Entre las imágenes que casi todo el mundo asocia al crac de 1929 está la de los especuladores arruinados tirándose por las ventanas de los rascacielos de Wall Street en cuanto se conocía el cierre de la bolsa. La escena aparece en chistes, películas, novelas y libros de texto, y se sigue usando como símbolo de cualquier desplome financiero. Es, en gran parte, una leyenda. Hubo suicidios después del crac, y hubo algunos casos llamativos, pero no hubo una ola en los días del hundimiento, y la subida de verdad llegó más tarde y afectó a otra gente: no a los especuladores de octubre, sino a los parados de la depresión.
El que más hizo por desmontar la imagen fue John Kenneth Galbraith en El crac del 29, publicado en 1955. Galbraith escribió que la ola de suicidios que siguió al crac «forma parte de la leyenda de 1929» y que, en realidad, no la hubo. Miró las cifras de Nueva York y de todo el país y encontró que en octubre y noviembre de 1929 hubo menos suicidios que en los meses de verano, cuando la bolsa todavía subía. La tasa nacional llevaba varios años creciendo despacio y siguió creciendo, pero el crac no provocó ningún salto brusco. Galbraith añadía una explicación de la leyenda: en la memoria de la gente, algunas muertes de los años siguientes se habían trasladado hacia atrás, a las semanas de la caída.

La leyenda tuvo ayuda. Galbraith cuenta que un obrero que subió a reparar algo en lo alto de un edificio fue tomado por un suicida por la multitud que esperaba noticias delante de la bolsa, y que la gente se quedó mirando a ver si saltaba. Winston Churchill, que estaba de viaje en Nueva York, contó después que había visto caer a un hombre desde un hotel bajo su ventana, y su testimonio se ha repetido mucho. Y el humorista Will Rogers escribió que, cuando Wall Street entró en barrena, había que hacer cola para conseguir una ventana desde la que saltar. La frase era un chiste, pero se citó tanto que acabó funcionando como dato.
Los casos reales existieron y fueron conocidos. James J. Riordan, presidente de la County Trust Company, se pegó un tiro en su casa de Manhattan el 8 de noviembre de 1929, y su muerte se ocultó unas horas para evitar una retirada de depósitos. Hubo otros en Nueva York y en distintas ciudades, pero la mayoría fueron con gas o con arma de fuego, y no hubo ninguna oleada de saltos desde los edificios de la bolsa. Algunos grandes nombres de la especulación se quitaron la vida, pero años después, como Jesse Livermore, que había ganado una fortuna vendiendo al descubierto en 1929 y se suicidó en 1940. La coincidencia de unos pocos casos sonados con un acontecimiento enorme bastó para que la memoria colectiva los agrupara.
La estadística completa cuenta una historia distinta y más triste. Feijun Luo y sus colegas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades reconstruyeron la tasa de suicidio en Estados Unidos entre 1928 y 2007 y la cruzaron con los ciclos económicos. La mayor subida de todo el periodo fue la de la Gran Depresión: la tasa pasó de 18,0 por cada 100.000 habitantes en 1928 a 22,1 en 1932, en lo más hondo de la depresión. Es decir, los suicidios sí aumentaron, pero no con el crac de octubre de 1929, sino con los tres años de depresión que vinieron después. El estudio encontró además que los más afectados por las recesiones eran las personas en edad de trabajar, de 25 a 64 años, y no los jóvenes ni los mayores.
Esa diferencia importa. La leyenda pone el foco en unos pocos especuladores ricos que perdieron todo en una tarde, y convierte el crac en un drama moral sobre la codicia castigada. Los datos lo ponen en millones de personas que perdieron el trabajo, la casa o los ahorros en un banco que había quebrado, a lo largo de años, sin ninguna tarde espectacular que las señalara. La relación entre crisis económicas y suicidio es una de las más estudiadas de la sociología desde que Durkheim publicó su libro en 1897, y el caso de la Gran Depresión es uno de los que mejor la ilustran. Pero es una relación lenta, que tarda meses en aparecer y se sostiene mientras dura el paro.
La leyenda de las ventanas sobrevive porque resume bien lo que la gente siente ante un desplome, y porque se ha convertido en un código: basta con mencionarla para que el lector entienda que una caída es catastrófica. Como otras historias financieras, dice más sobre cómo se recuerda una crisis que sobre cómo ocurrió. La hiperinflación alemana tiene sus carretillas de billetes y la tulipomanía su país enloquecido; el crac de 1929 tiene sus especuladores en caída libre, que casi nadie vio y que tapan a las víctimas que sí hubo.
Crac de 1929 – El suicidio de Durkheim – Pánico bancario – Burbuja financiera – La manía ferroviaria británica
Fuentes
- John Kenneth GalbraithThe Great Crash, 1929Houghton Mifflin, Boston1955
- Feijun Luo, Curtis S. Florence, Myriam Quispe-Agnoli, Lijing Ouyang y Alexander E. CrosbyImpact of Business Cycles on US Suicide Rates, 1928-2007American Journal of Public Health, 101 (6), pp. 1139-11462011enlace
- Émile DurkheimLe suicide. Étude de sociologieFélix Alcan, París1897