La tectónica de placas es la teoría que explica cómo se mueve y se transforma la superficie de la Tierra. Según ella, la capa exterior rígida del planeta, la litosfera, está dividida en una docena de grandes placas y muchas más pequeñas, que se desplazan sobre un manto caliente y lentamente deformable. Se mueven a la velocidad a la que crecen las uñas, entre uno y diez centímetros al año. En sus bordes se concentran casi todos los terremotos y volcanes, se levantan las cordilleras y se abren y cierran los océanos.
La idea de que los continentes se mueven es antigua. Desde que hubo mapas fiables del Atlántico, muchos observadores notaron que la costa de Sudamérica parece encajar con la de África como las piezas de un rompecabezas. En 1858 el geógrafo Antonio Snider-Pellegrini publicó un mapa con los dos continentes unidos, aunque lo explicaba con el diluvio universal.

Quien convirtió esa intuición en una teoría fue el meteorólogo alemán Alfred Wegener. En 1912 presentó su hipótesis de la deriva continental, que desarrolló en un libro en 1915: hace unos 300 millones de años todos los continentes formaban un supercontinente, que llamó Pangea, y desde entonces se habían ido separando. Reunió pruebas de varias disciplinas. Había fósiles idénticos de un mismo reptil de agua dulce, el mesosaurio, en Brasil y en Sudáfrica, y de un mismo helecho, el Glossopteris, en todos los continentes del sur. Había formaciones rocosas que se interrumpían en una costa y continuaban en la otra, y rastros de antiguos glaciares en la India y África, hoy tropicales.

La mayoría de los geólogos rechazó la propuesta, sobre todo en Estados Unidos y en el Reino Unido. Las pruebas eran sugerentes, pero Wegener no tenía un mecanismo convincente. Sostenía que los continentes surcaban el fondo oceánico como barcos, empujados por la rotación terrestre y las mareas, y los físicos demostraron que esas fuerzas eran demasiado débiles. Para explicar los fósiles compartidos se prefería imaginar puentes de tierra hundidos después. El debate quedó dormido durante décadas.
La solución vino del fondo del mar, que nadie había mirado de cerca. Después de la Segunda Guerra Mundial, los sonares militares y los magnetómetros permitieron cartografiar los océanos. Marie Tharp y Bruce Heezen dibujaron una cordillera submarina de miles de kilómetros que recorría el centro del Atlántico, con un valle hundido en su eje. Harry Hess propuso en 1962 que en esas dorsales sale material del manto, se enfría, forma nuevo fondo oceánico y se aleja hacia los lados como una cinta transportadora.
La prueba llegó en 1963. Frederick Vine y Drummond Matthews observaron que las rocas del fondo marino, a ambos lados de la dorsal, guardan una magnetización en bandas paralelas que alternan la polaridad normal e invertida del campo magnético terrestre, que se invierte cada cierto tiempo. Las bandas eran simétricas, como un registro grabado a medida que el fondo se creaba y se separaba. En pocos años, J. Tuzo Wilson describió las fallas que unen los tramos de dorsal y Dan McKenzie y Robert Parker mostraron que el movimiento se describe como el de placas rígidas sobre una esfera. Hacia 1968 la tectónica de placas era ya la teoría dominante de la geología.
La teoría distingue tres tipos de bordes. En los divergentes las placas se separan y se crea corteza nueva, como en la dorsal atlántica, que asoma en Islandia, o en el valle del Rift africano. En los convergentes, una placa oceánica se hunde bajo otra en una zona de subducción, que produce fosas profundas, terremotos violentos y volcanes como los de los Andes y Japón. Cuando chocan dos continentes, ninguno se hunde y se pliegan en grandes cordilleras: así se formaron el Himalaya y las cordilleras alpinas. En los bordes transformantes, como la falla de San Andrés en California, las placas se deslizan de lado, una contra otra.
El motor del movimiento es el calor interno del planeta, que mueve el manto por convección, aunque hoy se piensa que el tirón de las placas que se hunden en la subducción pesa tanto o más. La península ibérica es un buen ejemplo de la historia que cuenta la teoría. Su giro respecto a Europa abrió el golfo de Bizkaia y, al cerrarse contra el continente, levantó los Pirineos. El empuje de África, que sigue avanzando hacia el norte, explica las cordilleras Béticas y la mayor parte de los terremotos del sur peninsular.
Principio de superposición de estratos – Cambio climático – La selección natural – Eratóstenes y la medida de la Tierra
Fuentes
- Alfred WegenerDie Entstehung der KontinenteGeologische Rundschau 3, 276-2921912enlace
- Alfred WegenerThe Origin of Continents and OceansDover, Nueva York (traducción de la cuarta edición alemana, 1929)1966enlace
- Frederick J. Vine y Drummond H. MatthewsMagnetic Anomalies over Oceanic RidgesNature 199, 947-9491963enlace
- J. Tuzo WilsonA New Class of Faults and their Bearing on Continental DriftNature 207, 343-3471965enlace
- Dan P. McKenzie y Robert L. ParkerThe North Pacific: an Example of Tectonics on a SphereNature 216, 1276-12801967enlace