La gran ola de Kanagawa es probablemente la imagen japonesa más reproducida del mundo, y se toma como la esencia de un arte nacional que Occidente descubrió con asombro en el siglo XIX. Las dos ideas necesitan corrección. La estampa de Katsushika Hokusai no es un producto de un Japón aislado: está impresa con un pigmento europeo, dibujada con una perspectiva aprendida de grabados holandeses y pensada para un mercado de masas. Y el japonismo que transformó la pintura francesa no fue un descubrimiento, sino la segunda mitad de un intercambio que ya había empezado en sentido contrario.
La estampa pertenece a la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji, publicada hacia 1830-1832 por el editor Nishimuraya Yohachi en Edo, la actual Tokio. Es un grabado en madera en color, un ukiyo-e, un género comercial de estampas baratas que se compraban como hoy se compran carteles: paisajes, actores de kabuki, cortesanas, lugares de peregrinación. Hokusai tenía ya más de setenta años. De cada estampa se sacaban miles de impresiones mientras las planchas aguantaban, y las que se conservan hoy en los museos son supervivientes de una tirada enorme.

El azul es la clave. La estampa usa de forma generosa el azul de Prusia, un pigmento sintético descubierto por accidente en Berlín hacia 1706, que llegó a Japón a través del comercio con los holandeses y los chinos. A partir de la década de 1820 empezó a llegar en cantidad y barato, y los editores de Edo lo adoptaron con entusiasmo: era más intenso y más estable que los azules vegetales que se usaban antes. La serie del Fuji se anunció precisamente por ese color, y buena parte de su éxito comercial vino de él. El emblema de la estampa japonesa es, en su materia, un producto de la química alemana.
Tampoco la composición es ajena a Europa. Hokusai conocía los grabados holandeses que entraban por el puerto de Nagasaki, único punto de contacto autorizado con Occidente durante el aislamiento de los Tokugawa, y había experimentado con la perspectiva lineal y con el horizonte bajo de la pintura occidental. El Fuji diminuto al fondo, empequeñecido por la distancia, es un recurso de perspectiva que la tradición japonesa no usaba así. La gran ola mezcla las dos tradiciones, y eso ayuda a explicar por qué los ojos europeos la reconocieron con tanta facilidad cuando llegó.
Llegó después de 1854, cuando la presión estadounidense obligó a Japón a abrir sus puertos al comercio. Las estampas empezaron a circular en Europa como objetos baratos, a veces como papel de envolver porcelana, según una historia repetida que tiene su parte de leyenda. La Exposición Universal de París de 1867 mostró por primera vez un pabellón japonés oficial, y en 1872 el crítico Philippe Burty acuñó la palabra japonisme para designar la moda. Tiendas como la de Siegfried Bing en París vendían estampas por cientos, y los pintores las compraban.


Lo que los pintores tomaron no fueron temas japoneses, aunque también los hubo, sino soluciones formales. Las estampas cortaban las figuras con el borde del papel, ponían el horizonte muy alto o muy bajo, prescindían del modelado y de la sombra, trabajaban con planos de color plano y contornos, y trataban la naturaleza en primerísimo plano. Todo eso chocaba con las reglas académicas y confirmaba lo que Manet y los impresionistas estaban buscando por su cuenta. Degas encuadró sus bailarinas como Hokusai encuadraba a sus personajes, Van Gogh reunió varios cientos de estampas y copió a Hiroshige al óleo, y Claude Monet llegó a cubrir con ellas las paredes de su casa de Giverny.

La gran ola en particular tardó en convertirse en lo que es. En el siglo XIX era una estampa apreciada entre otras muchas de Hokusai, cuyo nombre en Europa se asociaba sobre todo a los cuadernos de dibujos del Manga. Su promoción a icono fue un proceso del siglo XX, que Christine Guth ha reconstruido en detalle: la eligieron editores de libros de arte, carteles, cubiertas, y en 1905 Claude Debussy la puso en la portada de la partitura de La mer. Después vinieron los museos, que la usaron como imagen de sus colecciones japonesas, y el siglo XXI la ha convertido en emoticono.

La historia completa es circular. Un pigmento alemán y unas nociones de perspectiva holandesa llegaron a Edo, se incorporaron a un arte comercial japonés que los combinó con su propia tradición, y el resultado volvió a Europa, donde los pintores lo leyeron como una alternativa radical a la perspectiva académica que en parte contenía. El japonismo no fue la revelación de un arte puro y ajeno, sino el reconocimiento de algo que, precisamente por ser mestizo, resultaba a la vez nuevo y legible. La gran ola es un emblema de Japón, y lo es con razón, pero lo es del Japón que comerciaba con el mundo.
Perspectiva (arte) – El azul ultramar – Composición dinámica – El Salón de los Rechazados – Peso visual
Fuentes
- Christine M. E. GuthHokusai's Great Wave: Biography of a Global IconUniversity of Hawai'i Press, Honolulu2015
- Timothy Clark (ed.)Hokusai: Beyond the Great WaveThames & Hudson / British Museum, Londres2017
- Gabriel P. Weisberg y otrosJaponisme: Japanese Influence on French Art 1854-1910Cleveland Museum of Art1975
- Siegfried WichmannJaponisme: The Japanese Influence on Western Art Since 1858Thames & Hudson, Londres1981