En el sur del campo de batalla de Gettysburg, en Pensilvania, hay un caos de rocas enormes que los vecinos llamaban Devil’s Den, la guarida del diablo. Allí, entre dos peñascos cerrados por un murete de piedras, se hizo en julio de 1863 una de las fotografías más reproducidas de la guerra de Secesión: un soldado confederado muerto boca arriba, con el fusil apoyado en la pared, bajo el título El hogar de un francotirador rebelde. Durante más de un siglo se leyó como un documento en bruto, lo que había quedado tras el combate. En 1975 un historiador aficionado demostró que aquel cuerpo no había caído allí: el equipo del fotógrafo lo había arrastrado unos cuarenta metros para componer la escena.
La batalla terminó el 3 de julio de 1863. Dos días después llegó al campo Alexander Gardner, un escocés que había trabajado años para Mathew Brady y que se había independizado precisamente porque Brady firmaba como propio lo que hacían sus operadores. Iba con Timothy O’Sullivan y James Gibson y con el pesado equipo del colodión húmedo, que obligaba a revelar cada placa al momento en un carro. Tenían prisa por una razón práctica: los muertos se estaban enterrando a toda velocidad y el calor de julio los descomponía. En pocos días hicieron decenas de placas, casi todas de cadáveres.

La escena del murete es muy buena, y ese es el primer problema. Todo está en su sitio para contar una historia: el parapeto, el fusil, la mochila bajo la cabeza, el cielo al fondo. En 1866 Gardner la publicó en su gran álbum de la guerra con un texto largo y emotivo. Contaba que el tirador había sido herido en la cabeza mientras disparaba desde su nido, que se había tumbado a esperar la muerte, y que cuatro meses después, cuando Gardner volvió a Gettysburg para la inauguración del cementerio nacional, en noviembre, encontró el esqueleto todavía allí, dentro del uniforme podrido, con el fusil oxidado a su lado. Es un texto hermoso y casi todo inventado.
William Frassanito no era un académico. Era un apasionado de la fotografía de la guerra civil que a principios de los años setenta se propuso algo que a nadie se le había ocurrido hacer con tanta paciencia: localizar sobre el terreno el punto exacto de cada foto de Gettysburg. Iba con copias de las placas, buscaba las mismas rocas, los mismos árboles y las mismas líneas del horizonte, y se colocaba donde había estado la cámara. En ese trabajo de campo, publicado en 1975 en Gettysburg: A Journey in Time, se encontró con una coincidencia inquietante.

En el mismo álbum de Gardner había otra lámina, titulada El último sueño de un francotirador, con un muerto tendido en una ladera abierta, entre hierba y piedras. Frassanito comparó las dos fotos con cuidado y vio que era el mismo hombre: la misma cara, el mismo pelo, la misma ropa. En una estaba en la ladera; en la otra, dentro del nido de rocas. Y localizando ambos puntos en el campo comprobó que los separaban unos cuarenta metros. Los muertos no se mueven solos. Gardner y sus ayudantes hicieron primero las placas del cuerpo donde había caído y luego lo cargaron hasta el murete, donde el decorado era mucho mejor.

El resto del relato de Gardner tampoco resiste. En noviembre de 1863 ya se había enterrado a todos los muertos del campo, y un fusil abandonado no habría durado cuatro meses entre los miles de cazadores de recuerdos que peinaron Gettysburg desde el primer día. Incluso la palabra francotirador es dudosa: el muerto llevaba un fusil de infantería corriente y la ropa de un soldado raso. En 2018 el investigador Scott Fink propuso un nombre, el soldado John Rutherford Ash, del 2.º regimiento de Georgia, a partir de un retrato de juventud y del número estarcido en su macuto. Es una hipótesis razonable, no una certeza. Lo que sí es seguro es que el hombre murió en una ladera y no en aquel nido.
¿Por qué lo hizo Gardner? Conviene no juzgarlo con los ojos de hoy. En 1863 no existía el fotoperiodismo tal como lo entendemos, ni un código que prohibiera tocar la escena, y el público estaba acostumbrado a los cuadros de batallas, que eran composiciones de principio a fin. Gardner quería que el público del Norte sintiera el coste de la guerra y sabía que una buena imagen conmueve más que una torpe. Lo que hizo fue exactamente lo que haría un pintor: arreglar el modelo. La diferencia, y es enorme, es que una foto se lee como si nadie la hubiera arreglado.
El caso de Devil’s Den se estudia desde entonces porque muestra, con una claridad casi didáctica, dos maneras de mentir con una cámara sin retocar un solo grano de plata. Una es mover lo que hay delante del objetivo. La otra es el pie de foto: el mismo cadáver sirve para contar dos historias distintas según lo que se escriba debajo. Y muestra también cómo se destapa: no discutiendo sobre la verdad en abstracto, sino yendo al sitio, poniéndose donde estaba la cámara y comparando piedra a piedra. Frassanito hizo con sus pies lo que Errol Morris haría treinta años después con las balas de Fenton.
El colodión húmedo – Las balas de cañón de Roger Fenton – Lincoln con el cuerpo de Calhoun – La fotografía de exploración – Verdad de los hechos
Fuentes
- William A. FrassanitoGettysburg: A Journey in TimeCharles Scribner's Sons, Nueva York1975
- William A. FrassanitoEarly Photography at GettysburgThomas Publications, Gettysburg1995
- Alexander GardnerGardner's Photographic Sketch Book of the WarPhilp & Solomons, Washington1866
- Library of CongressDoes the Camera Ever Lie? The Case of the Moved BodyCivil War Glass Negatives and Related Printsenlace
- Scott FinkBehind the Barricade: How diligent research revealed the identity of the Devil's Den sharpshooterHistoryNet2018enlace