El Salón de los Rechazados

En 1863 Napoleón III dejó exponer las obras rechazadas por el Salón. Se recuerda como el nacimiento del arte moderno; fue sobre todo una maniobra política.

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El Salón de los Rechazados abrió en París el 15 de mayo de 1863 con las obras que el jurado de la exposición oficial había dejado fuera ese año, y se cuenta como el día en que la pintura moderna salió a la calle y derrotó a la Academia. La realidad es más lenta y más interesante. El Salón de los Rechazados no fue una victoria de los artistas, sino una decisión del emperador para rebajar una protesta, el público lo recibió a carcajadas y la Academia salió de él reforzada. Lo que acabó con el sistema académico llegó once años después y por otra vía: cuando los pintores dejaron de pedir un sitio en el Salón y se organizaron un mercado propio.

Para entender el episodio hay que entender el Salón. Era la exposición oficial de pintura y escultura, organizada por el Estado desde el siglo XVIII y celebrada en el Palacio de la Industria de los Campos Elíseos. Para un pintor francés era casi la única vía hacia una carrera: exponer allí daba visibilidad, las medallas daban prestigio, y del prestigio salían los encargos públicos y las compras del Estado. La admisión la decidía un jurado dominado por los miembros de la Academia de Bellas Artes, que defendía una jerarquía de géneros con la pintura de historia arriba y un acabado liso, sin pincelada visible.

Fotografía del siglo XIX de un gran edificio de piedra con una fachada monumental y una entrada en arco central
Fig. 1 El Palacio de la Industria, en los Campos Elíseos, fotografiado por Édouard Baldus. Construido para la Exposición Universal de 1855, acogió cada año el Salón oficial y, en 1863, en otras salas del mismo edificio, a los rechazados.Édouard Baldus · 1850 · Dominio público · Wikimedia Commons

En 1863 el jurado fue especialmente duro y rechazó más de la mitad de las obras presentadas. Las protestas de los artistas llegaron a Napoleón III, que visitó una muestra de lo rechazado y, el 24 de abril, hizo publicar en Le Moniteur una nota: puesto que había quejas, el público juzgaría por sí mismo, y las obras rechazadas se expondrían en otra parte del mismo palacio. Los artistas podían retirar las suyas, y muchos lo hicieron, porque exponer entre los rechazados era admitir públicamente el rechazo. El gesto era hábil: presentaba al emperador como árbitro liberal sin tocar al jurado.

Pintura de dos hombres vestidos y una mujer desnuda sentados en la hierba de un bosque, con otra mujer al fondo bañándose
Fig. 2 Le Bain, que hoy conocemos como Almuerzo sobre la hierba, de Édouard Manet, 1863. Lo que escandalizó no fue el desnudo, que abundaba en el Salón, sino que la mujer no era una diosa, miraba al espectador y estaba junto a dos hombres vestidos con ropa de su tiempo.Édouard Manet · 1863 · Dominio público · Wikimedia Commons

La exposición fue un éxito de público y un fracaso de crítica. Miles de visitantes acudieron a reírse, y los periódicos se llenaron de caricaturas. El cuadro que concentró el escándalo fue Le Bain de Manet, el que hoy llamamos Almuerzo sobre la hierba. También estaba la Sinfonía en blanco n.º 1 de Whistler, rechazada antes en Londres, junto a obras de Camille Pissarro, Paul Cézanne, Henri Fantin-Latour o Johan Barthold Jongkind. Pero la mayor parte de lo expuesto era sencillamente pintura mediocre, y la mezcla confirmaba lo que el jurado sostenía: que había razones para rechazarla.

Pintura de una joven vestida de blanco de pie sobre una piel de oso, ante una cortina blanca, con la mirada perdida
Fig. 3 Sinfonía en blanco n.º 1. La muchacha blanca, de James McNeill Whistler, 1862. Rechazada por la Royal Academy y por el Salón, fue una de las obras que más atención atrajeron entre los rechazados, y no toda fue burla.James McNeill Whistler · 1862 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

El contraste lo daba el Salón oficial de ese mismo año. Su triunfo fue El nacimiento de Venus de Alexandre Cabanel, un desnudo tendido sobre las olas, con amorcillos, de acabado impecable, que Napoleón III compró para su colección. Es un cuadro tan erótico como el de Manet, probablemente más, y nadie se escandalizó, porque la desnudez estaba justificada por la mitología y la pincelada no se veía. El problema de Manet no era el cuerpo, era el código: una mujer desnuda que no era Venus sino una modelo de París, pintada con manchas planas de color y sin la gradación que la Academia llamaba modelado.

Pintura de una mujer desnuda tendida sobre las olas del mar con varios amorcillos volando por encima
Fig. 4 El nacimiento de Venus, de Alexandre Cabanel, el gran éxito del Salón oficial de 1863. El emperador lo compró. La comparación con Manet deja claro que la frontera no pasaba por la desnudez, sino por la coartada mitológica y el acabado.Alexandre Cabanel · 1863 · Dominio público · Wikimedia Commons

Las consecuencias inmediatas fueron escasas. Hubo algunas exposiciones de rechazados más en años posteriores, esporádicas y sin el eco de 1863. El jurado se reformó varias veces, a veces en un sentido más abierto y a veces más cerrado, y Manet siguió presentándose al Salón oficial toda su vida, buscando la medalla que el sistema daba, porque para él no había otro camino. El mito del Salón de 1863 como fundación de la modernidad se construyó después, en parte gracias a Émile Zola, que defendió a Manet en 1867 y novelizó el episodio en La obra en 1886, cuando el desenlace ya se conocía.

Lo que cambió el sistema lo describieron en 1965 dos sociólogos, Harrison y Cynthia White, en Canvases and Careers. Su argumento es estructural: en el siglo XIX había en Francia miles de pintores profesionales, muchos más de los que un único Salón anual podía absorber, y el sistema académico se colapsó por su propio tamaño. Lo que lo sustituyó fue lo que llamaron el sistema marchante-crítico: galeristas como Paul Durand-Ruel, que compraban la obra de un pintor durante años y la promovían, y críticos que construían en la prensa el valor de una carrera, no de un cuadro suelto. La primera exposición impresionista, en 1874 en el estudio del fotógrafo Nadar, fue un acto de ese sistema: los pintores ya no pedían entrar en el Salón, montaban el suyo.

Por eso el Salón de los Rechazados es un buen ejemplo de cómo se cuentan las rupturas en la historia del arte. Se recuerda como el momento heroico porque tiene una fecha, un cuadro y un escándalo, pero lo que produjo el cambio fue una transformación del mercado que no tiene fecha ni héroe. El emperador que abrió las puertas lo hizo para cerrarlas mejor, el público que acudió lo hizo para reírse, y los artistas que salieron ganando lo hicieron décadas después, cuando otras instituciones les dieron el valor que el Salón les negó. La estética moderna no ganó en 1863: ganó cuando dejó de necesitar al jurado.

Estética – Obra de arte – Composición plástica – La gran ola y el japonismo – Aura y reproductibilidad técnica

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Fuentes

  1. Harrison C. White y Cynthia A. WhiteCanvases and Careers: Institutional Change in the French Painting WorldJohn Wiley & Sons, Nueva York1965
  2. Albert BoimeThe Academy and French Painting in the Nineteenth CenturyPhaidon, Londres1971
  3. Émile ZolaÉdouard Manet. Étude biographique et critiqueE. Dentu, París1867
  4. Fae BrauerRivals and Conspirators: The Paris Salons and the Modern Art CentreCambridge Scholars Publishing2013
Sarasola, Josemari (2026). "El Salón de los Rechazados". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-salon-de-los-rechazados/

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