Los luditas

«Ludita» se usa hoy como insulto para quien teme la tecnología. Los obreros ingleses de 1811 rompían máquinas concretas por razones concretas.

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Ludita es hoy una etiqueta para quien desconfía de la tecnología: se llama así al que se niega a usar el móvil, al que teme a la inteligencia artificial o al que defiende el papel frente a la pantalla. La palabra viene de un movimiento real, el de los obreros textiles ingleses que entre 1811 y 1816 rompieron máquinas en los condados de Nottingham, York y Lancaster, firmando sus cartas en nombre de un inexistente general Ned Ludd. La etiqueta moderna da por hecho que aquellos hombres odiaban las máquinas por ser máquinas. Los historiadores que han leído sus cartas, sus juicios y los informes de la época cuentan otra cosa: rompían máquinas concretas, de patronos concretos, en defensa de salarios, precios y costumbres de oficio.

El movimiento empezó en noviembre de 1811 entre los calceteros de los alrededores de Nottingham, que trabajaban en casa con telares de medias alquilados a los fabricantes. En plena guerra con Napoleón, con el comercio exterior bloqueado, el pan caro y la demanda hundida, algunos fabricantes empezaron a usar telares anchos para producir piezas de punto que luego se cortaban y cosían, de peor calidad y más baratas, y a contratar a aprendices sin formación por menos dinero. Los grupos que entraban de noche en los talleres rompían esos telares, o los de los patronos que pagaban por debajo de la tarifa acordada, y dejaban intactos los demás. Era, como escribió Eric Hobsbawm en 1952, una forma de «negociación colectiva mediante el motín» en un país donde los sindicatos estaban prohibidos por las leyes de asociación.

Grabado coloreado de 1812 con un hombre vestido de mujer, con sombrero y un martillo en la mano, que señala hacia un fondo en llamas donde otros hombres rompen cosas
Fig. 1 The Leader of the Luddites, estampa publicada en Londres en mayo de 1812. El «general Ludd» aparece vestido de mujer, un disfraz habitual en los motines populares ingleses, con un fondo de incendios. La imagen es propaganda contra el movimiento, hecha lejos de los condados donde actuaba.Autoría desconocida · 1812 · Dominio público · Wikimedia Commons

En 1812 la protesta se extendió. En Yorkshire la protagonizaron los tundidores, trabajadores muy cualificados que remataban el paño de lana a mano con unas tijeras enormes, y que veían cómo las máquinas de tundir y los cilindros de perchar podían hacer su trabajo con una fracción de la mano de obra. En abril, un grupo numeroso atacó el molino de William Cartwright en Rawfolds, que se había fortificado y estaba defendido por soldados; dos asaltantes murieron. Poco después fue asesinado William Horsfall, otro fabricante que había presumido de estar dispuesto a cabalgar hasta las cinchas de la silla en sangre ludita. En Lancashire se quemó una fábrica de telares mecánicos en Westhoughton. Hubo también asaltos para robar armas y rumores de insurrección que los magistrados, con sus espías, alimentaron tanto como investigaron.

La respuesta del Estado fue muy dura. En febrero de 1812 el gobierno llevó al Parlamento una ley que castigaba con la muerte la destrucción de telares, aprobada en marzo. En su primer discurso en la Cámara de los Lores, el 27 de febrero, Byron la atacó recordando que aquellos hombres rompían máquinas porque la miseria los empujaba, y preguntando si se quería remediar el hambre con la horca. No sirvió de nada. El gobierno desplegó en los condados afectados unos doce mil soldados, una cifra que Hobsbawm comparó con el cuerpo expedicionario que Wellington había llevado a Portugal en 1808, aunque la comparación impresiona más de lo que dice, porque aquel cuerpo era pequeño. En enero de 1813, en York, fueron ahorcados tres hombres por el asesinato de Horsfall y, una semana después, catorce más por el ataque a Rawfolds y otros delitos.

La lectura del ludismo como rechazo ciego del progreso se asentó pronto, en buena parte porque le convenía a quien lo contaba: los fabricantes, los economistas partidarios de la maquinaria y los propios jueces. E. P. Thompson, en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), se propuso rescatar a los luditas, junto a otros perdedores, de lo que llamó «la enorme condescendencia de la posteridad». Para Thompson el ludismo fue un movimiento con una idea clara de la economía moral: había precios justos, salarios justos y formas legítimas de hacer el trabajo, reconocidas por la costumbre y por leyes antiguas que el Parlamento estaba derogando una tras otra. Los luditas no pedían que no hubiera máquinas, sino que no se usaran para saltarse esas reglas.

Las cartas que reunió Kevin Binfield confirman esa lectura. Los luditas escribían a los fabricantes y a las autoridades con amenazas, pero también con argumentos: se quejaban de la calidad de los productos, de los salarios por debajo de la tarifa, del trabajo de aprendices sin formación, y a veces invocaban los estatutos de su oficio. No rompían todos los telares de un pueblo, sino los de ciertos dueños. Algunos historiadores, como Malcolm Thomis, han rebajado la dimensión política que Thompson les atribuyó, y el movimiento fue distinto en cada condado. Pero casi nadie sostiene ya que fuera una simple tecnofobia.

La historia económica ha dado además la razón a sus temores inmediatos, aunque no a su estrategia. Los salarios de los tejedores manuales se hundieron en las décadas siguientes y el oficio prácticamente desapareció; la revolución industrial elevó la productividad y, a largo plazo, el nivel de vida, pero sus primeras generaciones de trabajadores apenas vieron las ganancias, y quienes perdieron su oficio muchas veces no se recuperaron. Esa distancia entre el progreso general y el daño concreto a unos grupos es justo lo que el insulto moderno borra. Llamar ludita a alguien sugiere que teme al futuro; los luditas temían, con bastante fundamento, lo que el presente iba a hacer con sus salarios, y lo decían por escrito antes de coger el martillo.

La revolución industrial – La división del trabajo en Adam Smith – Precariedad laboral – Tecnificación – Industrialización

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Fuentes

  1. Eric J. HobsbawmThe Machine BreakersPast and Present, 1 (1), pp. 57-701952enlace
  2. E. P. ThompsonThe Making of the English Working ClassVictor Gollancz, Londres1963
  3. Malcolm I. ThomisThe Luddites: Machine-Breaking in Regency EnglandDavid & Charles, Newton Abbot1970
  4. Kevin Binfield (ed.)Writings of the LudditesJohns Hopkins University Press, Baltimore2004
  5. Lord ByronDiscurso en la Cámara de los Lores sobre el proyecto de ley contra la rotura de telaresCámara de los Lores, Londres, 27 de febrero1812
Sarasola, Josemari (2025). "Los luditas". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/los-luditas/

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