4 min
Editar

El test del malvavisco

El test del malvavisco, también llamado experimento de la golosina, es una prueba de autocontrol para niños pequeños que el psicólogo Walter Mischel empezó a hacer a finales de los años sesenta en una guardería de la Universidad de Stanford. Un adulto sentaba a un niño de entre tres y cinco años delante de una golosina y le hacía una oferta: podía comérsela ya, o esperar a que el adulto volviera y entonces tendría dos. Años después, Mischel descubrió que los niños que habían esperado más tiempo sacaban mejores notas en la adolescencia, y el test se convirtió en uno de los experimentos más famosos de la psicología y en un símbolo de la importancia de la fuerza de voluntad. Las investigaciones posteriores han rebajado mucho esa conclusión.

La prueba era sencilla. En una sala sin distracciones, el niño elegía su golosina preferida entre varias (un malvavisco, una galleta, un palito salado) y se le explicaba que el adulto tenía que salir un momento. Si esperaba sin comérsela hasta que volviera, recibiría dos. Si no podía más, bastaba con tocar una campanilla: el adulto volvería enseguida, pero solo tendría una. Después se medía cuánto tiempo aguantaba, con un límite de unos quince o veinte minutos.

Varios malvaviscos blancos pinchados en palitos de madera sobre un hornillo de camping
Fig. 1 Malvaviscos, la golosina que dio nombre a la prueba, aunque los niños podían elegir también una galleta o un palito salado.Eden Aviv · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

Los primeros estudios de Mischel no buscaban predecir el futuro, sino entender cómo consiguen esperar los niños. Y ahí están algunos de sus hallazgos más sólidos. Esperar era mucho más difícil con la golosina a la vista que tapada. Los niños que se distraían (cantando, mirando al techo, dándose la vuelta, jugando con los pies) aguantaban más que los que la miraban fijamente. Y pensar en la golosina de forma abstracta, imaginando que el malvavisco era una nube o una foto, ayudaba más que pensar en lo rica que estaba. El autocontrol, en otras palabras, no era solo una cuestión de fuerza, sino de estrategias que se pueden aprender.

La fama llegó con los seguimientos. Mischel volvió a contactar a los niños de la guardería, ya adolescentes, y en 1988 y 1990 publicó que quienes habían esperado más de pequeños eran descritos por sus padres como más competentes y mejores gestionando la frustración, y tenían mejores resultados en el examen de acceso a la universidad. Estudios posteriores relacionaron la espera con un menor índice de masa corporal y otros indicadores de éxito adulto. La idea de que un test de quince minutos a los cuatro años predecía la vida entera recorrió libros de autoayuda, charlas de empresa y programas educativos.

El problema es que aquellos niños no eran una muestra cualquiera. Eran hijos de profesores y estudiantes de Stanford, un grupo pequeño y muy privilegiado, y los datos de los seguimientos procedían de una parte reducida de ellos, en algunos análisis apenas unas decenas. En 2018, Tyler Watts, Greg Duncan y Haonan Quan repitieron la idea con unos 900 niños de un gran estudio nacional estadounidense, mucho más diverso. La relación entre esperar a los cuatro años y los resultados escolares a los quince existía, pero era aproximadamente la mitad de fuerte. Y cuando tuvieron en cuenta el nivel económico y educativo de la familia y las capacidades cognitivas tempranas del niño, se reducía en unos dos tercios y dejaba de ser significativa en la mayoría de los casos. Buena parte de lo que parecía autocontrol era, en realidad, el reflejo del entorno en el que crecía el niño.

Un experimento de 2013 ayudó a entender por qué. Celeste Kidd y su equipo, en la Universidad de Rochester, prometieron a un grupo de niños unos materiales de dibujo mejores si esperaban, y en la mitad de los casos cumplieron la promesa y en la otra mitad no. Después hicieron el test del malvavisco. Los niños que habían comprobado que el adulto era de fiar esperaron de media unos doce minutos; los que habían comprobado que no lo era, unos tres. Para un niño que vive en un entorno donde las promesas no se cumplen, comerse la golosina cuanto antes no es falta de voluntad, sino una decisión razonable.

El test del malvavisco sigue siendo útil, pero para otra cosa que la que lo hizo famoso. Mide una capacidad real, la de retrasar una recompensa, que depende de la edad, de las estrategias que el niño conoce y de si confía en quien le hace la promesa. No es un oráculo del éxito futuro, y usarlo para etiquetar a un niño de cuatro años es exactamente lo contrario de lo que enseñan los datos. El caso muestra, además, un error clásico al leer datos: una correlación entre dos cosas puede deberse casi por completo a una tercera, en este caso la familia, que influye en ambas.

Correlación espuriaTamaño muestralSesgo de selecciónEl agotamiento del egoReplicabilidadLa regresión a la media

§

Fuentes

  1. Walter Mischel y Ebbe B. EbbesenAttention in Delay of GratificationJournal of Personality and Social Psychology 16 (2), pp. 329-3371970enlace
  2. Yuichi Shoda, Walter Mischel y Philip K. PeakePredicting Adolescent Cognitive and Self-Regulatory Competencies from Preschool Delay of GratificationDevelopmental Psychology 26 (6), pp. 978-9861990enlace
  3. Celeste Kidd, Holly Palmeri y Richard N. AslinRational Snacking: Young Children's Decision-Making on the Marshmallow Task Is Moderated by Beliefs about Environmental ReliabilityCognition 126 (1), pp. 109-1142013enlace
  4. Tyler W. Watts, Greg J. Duncan y Haonan QuanRevisiting the Marshmallow Test: A Conceptual Replication Investigating Links Between Early Delay of Gratification and Later OutcomesPsychological Science 29 (7), pp. 1159-11772018enlace
  5. Walter MischelThe Marshmallow Test: Mastering Self-ControlLittle, Brown, Nueva York2014
Sarasola, Josemari (2024). "El test del malvavisco". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-test-del-malvavisco/

Una errata, un dato desfasado, un párrafo que falta: edítalo y la redacción revisa tu propuesta.

Sugerir una mejora