían de ese banco, y hallaron que el voto nazi subió más en las ciudades más expuestas a su caída, sobre todo donde había una tradición antisemita previa. En los dos casos, la crisis que radicaliza es la de los primeros años treinta.
Nada de esto significa que 1923 no importara. La hiperinflación destruyó los ahorros, los bonos del Estado y las pensiones de millones de personas de clase media, mientras los que tenían deudas y bienes reales salían ganando, y el historiador Gerald Feldman ha descrito bien la amargura que dejó. En 1925 una ley de revalorización devolvió a los acreedores hipotecarios una cuarta parte de lo perdido y a los tenedores de deuda pública bastante menos, y muchos lo vivieron como una estafa del propio Estado. Pero, como mostró Thomas Childers en su estudio del votante nazi, a finales de los años veinte ese resentimiento se canalizó primero hacia pequeños partidos de intereses, de ahorradores, de comerciantes o de propietarios. Fue a partir de 1930, con la depresión, cuando esos votantes se pasaron en masa al nazismo.
El vínculo más sólido entre las dos crisis es otro, y pasa por la política económica. El miedo a repetir 1923 pesó sobre las decisiones de Brüning y de quienes le rodeaban: devaluar o financiar un programa de obras con déficit sonaba a volver a la imprenta, y los tratados de reparaciones y el patrón oro limitaban además el margen de maniobra. El historiador Knut Borchardt sostuvo en 1979 que Brüning apenas tenía alternativas; otros le han respondido que sí las tenía y que eligió la deflación, entre otras cosas, para demostrar que Alemania no podía pagar las reparaciones. En cualquier caso, la memoria de la inflación ayudó a que se aplicara una política que producía justo el tipo de crisis que sí alimentó a los nazis.
Por eso la frase habitual se queda corta por los dos lados. Ni la hiperinflación llevó directamente a Hitler al poder, ni fue irrelevante: dejó un país con una clase media empobrecida y desconfiada, y dejó sobre todo un recuerdo que condicionó cómo se respondió a la siguiente crisis. La lección que suele extraerse, que imprimir dinero lleva al fascismo, es la más cómoda y la menos apoyada por los datos. La que sale de las elecciones es otra: la radicalización llegó con el paro, los recortes y los bancos cerrados.
La hiperinflación alemana de 1923 – Putsch de Múnich (1923) – Políticas de austeridad – Política deflacionista – Pánico bancario
Fuentes
- Gerald D. FeldmanThe Great Disorder: Politics, Economics, and Society in the German Inflation, 1914-1924Oxford University Press, Nueva York1993
- Thomas ChildersThe Nazi Voter: The Social Foundations of Fascism in Germany, 1919-1933University of North Carolina Press, Chapel Hill1983
- Knut BorchardtZwangslagen und Handlungsspielräume in der großen Weltwirtschaftskrise der frühen dreißiger JahreJahrbuch der Bayerischen Akademie der Wissenschaften, pp. 85-1321979
- Gregori Galofré-Vilà, Christopher M. Meissner, Martin McKee y David StucklerAusterity and the Rise of the Nazi PartyThe Journal of Economic History, 81 (1), pp. 81-1132021enlace
- Sebastian Doerr, Stefan Gissler, José-Luis Peydró y Hans-Joachim VothFinancial Crises and Political Radicalization: How Failing Banks Paved Hitler's Path to PowerThe Journal of Finance, 77 (6), pp. 3339-33722022enlace