Se llama revolución de los precios a la subida general y sostenida de los precios que vivió Europa occidental durante el siglo XVI y los primeros decenios del XVII. En Castilla, según las series que reunió Earl Hamilton, los precios se multiplicaron por algo más de tres entre el comienzo y el final del siglo; en Inglaterra, en Francia y en Italia la subida fue parecida, con retrasos. La explicación que se enseñó durante generaciones es sencilla y tiene nombre propio: la plata de América, sobre todo la de Potosí, entró a raudales por Sevilla, había más dinero persiguiendo las mismas mercancías y los precios subieron. Es una explicación con parte de verdad y con dos problemas: la cronología no encaja del todo y la palabra «revolución» exagera bastante lo que pasó.
La idea de que la abundancia de metal hace subir los precios la formularon los propios contemporáneos. En 1556 el navarro Martín de Azpilcueta, que había sido catedrático en Salamanca y en Coímbra, escribió en su Comentario resolutorio de cambios que «en las tierras donde hay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles, y aun las manos y trabajos de los hombres, se dan por menos dinero que donde hay abundancia de él». Ponía como ejemplo que en Francia, con menos dinero que en España, el pan y el trabajo eran más baratos. Malestroit sostenía en París que los precios solo parecían subir porque se rebajaba el contenido de metal de la moneda. Doce años después de Azpilcueta, Jean Bodin le respondió que la causa principal era la llegada de oro y plata. Es uno de los primeros enunciados de lo que hoy se llama teoría cuantitativa del dinero, y lo escribieron personas que veían subir los precios en el mercado.

Earl Hamilton convirtió esa intuición en una tesis cuantitativa. En 1934 publicó las series de los metales llegados a Sevilla y las de precios de Andalucía, Castilla y Valencia, y mostró que ambas subían juntas a lo largo del siglo. Su libro fue durante décadas la referencia obligada y fijó la imagen de España como la puerta por la que la plata americana entró en Europa y la inflación con ella. El problema lo señalaron primero los historiadores españoles. Jordi Nadal, en un repaso de la cuestión publicado en 1959, hizo notar que los precios subieron más deprisa en la primera mitad del siglo, cuando la plata que llegaba era todavía poca, que en la segunda, cuando llegaba muchísima. Si la plata era la causa, su efecto había empezado antes de que llegara.
La explicación alternativa más sólida es demográfica. Europa salía en 1500 de un siglo y medio de población baja tras la peste negra, y durante el XVI la población creció deprisa. Más bocas y la misma tierra significan grano más caro, y en efecto los precios que más subieron fueron los de los alimentos, mientras los salarios se quedaban atrás. Jack Goldstone añadió un matiz: el crecimiento de las ciudades multiplicó los intercambios pagados en moneda y la velocidad con que circulaba el dinero, lo que tiene sobre los precios un efecto parecido al de tener más dinero. En Inglaterra, que apenas recibía plata americana de forma directa, los precios subieron tanto como en Castilla, y allí la rebaja de la moneda de Enrique VIII también contó.

La plata, además, no se quedó en España. Dennis Flynn propuso mirar el problema con el enfoque monetario de la balanza de pagos: la plata que llegaba a Sevilla salía enseguida para pagar importaciones, deudas de la Corona y ejércitos en Flandes e Italia, y se repartía por Europa. Por eso los precios subieron en todas partes y no solo en Castilla. Más tarde, con Arturo Giráldez, mostró que una parte enorme acabó en China, donde la plata valía más en relación con el oro que en Europa y donde el Estado Ming cobraba los impuestos en ese metal. La fundación de Manila en 1571 cerró un circuito comercial que unía Potosí, Acapulco, Manila y Cantón. La plata americana fue la primera mercancía verdaderamente mundial, y la inflación europea es solo una de sus consecuencias.
Queda la cuestión del tamaño. Multiplicar los precios por tres o por cuatro en un siglo equivale a una inflación media de entre el 1 % y el 1,5 % anual. Con los criterios de hoy, eso es una inflación por debajo del objetivo de cualquier banco central. Lo que la hizo notable fue que llegaba después de un siglo XV de precios estables o a la baja, que duró generaciones y que golpeó a los que vivían de rentas fijas: señores con tributos en dinero fijados en el pasado, pensionistas, asalariados cuyos jornales no seguían el precio del pan. Que los historiadores la llamaran revolución dice mucho de lo raro que era entonces ver subir los precios año tras año, y ayuda a entender el tamaño de lo que vino después con la hiperinflación alemana y la húngara.
Nivel general de precios – Dinero mercancía – Presiones inflacionistas – La hiperinflación alemana de 1923 – Crecimiento económico
Fuentes
- Martín de AzpilcuetaComentario resolutorio de cambiosSalamanca1556
- Jean BodinLa Response de maistre Jean Bodin aux paradoxes de monsieur de MalestroitMartin le Jeune, París1568
- Earl J. HamiltonAmerican Treasure and the Price Revolution in Spain, 1501-1650Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts)1934
- Jordi NadalLa revolución de los precios españoles en el siglo XVI. Estado actual de la cuestiónHispania, 19 (77), pp. 503-5291959
- Dennis O. FlynnA New Perspective on the Spanish Price Revolution: The Monetary Approach to the Balance of PaymentsExplorations in Economic History, 15 (4), pp. 388-4061978enlace
- Jack A. GoldstoneUrbanization and Inflation: Lessons from the English Price Revolution of the Sixteenth and Seventeenth CenturiesAmerican Journal of Sociology, 89 (5), pp. 1122-11601984enlace
- Dennis O. Flynn y Arturo GiráldezBorn with a «Silver Spoon»: The Origin of World Trade in 1571Journal of World History, 6 (2), pp. 201-2211995