El fauvismo fue la primera vanguardia del siglo XX: un grupo de pintores franceses que entre 1905 y 1908 usaron el color puro, sin mezclar y sin atarlo a la realidad, para construir el cuadro. Un rostro podía ser verde, un río rojo, un árbol azul. Su nombre, como el del impresionismo, fue una burla de la crítica, y su vida fue corta: en tres años sus principales figuras ya pintaban de otra manera. Pero en ese tiempo dejaron establecido algo que ninguna corriente posterior discutió: el color de un cuadro no tiene por qué ser el del mundo.
El nombre salió del Salón de Otoño de París, inaugurado el 18 de octubre de 1905. En la sala VII colgaban juntos cuadros de Henri Matisse, André Derain, Maurice de Vlaminck, Albert Marquet, Henri Manguin y Charles Camoin, con unos colores que el público encontró violentos. En el centro de la sala había un pequeño busto de estilo renacentista de otro escultor. El crítico Louis Vauxcelles escribió en Gil Blas que era Donatello entre las fieras, parmi les fauves, y la palabra se quedó.

El cuadro que más indignó fue Mujer con sombrero, un retrato de la mujer de Matisse con la cara partida en manchas verdes, malvas y ocres. Según contó Gertrude Stein años después, la gente se reía delante y trataba de rascar la pintura. Los hermanos Leo y Gertrude Stein, estadounidenses instalados en París, lo compraron por quinientos francos, y ese fue el principio de una colección que convertiría su piso de la calle Fleurus en el primer museo de arte moderno de la ciudad.
Los fauvistas no salían de la nada. Venían del posimpresionismo: del color plano y arbitrario de Gauguin, de la pincelada cargada de Van Gogh, y del puntillismo de Seurat y Paul Signac, con quien Matisse pasó el verano de 1904 en Saint-Tropez. Varios habían sido alumnos de Gustave Moreau en la Escuela de Bellas Artes, un maestro simbolista que les enseñó a desconfiar de la copia del modelo. De los puntillistas tomaron el color puro; lo que abandonaron fue el método y la paciencia.

El verano decisivo fue el de 1905, en Colliure, un pueblo de pescadores del Rosellón cerca de la frontera española. Matisse y Derain trabajaron allí juntos varias semanas, a pleno sol mediterráneo, y descubrieron que la luz intensa se podía traducir con manchas de color saturado sin gradación, dejando a veces trozos de lienzo sin pintar. Derain recordaría años después que los colores se habían convertido para ellos en cartuchos de dinamita. Lo que trajeron a París en otoño fue lo que se expuso en la sala VII.

En 1906 el marchante Ambroise Vollard envió a Derain a Londres para pintar el Támesis, pensando en el éxito que Monet acababa de tener con sus vistas del Parlamento y los puentes. El resultado fue una serie de unos treinta cuadros que es casi una respuesta al impresionismo: los mismos motivos, pero con el agua amarilla, el cielo rosa y los puentes azules. Donde Monet disolvía la ciudad en bruma, Derain la construía con bloques de color. La comparación deja ver la distancia recorrida en treinta años.
El grupo se deshizo pronto. Hacia 1907 la retrospectiva de Cézanne en el Salón de Otoño empujó a Derain y a Georges Braque, que había pasado por el fauvismo, hacia una pintura más construida que llevaría al cubismo. Vlaminck se volvió hacia paisajes más oscuros. Matisse fue el único que siguió por el camino del color, y lo llevó más lejos que nadie. En La mesa roja, de 1908, el mantel y la pared son una misma superficie roja, recorrida por arabescos azules, y la perspectiva casi desaparece.

Ese mismo año Matisse publicó Notas de un pintor, el texto que explica mejor lo que buscaba. No quería copiar la naturaleza sino condensar la sensación que le producía, y para eso cada color debía encontrar su lugar en relación con los demás, como las notas en un acorde. Y escribió una frase que se ha citado mil veces, casi siempre para reprochársela: soñaba con un arte de equilibrio, de pureza y de tranquilidad, que fuera para el hombre cansado algo parecido a un buen sillón.
La paradoja del fauvismo es esa. Lo llamaron el arte de las fieras y su principal pintor quería hacer sillones. El escándalo de 1905 no venía de un contenido violento, porque los fauvistas pintaban paisajes, puertos y retratos de sus mujeres, sino de una libertad formal: la de separar el color del objeto. Una vez hecha esa separación, el camino hacia el expresionismo alemán, que también usaba el color para expresar, y hacia la composición abstracta, que prescindía del objeto, quedaba abierto.
El posimpresionismo – El expresionismo – El cubismo – El impresionismo – Armonía cromática en el arte – Gama cromática
Fuentes
- Louis VauxcellesLe Salon d'AutomneGil Blas, 17 de octubre1905
- Henri MatisseNotes d'un peintreLa Grande Revue, 25 de diciembre1908
- Ellen C. OpplerFauvism ReexaminedGarland, Nueva York1976
- Judi Freeman (dir.)The Fauve LandscapeLos Angeles County Museum of Art y Abbeville Press1990
- Hilary SpurlingThe Unknown Matisse: A Life of Henri Matisse, 1869-1908Hamish Hamilton, Londres1998
- Gertrude SteinThe Autobiography of Alice B. ToklasHarcourt, Brace, Nueva York1933