El estigma social (en inglés, social stigma) es un atributo que desacredita profundamente a quien lo tiene ante los ojos de los demás, hasta el punto de reducirlo, en palabras del sociólogo Erving Goffman, de una persona completa y corriente a una persona manchada y menospreciada. Puede ser una enfermedad, una discapacidad, un origen étnico, una orientación sexual, un pasado en la cárcel o la pobreza: lo que convierte un rasgo en estigma no es el rasgo en sí, sino el significado que le da una sociedad concreta y el trato que reciben quienes lo llevan. El estigma es, por eso, una relación social y no una propiedad de las personas.
La palabra viene del griego stígma, que designaba la marca que se grababa con un hierro candente o un corte en la piel de los esclavos, los criminales o los traidores, para que cualquiera pudiera reconocerlos y evitarlos. En el cristianismo pasó a nombrar también las llagas de Cristo, los estigmas que algunos santos decían recibir, lo que da idea de la ambivalencia del término: una misma marca podía señalar la vergüenza o la santidad. En la Edad Media europea, los enfermos de lepra fueron el ejemplo más claro de estigma institucionalizado. El Tercer Concilio de Letrán, en 1179, dispuso que tuvieran iglesias y cementerios propios; en muchas ciudades se les obligaba a vivir en leproserías fuera de las murallas y a anunciar su paso con una campanilla o una carraca.

El estudio sociológico del estigma arranca de un libro de 1963, Estigma. La identidad deteriorada, de Goffman. Su punto de partida era que toda sociedad establece categorías de personas y los atributos que se consideran normales en cada una, de modo que al conocer a alguien le atribuimos, sin darnos cuenta, una identidad social virtual, lo que esperamos que sea. Cuando descubrimos que tiene un rasgo que lo aparta de esa expectativa en un sentido negativo, su identidad social real queda desacreditada. Goffman distinguía tres grandes tipos de estigma: las abominaciones del cuerpo, como las deformidades físicas; los defectos del carácter, que se infieren de antecedentes como una enfermedad mental, una adicción, el paro prolongado o una condena; y los estigmas tribales de raza, nación o religión, que se transmiten por herencia y afectan a familias enteras.
Una de las distinciones más útiles del libro separa a los desacreditados, cuyo estigma es visible o conocido, de los desacreditables, cuyo rasgo puede ocultarse. Los primeros tienen que gestionar la tensión de las interacciones, en las que los demás no saben dónde mirar o qué decir. Los segundos tienen que gestionar la información: a quién contarlo, cuándo y cómo, y el miedo constante a ser descubiertos. Goffman llamó pasar a hacerse pasar por normal ocultando el estigma, y encubrir a restarle importancia cuando ya se conoce, por ejemplo evitando las situaciones que lo hacen más visible. Describió también a los propios, las personas que comparten el estigma y entre las que uno puede relajarse, y a los sabios, personas sin el estigma que conocen de cerca la vida de quienes lo tienen y son aceptadas por ellos.
La lepra siguió siendo un caso ejemplar hasta mucho después de la Edad Media. En 1865, el reino de Hawái aprobó una ley de aislamiento, y a partir del año siguiente miles de enfermos fueron deportados a Kalaupapa, una península de la isla de Molokai cercada por acantilados, donde muchos pasaron el resto de su vida separados de sus familias. La ley de aislamiento no se derogó hasta 1969, cuando la enfermedad ya se curaba con antibióticos desde hacía décadas. Aún hoy, las organizaciones de personas afectadas piden que se hable de enfermedad de Hansen, porque la palabra leproso sigue funcionando como insulto.

En 2001, los sociólogos Bruce Link y Jo Phelan propusieron una definición que se ha convertido en la más citada. Según ellos, hay estigma cuando se combinan cinco procesos: se etiqueta una diferencia humana, separándola de otras que se ignoran; la etiqueta se asocia a estereotipos negativos; se establece una separación entre «nosotros» y «ellos»; las personas etiquetadas sufren una pérdida de estatus y discriminación; y todo ello ocurre en una situación de poder social, económico o político que permite a un grupo imponer esas etiquetas al otro. La última condición es decisiva: los pacientes de un hospital psiquiátrico pueden tener sus propios estereotipos sobre los médicos, pero no tienen el poder de convertirlos en discriminación.
Las consecuencias del estigma se miden hoy con bastante precisión. Afecta al empleo, a la vivienda, al trato en los servicios públicos y a las relaciones personales, y tiene efectos directos sobre la salud. Las personas con una enfermedad mental que temen ser etiquetadas retrasan o evitan el tratamiento; durante las primeras décadas de la epidemia de VIH, el estigma dificultó las pruebas y la prevención. En 2013, Mark Hatzenbuehler, Phelan y Link argumentaron que el estigma debe considerarse una causa fundamental de las desigualdades en salud, porque actúa por muchas vías a la vez, del estrés crónico al acceso a los recursos, y sus efectos reaparecen aunque se corrija cada vía por separado. Se ha estudiado también el autoestigma, que se produce cuando las personas interiorizan los estereotipos y se aplican a sí mismas el desprecio de los demás.
No todas las personas estigmatizadas reaccionan igual. En 1989, Jennifer Crocker y Brenda Major mostraron que muchos grupos estigmatizados no tienen una autoestima más baja que la media, porque disponen de estrategias de protección: atribuir los rechazos a los prejuicios ajenos y no a sus propios defectos, compararse con su propio grupo y restar valor a los terrenos en los que se les discrimina. Los movimientos sociales han añadido otra respuesta, la de reapropiarse del estigma y darle la vuelta, como hicieron los movimientos de personas con discapacidad, del orgullo gay o de supervivientes de la psiquiatría. El estigma no es un destino, sino una construcción social que, como tal, también puede cambiar.
Estereotipos – Exclusión social – Teoría del etiquetado – Enfoque dramatúrgico de Goffman – Capacitismo – Gordofobia
Fuentes
- Erving GoffmanStigma: Notes on the Management of Spoiled IdentityPrentice-Hall, Englewood Cliffs1963
- Jennifer Crocker y Brenda MajorSocial Stigma and Self-Esteem: The Self-Protective Properties of StigmaPsychological Review 96 (4), 608-6301989enlace
- Bruce G. Link y Jo C. PhelanConceptualizing StigmaAnnual Review of Sociology 27, 363-3852001enlace
- Mark L. Hatzenbuehler, Jo C. Phelan y Bruce G. LinkStigma as a Fundamental Cause of Population Health InequalitiesAmerican Journal of Public Health 103 (5), 813-8212013enlace