Las hadas de Cottingley son cinco fotografías hechas entre 1917 y 1920 por dos primas, Elsie Wright y Frances Griffiths, en el arroyo que pasaba por detrás de su casa, en un pueblo cerca de Bradford, en el norte de Inglaterra. En ellas se ve a las niñas jugando con hadas diminutas y con un gnomo. Durante años pasaron por pruebas fotográficas, convencieron a un experto en trucajes y a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, y no se aclararon del todo hasta 1983, cuando las dos, ya ancianas, contaron cómo lo habían hecho. Es una historia de engaño, sí, pero sobre todo es una historia de cómo un juego de niñas se les escapó de las manos a los adultos.
Empecemos por el verano de 1917. Frances tenía nueve años y había llegado de Sudáfrica con su madre; Elsie tenía dieciséis, dibujaba muy bien y había trabajado un tiempo en un estudio fotográfico de Bradford. Frances volvía a casa con los zapatos empapados de tanto jugar en el arroyo, y cuando la riñeron por ello contestó que iba allí a ver a las hadas. Para darle la razón, Elsie pidió prestada a su padre, Arthur Wright, su cámara Midg de placas, y las dos bajaron al arroyo. Esa tarde Arthur reveló la placa en el cuarto oscuro que tenía en casa y vio a Frances apoyada en la hierba con cuatro hadas bailando delante. Dos meses después salió la segunda foto, Elsie sentada con un gnomo que le tendía la mano.

Al padre no le hizo ninguna gracia. Pensó que las niñas habían recortado unas figuras de papel y se lo dijo, y les prohibió volver a usar la cámara. La madre, Polly, no lo tuvo tan claro. Y aquí entra el primer ingrediente de la bola de nieve: Polly Wright se interesaba por la teosofía, un movimiento espiritual muy extendido entonces que creía en seres elementales de la naturaleza. En 1919 asistió a una conferencia en Bradford sobre la vida de las hadas y comentó que su hija y su sobrina tenían fotos de hadas. Las copias llegaron a manos de Edward Gardner, un teósofo destacado de Londres.
Gardner hizo lo que haría una persona sensata: pidió una opinión técnica. Se la dio Harold Snelling, un fotógrafo con fama de detectar cualquier retoque, que examinó los negativos y concluyó que eran una sola exposición, hecha al aire libre, sin rastro de figuras de papel ni de pintura. Kodak fue más prudente: sus técnicos no encontraron señales de manipulación, pero se negaron a certificar que las fotos fueran auténticas, porque, dijeron, con los medios adecuados cualquiera podía obtener algo parecido. Es una respuesta impecable que casi nadie quiso oír.

En 1920 Conan Doyle preparaba un artículo sobre hadas para The Strand Magazine y se enteró de las fotos. No era un ingenuo en general: era médico y había hecho de Sherlock Holmes el símbolo mismo del razonamiento deductivo. Pero en 1916 se había declarado espiritista, la guerra le había quitado a su hijo Kingsley en 1918, y las fotografías de Cottingley le parecieron justo la prueba que buscaba. Gardner viajó a Yorkshire con dos cámaras nuevas y placas marcadas en secreto, para asegurarse de que nadie las cambiaba. En agosto de 1920 las primas hicieron tres fotos más. El artículo salió en diciembre y agotó la tirada. En 1922 Doyle amplió el caso en un libro, The Coming of the Fairies.
La reacción fue una mezcla de entusiasmo y burla. Algunos periódicos señalaron lo evidente: las hadas llevaban peinados a la moda de los años veinte y parecían sacadas de un anuncio. Otros se preguntaron por qué las alas no se movían en una foto donde el agua del arroyo sí salía corrida. Pero el debate se quedó ahí, sin pruebas concluyentes, y se fue apagando. En 1921 Gardner volvió con un clarividente que aseguró ver hadas por todas partes, aunque esta vez no salió ninguna foto. Las niñas dejaron de hablar del asunto, se casaron, se fueron lejos y la historia pasó a ser una anécdota de sobremesa sobre la credulidad de Conan Doyle.

El caso volvió a abrirse medio siglo después. En 1966 un periodista del Daily Express localizó a Elsie, que contestó con una ambigüedad calculada: quizá las hadas habían sido fruto de su imaginación y había conseguido fotografiar sus pensamientos. En 1978 se comprobó que las hadas de la primera foto reproducían, casi pose por pose, una ilustración de Claude Shepperson en un libro infantil de 1914, el Princess Mary’s Gift Book, que había en la casa. Y a partir de 1982 el editor Geoffrey Crawley publicó en el British Journal of Photography un análisis técnico larguísimo que desmontaba el mito de Snelling: con aquella cámara, aquellas placas y aquella luz, las fotos solo se explicaban con figuras planas sujetas en primer plano.
La confesión llegó en 1983. Elsie y Frances contaron que las hadas eran dibujos de Elsie sobre cartulina, copiados del libro, recortados y clavados en la hierba con alfileres de sombrero. ¿Por qué callaron tanto tiempo? Porque, según explicaron, les dio vergüenza desmentir a un hombre tan importante como Conan Doyle, que había puesto su prestigio en juego por ellas, y a su propia familia. Elsie lo resumió en 1985 en una entrevista: «Dos crías de pueblo y un hombre tan brillante como Conan Doyle; lo único que podíamos hacer era callarnos». Fue, dijeron, una broma que se les fue de las manos.

Hubo un matiz final que dice mucho de las personas. Las dos coincidieron en que las cuatro primeras fotos eran un montaje, pero Frances mantuvo hasta su muerte, en 1986, que la quinta, la de las hadas tomando el sol entre la hierba, era de verdad. Elsie decía lo contrario. Murió en 1988. Las fotografías y las cámaras se conservan hoy en el Museo Nacional de la Ciencia y los Medios de Bradford, a pocos kilómetros del arroyo.
¿Qué nos enseña Cottingley? Que la competencia técnica no protege contra el deseo de creer. Snelling sabía mucho de fotografía y respondió bien a la pregunta que le hicieron, si había doble exposición o retoque en el negativo, sin ver que la trampa estaba delante de la cámara y no dentro de ella. Y que el prestigio de quien respalda algo, en este caso uno de los escritores más famosos del mundo, no añade ni una pizca de prueba: es el argumento de autoridad en estado puro. Lo que sí añadió fue presión, y esa presión mantuvo callada durante sesenta años a dos mujeres que empezaron, simplemente, jugando.
William Mumler y la fotografía de espíritus – La Kodak y la instantánea – El pictorialismo – Argumento de autoridad – Sesgo de confirmación
Fuentes
- Arthur Conan DoyleFairies Photographed: An Epoch-Making EventThe Strand Magazine 60 (diciembre)1920
- Arthur Conan DoyleThe Coming of the FairiesHodder & Stoughton, Londres1922
- Edward L. GardnerFairies: The Cottingley Photographs and Their SequelTheosophical Publishing House, Londres1945
- Alex Owen«Borderland Forms»: Arthur Conan Doyle, Albion's Daughters, and the Politics of the Cottingley FairiesHistory Workshop Journal 38 (1)1994enlace
- Joe CooperThe Case of the Cottingley FairiesRobert Hale, Londres1990
- Geoffrey CrawleyThat Astonishing Affair of the Cottingley FairiesBritish Journal of Photography (serie de artículos)1982