Una pregunta sencilla: de qué está hecho un árbol. Pesa toneladas, y ha salido de una semilla que pesaba un gramo. Lo lógico parece pensar que ha comido tierra, y así se creyó durante dos mil años. La respuesta correcta es sorprendente: casi todo el árbol viene del aire. Las plantas no comen. Fabrican su propia comida con luz, agua y dióxido de carbono, y del suelo solo toman el agua y una pizca de minerales. Entender eso es entender la nutrición de las plantas.
El primero que lo puso a prueba fue un médico flamenco, Jan Baptist van Helmont, en el siglo XVII. Plantó un sauce de dos kilos en una maceta con noventa kilos de tierra seca, la tapó para que no entrara polvo y la regó con agua de lluvia durante cinco años. Al final el sauce pesaba setenta y seis kilos, y la tierra, secada otra vez, había perdido apenas sesenta gramos. Van Helmont concluyó que el árbol estaba hecho de agua. Se equivocó en la mitad, porque no sabía que existía el dióxido de carbono, pero había demostrado que la tierra no era la comida.

La otra mitad la puso la fotosíntesis, descubierta a lo largo del siglo XVIII: las hojas toman dióxido de carbono del aire y, con la luz, lo combinan con el agua para hacer azúcar. El carbono, que es la mitad del peso seco de cualquier planta, viene del aire. Una tonelada de madera son unas dos toneladas de dióxido de carbono que el árbol ha sacado de la atmósfera, y eso es lo que hace que los bosques importen tanto en el ciclo del carbono.
Pero con azúcar solo no se hace una planta. Hacen falta proteínas, que llevan nitrógeno; ADN y membranas, que llevan fósforo; clorofila, que lleva magnesio; y una docena más de elementos en cantidades pequeñas. Todos esos vienen del suelo, disueltos en el agua, y entran por los pelos de la raíz. Los tres que más se gastan son el nitrógeno, el fósforo y el potasio, y son los tres números que aparecen en cualquier saco de abono.

Quien puso orden en eso fue el químico alemán Justus von Liebig, en 1840. Hasta entonces se creía que las plantas se alimentaban del humus, la materia negra del suelo. Liebig demostró que lo que tomaban eran sales minerales, que el humus solo servía porque al descomponerse las soltaba, y que se podían dar directamente. Formuló además la ley del mínimo: el crecimiento lo limita el elemento que más escasea, aunque los demás sobren, como un barril con una duela corta que se llena solo hasta ahí. De Liebig vienen los abonos químicos, y de los abonos, con las variedades nuevas, el que la agricultura del siglo XX pudiera alimentar a cuatro veces más gente.
El nitrógeno tiene una historia aparte. Es el elemento que más necesitan las plantas y el que más abunda en el aire, que es nitrógeno en cuatro quintas partes, pero las plantas no pueden tomarlo del aire. Lo hacen las bacterias del suelo, y algunas viven dentro de las raíces de las leguminosas, en unos bultos, y les dan nitrógeno a cambio de azúcar. Por eso las lentejas y los guisantes abonan el campo, y por eso desde la Edad Media se alternan con el trigo.
Hay plantas que han encontrado atajos. Las carnívoras viven en suelos tan pobres que cazan insectos para sacarles el nitrógeno. Las parásitas, como el muérdago, clavan raíces en otra planta y le roban la savia. Y casi todas las demás tienen hongos enredados en las raíces que les traen fósforo y agua desde mucho más lejos de donde llega la raíz.
La fotosíntesis – El ciclo del nitrógeno – Las partes de una planta – La transpiración y el transporte en las plantas – El ciclo del carbono – Los hongos
Fuentes
- Jan Baptist van HelmontOrtus medicinaeLudovicus Elzevirius, Ámsterdam1648
- Justus von LiebigDie organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agricultur und PhysiologieFriedrich Vieweg und Sohn, Braunschweig1840
- Lincoln Taiz, Eduardo Zeiger, Ian Max Møller y Angus MurphyPlant Physiology and DevelopmentSinauer Associates, Sunderland, 6.ª edición2015