El autorretrato como ahogado de Hippolyte Bayard es una fotografía de octubre de 1840 en la que un hombre de unos cuarenta años aparece medio desnudo, recostado contra una pared, con los ojos cerrados, las manos sobre el regazo y una sábana que le cubre las piernas. Parece muerto. Al dorso, su autor escribió un texto en el que explicaba que aquel cadáver era el suyo y que se había ahogado por despecho. Es una broma amarga, una protesta y, según casi todos los historiadores, la primera fotografía escenificada de la historia: la primera vez que alguien usó una cámara para contar algo que no había ocurrido.
Para entender la broma hay que volver a 1839, el año en que la fotografía se hizo pública. En enero, el físico François Arago anunció en la Academia de Ciencias de París el invento de Louis Daguerre, el daguerrotipo, sin revelar todavía el procedimiento. Al otro lado del canal, William Henry Fox Talbot se apresuró a presentar su propio método sobre papel, el que acabaría llamándose calotipo. Y en París, sin hacer ruido, un funcionario del Ministerio de Finanzas llamado Hippolyte Bayard había desarrollado un tercer sistema distinto de los otros dos: un positivo directo sobre papel, que daba la imagen ya en su sentido correcto, sin negativo intermedio.
El método de Bayard era ingenioso. Ennegrecía un papel con cloruro de plata exponiéndolo a la luz, lo empapaba en yoduro de potasio y lo metía en la cámara. Donde la luz daba, el papel se blanqueaba, de modo que salía directamente una imagen positiva. Era lento, las exposiciones duraban muchos minutos, y cada fotografía era una pieza única, como el daguerrotipo. Pero funcionaba, y el 24 de junio de 1839 Bayard expuso unas treinta de sus imágenes en una muestra benéfica en París. Es, que se sepa, la primera exposición pública de fotografías.

Aquí empieza el agravio. Arago, que defendía a Daguerre ante el Estado francés, convenció a Bayard de que aplazara la presentación de su invento, y a cambio le consiguió una ayuda de 600 francos para comprar material. Mientras tanto, el gobierno compró los derechos del daguerrotipo, los regaló «al mundo» en agosto de 1839 y concedió a Daguerre una pensión vitalicia de 6.000 francos anuales. Cuando Bayard presentó por fin su procedimiento a la Academia, a comienzos de 1840, la fotografía ya tenía padre oficial. Nadie le iba a dar a él la gloria ni la pensión.
La respuesta de Bayard fue esta fotografía. Se sentó contra una pared de su jardín, se quitó la camisa, cerró los ojos y dejó que la exposición, larguísima, le permitiera mantener la pose sin dificultad, porque un muerto no se mueve. Luego escribió detrás, en francés, un texto que merece citarse casi entero. Dice más o menos así: el cadáver del señor que ven ustedes es el de M. Bayard, inventor del procedimiento cuyos maravillosos resultados acaban de ver. El gobierno, que había dado demasiado al señor Daguerre, dijo no poder hacer nada por el señor Bayard, y el desdichado se ahogó. Lleva varios días expuesto en la morgue y nadie lo ha reconocido ni reclamado. Señoras y caballeros, pasemos a otra cosa, no vaya a ser que su olfato se resienta, porque la cara y las manos del caballero empiezan a pudrirse, como pueden observar.
El chiste de las manos es muy fino. En el positivo directo, la cara y las manos de Bayard salieron más oscuras que el torso, seguramente porque estaban más curtidas por el sol. Él convirtió ese defecto técnico en un argumento de la ficción: no es el moreno, es la descomposición. La fotografía, que todos consideraban entonces un registro exacto y sin opinión de la realidad, aparecía de pronto contando una mentira deliberada, con un narrador, una intención y un tono. Ni Daguerre ni Talbot habían hecho nada parecido.
Por eso esta imagen ocupa un lugar especial en la historia de la fotografía. Muchas de las historias de engaños fotográficos que se cuentan en esta biblioteca, de las hadas de Cottingley a los espíritus de William Mumler o el francotirador de Devil’s Den, pretendían que el espectador creyera lo que veía. Bayard no. Su ahogado es una ficción que se declara como tal en el propio texto, una sátira dirigida a un público que sabía perfectamente que el autor estaba vivo. Se parece más a una puesta en escena teatral que a un fraude, y por eso hay quien la considera también la primera obra de arte conceptual hecha con una cámara.
Bayard, por cierto, no se ahogó. Siguió fotografiando durante décadas, se pasó a los procedimientos sobre papel con negativo y al colodión, retrató París, sus jardines y sus tejados, hizo bodegones con herramientas y moldes de yeso, y en 1851 fue uno de los cinco fotógrafos elegidos por la Misión heliográfica para documentar los monumentos históricos de Francia. Fue también uno de los fundadores de la Sociedad francesa de fotografía, que conserva hoy la imagen. Murió en 1887, con 86 años. Su procedimiento de positivo directo, en cambio, no tuvo descendencia: era demasiado lento y no permitía copias.
La historia de Bayard suele contarse como la del gran perdedor de 1839, y en parte lo es. Pero su pequeña venganza tuvo una fortuna que no tuvieron muchos daguerrotipos de la época. Las vistas de Daguerre nos enseñan cómo era una calle de París; el ahogado de Bayard nos enseña algo más importante y más incómodo, que desde el primer año de su existencia la fotografía ya podía mentir, y que la mentira podía ser, además, una forma de decir la verdad.
El calotipo – El daguerrotipo – El bulevar del Temple de Daguerre – Las hadas de Cottingley – William Mumler y la fotografía de espíritus
Fuentes
- Hippolyte BayardAutoportrait en noyé (texto manuscrito al dorso)Société française de photographie, París1840
- Jean-Claude Gautrand y Michel FrizotHippolyte Bayard: naissance de l'image photographiqueTrois Cailloux, Amiens1986
- Geoffrey BatchenBurning with Desire: The Conception of PhotographyMIT Press, Cambridge (Massachusetts)1997
- Michel Frizot (dir.)Nouvelle histoire de la photographieBordas, París1994