La mano invisible

Adam Smith escribió «mano invisible» una sola vez en La riqueza de las naciones, y hablando de otra cosa. Cómo una metáfora de paso se convirtió en doctrina.

5 min
Editar

La mano invisible es la metáfora con la que se resume casi siempre la obra de Adam Smith: la idea de que, en un mercado libre, cada uno persigue su propio interés y el resultado, sin que nadie lo busque, es el bienestar de todos. Aparece en los manuales de introducción a la economía, en los discursos a favor de la desregulación y en las críticas contra ella, y suele ir acompañada de la imagen de Smith como profeta del egoísmo y enemigo del Estado. Lo sorprendente es lo poco que la usó él. En La riqueza de las naciones, un libro de casi mil páginas, la expresión sale una sola vez, en un capítulo sobre el comercio exterior y a propósito de un asunto bastante concreto.

Smith escribió «mano invisible» tres veces en toda su obra conocida. La primera, en un ensayo de juventud sobre la historia de la astronomía, publicado después de su muerte: habla de «la mano invisible de Júpiter», a la que los pueblos antiguos atribuían los rayos, los truenos y todo lo que no sabían explicar, y lo hace con cierta ironía. La segunda está en la Teoría de los sentimientos morales, de 1759. Allí sostiene que los ricos, por mucho que acaparen, no pueden comer más que los demás, y que al gastar en sirvientes y lujos «son conducidos por una mano invisible» a repartir los bienes necesarios casi como se habrían repartido si la tierra se hubiera dividido en partes iguales entre todos sus habitantes. Es un argumento sobre la distribución, no sobre los mercados, y bastante discutible.

Portada impresa de un libro del siglo XVIII con el título The Theory of Moral Sentiments, el nombre de Adam Smith como profesor de filosofía moral en Glasgow y el pie de imprenta de Londres, 1759
Fig. 1 Portada de la primera edición de la Teoría de los sentimientos morales (Londres, 1759). Smith la corrigió durante toda su vida y la consideraba superior a La riqueza de las naciones; en ella aparece la segunda de sus tres «manos invisibles».Adam Smith · 1759 · Dominio público · Wikimedia Commons

La tercera es la famosa, en el libro IV de La riqueza de las naciones. El capítulo trata de las restricciones a la importación de mercancías que pueden producirse en el país. Smith observa que un comerciante, si puede, prefiere invertir su capital en el comercio interior antes que en el exterior, porque lo tiene más cerca y más seguro. Al hacerlo, dice, «solo busca su propia seguridad», y al dirigir esa actividad de modo que su producto tenga el mayor valor «solo busca su propia ganancia, y en esto, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención». El fin es que el capital nacional se emplee dentro del país. El argumento sirve para decir que no hacen falta aranceles para proteger la industria propia, porque los comerciantes ya la prefieren por su cuenta.

Portada impresa del segundo volumen de An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, de Adam Smith, Londres, 1776
Fig. 2 Portada del segundo volumen de la primera edición de La riqueza de las naciones (Londres, 1776). La única «mano invisible» del libro está en este tomo, en el capítulo segundo del libro IV, más de la mitad de la obra después del comienzo.Adam Smith · 1776 · Dominio público · Wikimedia Commons

¿Cómo pasó esa frase lateral a ser el resumen de todo el libro? Gavin Kennedy rastreó su fortuna y encontró que los lectores de Smith del siglo XIX apenas se fijaron en ella. La expresión se convirtió en emblema en el siglo XX, cuando los economistas empezaron a formalizar la teoría del equilibrio general y buscaron en Smith un antepasado ilustre. Un momento clave fue la primera edición del manual de Paul Samuelson, de 1948, el más leído de su generación. Samuelson escribió que Smith, entusiasmado por descubrir un orden en la economía, había proclamado el «principio místico» de la mano invisible, según el cual cada individuo, buscando solo su bien egoísta, contribuía al bien de todos, de modo que cualquier intervención del Estado en la competencia sería casi con seguridad perjudicial. Y añadía que esa conclusión imprudente había hecho casi tanto daño como bien. Pero lo imprudente no estaba en Smith: nada de eso figura en el pasaje que Samuelson resumía.

La lectura moderna tampoco encaja con el resto de la obra. Smith no defendía el egoísmo, un concepto que atribuía a Mandeville y rechazaba; hablaba del interés propio, que no es lo mismo, y dedicó su primer libro a la simpatía y a la conciencia moral. Tampoco era enemigo del Estado: pedía que se ocupara de la defensa, de la justicia, de las obras públicas y de la educación elemental de los trabajadores, a quienes la división del trabajo amenazaba con embrutecer. Y desconfiaba de los empresarios al menos tanto como de los gobiernos. En La riqueza de las naciones se lee que la gente del mismo oficio rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en alguna maniobra para subir los precios. La expresión laissez faire, tan asociada a su nombre, no aparece en el libro.

Los estudiosos siguen discutiendo qué quiso decir exactamente. Emma Rothschild sostiene que Smith usaba la imagen con ironía, casi como una broma sobre la tendencia humana a ver designios ocultos en todas partes, y que no la tenía en mucha estima. Peter Harrison responde que en el siglo XVIII «mano invisible» era una expresión corriente en la teología para hablar de la providencia divina, y que sus lectores la entenderían en ese sentido: Dios ordena el mundo a través de las acciones de personas que no saben lo que hacen. Las dos lecturas coinciden en lo importante: la metáfora era secundaria en el pensamiento de Smith y no significaba lo que se le hace significar hoy.

Nada de esto quita valor a la idea que los economistas han querido resumir con ella. Que los precios coordinan las decisiones de millones de personas sin que nadie las planifique es una de las ideas más potentes de la economía, y Smith contribuyó mucho a formularla, aunque no con esa frase. Lo que conviene saber es que la mano invisible, tal como se cita, es más una construcción del siglo XX que una cita del XVIII. Pasa como con la fábrica de alfileres, que se cita sin el libro V: de Smith se ha hecho una versión portátil que dice lo que cada época necesitaba oír.

La división del trabajo en Adam Smith – Liberalismo económico – Libre mercado – Economía de mercado – Economía política

§

Fuentes

  1. Adam SmithThe Theory of Moral SentimentsA. Millar, Londres1759
  2. Adam SmithAn Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of NationsW. Strahan y T. Cadell, Londres1776
  3. Emma RothschildAdam Smith and the Invisible HandAmerican Economic Review, 84 (2), pp. 319-3221994
  4. Emma RothschildEconomic Sentiments: Adam Smith, Condorcet, and the EnlightenmentHarvard University Press, Cambridge (Massachusetts)2001
  5. Gavin KennedyAdam Smith and the Invisible Hand: From Metaphor to MythEcon Journal Watch, 6 (2), pp. 239-2632009enlace
  6. Peter HarrisonAdam Smith and the History of the Invisible HandJournal of the History of Ideas, 72 (1), pp. 29-492011enlace
Sarasola, Josemari (2025). "La mano invisible". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-mano-invisible/

Una errata, un dato desfasado, un párrafo que falta: edítalo y la redacción revisa tu propuesta.

Sugerir una mejora →
Economía La mano invisible