La papisa Juana es la mujer que, según una historia que circuló por Europa desde el siglo XIII, llegó a ocupar la sede de Pedro disfrazada de hombre, gobernó la Iglesia algo más de dos años y fue descubierta al dar a luz en plena procesión por las calles de Roma. Durante tres siglos la contaron cronistas dominicos y franciscanos, la esculpieron en la catedral de Siena y la citaron obispos en concilios, sin que nadie en la Iglesia la tuviera por un escándalo inventado. La desmontó por fin, en 1647, un pastor protestante. Ese orden de los hechos, que va contra lo que uno esperaría, es lo que hace del caso un buen ejercicio de crítica de fuentes.
La primera versión conocida es de hacia 1250 y la escribe un dominico de Metz, Jean de Mailly, en una crónica universal. No tiene nombre ni fecha precisa: habla de una mujer que, vestida de hombre, llegó a notario de la curia, a cardenal y a papa hacia el año 1100, y que se quedó encinta; al montar a caballo parió, fue atada por los pies a la cola del animal, arrastrada y lapidada. Otro dominico, Étienne de Bourbon, repitió el relato poco después. Las dos son noticias escuetas en obras de ejemplos para predicadores, donde la verdad de un caso importaba menos que su moraleja.

La forma canónica la fijó Martín de Opava, un dominico al servicio de la curia, en su Chronicon pontificum et imperatorum, hacia 1277. Ahí la historia recibe nombre, fecha y detalle: Juan el Inglés, nacido en Maguncia, sucesor de León IV, papa durante dos años, siete meses y cuatro días; había estudiado en Atenas vestida de hombre y enseñado en Roma con tanta fama que la eligieron por unanimidad; parió en la procesión del Laterano, entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente, y murió allí mismo. Desde entonces, añade Martín, los papas evitan esa calle. La crónica de Martín fue un éxito descomunal: se conservan cientos de manuscritos y se tradujo a varias lenguas. Lo que era un ejemplo de predicador pasó a ser un dato de manual.

A partir de ahí la papisa se instala en la cultura sin que nadie la discuta. Boccaccio le dedica un capítulo de De mulieribus claris. Hacia 1400, en la serie de bustos de papas que adorna la nave de la catedral de Siena, figura uno con la inscripción «Johannes VIII, foemina de Anglia». En 1415, en el concilio de Constanza, Jan Hus la cita como prueba de que la Iglesia puede tener una cabeza indigna, y ningún padre conciliar le replica que se trata de una fábula. La leyenda se adornó además con un objeto real: las sillas de pórfido con un hueco en el asiento que se usaban en la ceremonia de toma de posesión en el Laterano. Se contó que servían para verificar que el elegido era varón. Eran, con toda probabilidad, sillas antiguas reaprovechadas, y el rito de sentarse en ellas tenía un sentido litúrgico sin relación con la anatomía.

La Reforma cambió el uso de la historia, no su crédito. Los polemistas protestantes la convirtieron en prueba de la corrupción de Roma, y los católicos, a la defensiva, empezaron a buscarle los fallos. El busto de Siena fue retocado hacia 1600 y rebautizado como el papa Zacarías. Pero el golpe más serio vino de donde nadie lo esperaba: el calvinista francés David Blondel, uno de los eruditos protestantes más respetados de su tiempo, publicó en 1647 un Familier esclaircissement en el que demostraba, con los documentos en la mano, que la papisa no podía haber existido. Algunos correligionarios no se lo perdonaron.
El argumento de Blondel, que los historiadores posteriores solo han reforzado, es cronológico. León IV murió el 17 de julio de 855. Su sucesor, Benedicto III, fue elegido pocas semanas después, y hay pruebas de que ejercía en vida del emperador Lotario I, que murió el 29 de septiembre de ese mismo año: una moneda con los nombres de ambos y la correspondencia contemporánea de Hincmaro de Reims lo confirman. No queda hueco para dos años y siete meses. Tampoco lo hay hacia 1100, la fecha de Jean de Mailly. Y el silencio de las fuentes de los siglos IX a XII es completo: ni el Liber pontificalis, ni los cronistas, ni los enemigos del papado, que habrían tenido motivos de sobra para airear algo así, la mencionan. El primer testimonio llega cuatrocientos años después del supuesto hecho.

Si la papisa no existió, la pregunta interesante es por qué se creyó tanto tiempo. Ignaz von Döllinger, en 1863, apuntó a una explicación local: en Roma había una calle con una estatua y una inscripción que el vulgo leía como la tumba de una mujer papa, y la procesión, en efecto, daba un rodeo. Alain Boureau, en el estudio de referencia de 1988, ha ido más lejos: la historia nace en ambientes dominicos y franciscanos del siglo XIII, cuando el papado estaba construyendo su poder jurídico y los clérigos discutían qué hace legítimo a un papa, y la papisa funciona como caso límite, como el ejemplo que obliga a pensar si el cargo sobrevive a la indignidad de quien lo ocupa. Elisabeth Gössmann ha seguido cómo, más tarde, la figura sirvió también para discutir si una mujer podía ser sabia y ejercer autoridad.
La papisa Juana no fue una verdad que la Iglesia ocultó ni una calumnia que inventaron sus enemigos: la contaron durante tres siglos los propios clérigos, en crónicas oficiales de la curia, y la desmontó un protestante. El caso sirve para recordar dos cosas que se olvidan a menudo. Que la antigüedad de un relato no mide su verdad, porque lo que se ve en él con claridad es la época que lo escribió. Y que la crítica de fuentes funciona mejor cuando el crítico no gana nada con su conclusión, o incluso pierde, que es lo que le pasó a Blondel.
La Donación de Constantino y Lorenzo Valla – Los plomos del Sacromonte – Concilio ecuménico – Contramito – Fuentes históricas secundarias – Organización religiosa
Fuentes
- Jean de MaillyChronica universalis Mettensis, ed. Ludwig WeilandMonumenta Germaniae Historica, Scriptores 24, Hannover, 1879 (texto de hacia 1250)1879
- Martín de Opava (Martinus Polonus)Chronicon pontificum et imperatorum, ed. Ludwig WeilandMonumenta Germaniae Historica, Scriptores 22, Hannover, 1872 (texto de hacia 1277)1872
- Giovanni BoccaccioDe mulieribus claris, cap. CI, ed. y trad. de Virginia BrownI Tatti Renaissance Library 1, Harvard University Press, 2001 (texto de hacia 1361)2001
- Hartmann SchedelLiber chronicarum (Crónica de Núremberg), fol. CLXIXAnton Koberger, Núremberg1493
- David BlondelFamilier esclaircissement de la question si une femme a esté assise au siège papal de Rome entre Léon IV et Benoist IIIBlaeu, Ámsterdam1647
- Johann Joseph Ignaz von DöllingerDie Papst-Fabeln des MittelaltersLiterarisch-artistische Anstalt, Múnich1863
- Alain BoureauLa Papesse JeanneAubier, París1988
- Alain BoureauThe Myth of Pope Joan, trad. de Lydia G. CochraneUniversity of Chicago Press2001
- Elisabeth GössmannMulier Papa. Der Skandal eines weiblichen Papstes. Zur Rezeptionsgeschichte der Gestalt der Päpstin JohannaIudicium, Múnich1994
- Peter StanfordThe She-Pope: A Quest for the Truth behind the Mystery of Pope JoanHeinemann, Londres1998
- Craig M. RusticiThe Afterlife of Pope Joan: Deploying the Popess Legend in Early Modern EnglandUniversity of Michigan Press, Ann Arbor2006
- Philippe Levillain (dir.)Dictionnaire historique de la papauté, entrada «Papesse Jeanne»Fayard, París1994
- Louis Duchesne (ed.)Le Liber pontificalis, vol. 2Ernest Thorin, París1892