El interaccionismo simbólico

Qué es el interaccionismo simbólico: Mead y el yo social, el yo espejo de Cooley, las tres premisas de Blumer, las escuelas de Chicago e Iowa y sus críticas.

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El interaccionismo simbólico (en inglés, symbolic interactionism) es una corriente de la sociología y la psicología social que estudia cómo las personas construyen el significado de las cosas, de los demás y de sí mismas a través de la interacción cotidiana. Su punto de partida es que los seres humanos no reaccionan directamente ante el mundo, como un organismo ante un estímulo, sino ante lo que el mundo significa para ellos, y que esos significados no vienen dados: se aprenden, se negocian y se transforman en el trato con los otros, sobre todo a través del lenguaje. Frente a las teorías que explican la sociedad desde sus grandes estructuras, el interaccionismo la mira desde abajo, desde las situaciones concretas en las que la gente se encuentra, conversa y se interpreta.

El nombre se lo dio en 1937 el sociólogo estadounidense Herbert Blumer, pero las ideas procedían de su maestro, el filósofo George Herbert Mead, que enseñó en la Universidad de Chicago entre 1894 y su muerte, en 1931. Mead apenas publicó libros en vida; su obra más conocida, Espíritu, persona y sociedad (1934), la reconstruyeron sus alumnos a partir de los apuntes de sus clases. Su gran aportación fue una teoría del yo como producto social. Nadie nace con un yo: lo adquiere cuando aprende a verse desde fuera, adoptando la perspectiva de los demás. Mead distinguía dos fases del yo, el yo espontáneo y creativo, que actúa, y el mí, que es la imagen de uno mismo formada a partir de las actitudes de los otros, y veía la conducta como un diálogo permanente entre ambos.

Mead describió también cómo se desarrolla esa capacidad en la infancia. En la fase del juego simbólico, el niño se pone en el papel de una persona concreta, la madre, el médico o el policía, y habla consigo mismo desde ese papel. En la fase del juego reglado, como en un partido de béisbol, debe tener en cuenta a la vez los papeles de todos los demás jugadores y las reglas que los organizan. Así aprende a ver su conducta desde el punto de vista del otro generalizado, que es la comunidad entera con sus normas y expectativas. Para Mead, esa interiorización del punto de vista social es lo que hace posible el pensamiento, que no es otra cosa que una conversación interna.

Retrato fotográfico en blanco y negro de un hombre calvo con barba poblada, visto de perfil, con chaqueta y corbata
Fig. 1 Charles Horton Cooley hacia 1902, el año en que publicó Human Nature and the Social Order, donde formuló la idea del yo espejo: la imagen de uno mismo se forma imaginando cómo nos ven y nos juzgan los demás.Autoría desconocida · 1902 · Dominio público · Wikimedia Commons

Otros dos autores de principios del siglo XX forman parte de la genealogía. Charles Horton Cooley, de la Universidad de Míchigan, propuso en 1902 la imagen del yo espejo: cada persona imagina cómo aparece ante los demás, imagina el juicio que hacen de esa apariencia y siente orgullo o vergüenza en consecuencia. Y William I. Thomas, uno de los fundadores de la escuela de Chicago, formuló en 1928 con Dorothy Swaine Thomas el llamado teorema de Thomas: «si las personas definen una situación como real, es real en sus consecuencias». Un rumor de quiebra que lleva a los clientes a retirar su dinero puede hundir un banco solvente; es el mecanismo que Robert Merton llamaría más tarde profecía autocumplida.

Blumer sistematizó la perspectiva en 1969 en tres premisas, que se han convertido en su definición de manual.

Las tres premisas del interaccionismo simbólico según Herbert Blumer (1969)

Un billete de cien euros, una bandera o un anillo de boda no valen por su materia, sino por lo que significan, y esos significados se sostienen porque las personas los reproducen en su trato diario; si dejaran de hacerlo, perderían su fuerza. Por la misma razón, para Blumer la sociedad no es una estructura que se imponga desde fuera, sino un tejido de acciones conjuntas que las personas ajustan continuamente unas a otras, interpretando lo que hacen los demás. Esta idea tenía consecuencias metodológicas. Blumer defendía que para entender la vida social había que acercarse a ella y observarla de primera mano, con entrevistas, observación participante e historias de vida, y desconfiaba de las encuestas y las variables que convierten a las personas en números.

A partir de los años cincuenta se distinguieron dos escuelas. La escuela de Chicago, encabezada por Blumer, subrayaba el carácter cambiante e impredecible de la interacción y prefería los métodos cualitativos. La escuela de Iowa, dirigida por Manford Kuhn, pretendía medir el yo con instrumentos estandarizados, como el test de las veinte afirmaciones, en el que los participantes completaban veinte veces la frase «Yo soy…», y veía el yo como un núcleo más estable. En la misma tradición trabajaron autores que hicieron algunas de las investigaciones más conocidas de la sociología del siglo XX. Howard Becker estudió en 1953 cómo alguien aprende a ser fumador de marihuana: no basta con fumar, hay que aprender a reconocer los efectos y a interpretarlos como placenteros, y eso se aprende de otros fumadores. Sus trabajos dieron lugar a la teoría del etiquetado. Y Erving Goffman desarrolló el enfoque dramatúrgico, que analiza la vida cotidiana como una representación teatral.

Las críticas han señalado sobre todo sus límites de escala. Al centrarse en las situaciones cara a cara, el interaccionismo tiende a descuidar las estructuras que condicionan esas situaciones, como la economía, la clase social o el poder del Estado: los significados se negocian, pero no todos los negociadores tienen la misma fuerza. También se le reprochó una cierta vaguedad conceptual, que hacía difícil someter sus ideas a prueba. Sus defensores respondieron que el poder y las instituciones también existen en la interacción, en los interrogatorios, las consultas médicas o los despachos, y que se pueden estudiar allí.

Su influencia, en cualquier caso, ha sido enorme. Muchas de sus ideas pasaron a otras corrientes, como la construcción social de la realidad de Peter Berger y Thomas Luckmann, la etnometodología o la sociología de las emociones, y a campos como la criminología, la sociología de la salud o los estudios de género. La idea de que la identidad se forma en el espejo de los demás, y de que el mundo social es algo que las personas hacen y rehacen cada día, se ha vuelto de sentido común, en parte gracias a esta tradición.

La escuela de Chicago – Interacción social – Construcción social – Profecía autocumplida – Enfoque dramatúrgico de Goffman – Teoría del etiquetado

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Fuentes

  1. Charles Horton CooleyHuman Nature and the Social OrderCharles Scribner's Sons, Nueva York1902
  2. William I. Thomas y Dorothy Swaine ThomasThe Child in America: Behavior Problems and ProgramsAlfred A. Knopf, Nueva York1928
  3. George Herbert MeadMind, Self, and Society from the Standpoint of a Social BehavioristUniversity of Chicago Press, Chicago1934
  4. Howard S. BeckerBecoming a Marihuana UserAmerican Journal of Sociology 59 (3), 235-2421953enlace
  5. Manford H. KuhnMajor Trends in Symbolic Interaction Theory in the Past Twenty-Five YearsThe Sociological Quarterly 5 (1), 61-841964enlace
  6. Herbert BlumerSymbolic Interactionism: Perspective and MethodPrentice-Hall, Englewood Cliffs1969
Sarasola, Josemari (2025). "El interaccionismo simbólico". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/interaccionismo-simbolico/

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