La imagen popular de Florence Nightingale es la de una mujer con una lámpara que recorre de noche los pasillos de un hospital militar, consolando a los heridos. La imagen es cierta, la prensa británica la llamó así, the Lady with the Lamp, pero deja fuera lo más importante. Nightingale fue también una de las primeras personas que usó la estadística para cambiar una política pública, y lo hizo con un gráfico que todavía hoy se enseña. En 1858 se convirtió en la primera mujer admitida en la Real Sociedad de Estadística de Londres.
Nació en 1820 en una familia rica e ilustrada, y su padre le enseñó matemáticas, algo muy poco habitual para una muchacha de su tiempo. Tuvo que pelear con su familia para hacerse enfermera, un oficio que entonces se consideraba poco respetable. En 1854, con la Guerra de Crimea en marcha, el gobierno la envió al frente con 38 enfermeras para hacerse cargo del hospital militar de Scutari, en un antiguo cuartel turco a las afueras de Constantinopla.
Lo que encontró fue espantoso. El edificio estaba construido sobre cloacas rotas, había ratas y piojos, faltaban mantas, jabón y comida, y los soldados enfermos se amontonaban en los pasillos. Pero lo que más llamó la atención de Nightingale, que anotaba todo con minuciosidad, fue de qué morían. La mayoría de los muertos no caían por las balas ni por las heridas, sino por lo que entonces se llamaban enfermedades zimóticas, las infecciosas: cólera, tifus, disentería. En el peor mes, el invierno de 1855, la mortalidad del ejército de Oriente era tan alta que, mantenida durante un año entero, habría acabado con todos los soldados y aún habría faltado gente. Morían más hombres en los hospitales que en el campo de batalla.
En marzo de 1855 llegó a Scutari una comisión sanitaria enviada desde Londres, que limpió las cloacas, ventiló las salas y mejoró el agua. La mortalidad se desplomó en pocos meses. Para Nightingale, la conclusión era evidente: la mayor parte de aquellas muertes se podía haber evitado con higiene, y el ejército debía reformar sus hospitales para que no volviera a ocurrir. Cuando volvió a Inglaterra, convertida en heroína nacional, se propuso convencer al gobierno, a la reina y a la opinión pública. Sabía que las tablas de números no las leía casi nadie, y buscó una forma de que los datos entraran por los ojos.
Con ayuda del estadístico William Farr, el gran experto en estadísticas de salud del Reino Unido, preparó una serie de diagramas. El más famoso es este.

Se llama diagrama de área polar, y a veces rosa de Nightingale. Funciona como un reloj: cada una de las doce cuñas es un mes, y lo grande que es cada cuña dice cuántos soldados murieron ese mes. Dentro de cada cuña, los colores separan las causas. La rosa de la derecha es el primer año de guerra, de abril de 1854 a marzo de 1855, y la de la izquierda, el segundo. Basta un vistazo para entender el mensaje: la inmensa mayoría de la superficie es azul, es decir, muertes por enfermedades evitables, mientras que las rosadas, las de las heridas de guerra, son una franja pequeña en el centro. Y la rosa del segundo año, la de después de la limpieza, es mucho más pequeña.
Hay un detalle técnico que Nightingale cuidó y que muchos gráficos modernos olvidan. En sus cuñas, lo que es proporcional al número de muertos es el área, no el radio. Si un mes murieron el doble de soldados que otro, su cuña no es el doble de larga, sino que tiene el doble de superficie, lo que significa que su radio es solo un 41 por ciento mayor. Es la forma honesta de hacerlo, porque el ojo compara superficies. Si hubiera dibujado los radios proporcionales a los muertos, los meses malos habrían parecido cuatro veces peores en lugar del doble, que es justo uno de los trucos de los que habla cómo mentir con gráficos.
Eso no quiere decir que el diagrama sea perfecto. Los especialistas en visualización señalan que los ángulos y las áreas son difíciles de comparar con precisión, y que unas barras puestas una al lado de la otra habrían permitido leer las cifras exactas con más facilidad. Algunos historiadores han apuntado además que Nightingale eligió bien qué meses comparar para que el contraste entre el antes y el después fuera rotundo. Pero el objetivo de Nightingale no era que el lector leyera cifras exactas, sino que entendiera una idea en tres segundos y no la olvidara. Ese objetivo lo cumplió de sobra. Ella misma decía que sus diagramas estaban pensados para afectar a través de los ojos lo que no se lograba transmitir al público a través de sus oídos, poco dispuestos a escuchar.
Los resultados fueron enormes. Sus informes llevaron a crear una comisión real sobre la salud del ejército, a reformar los hospitales militares y a fundar una escuela de medicina militar. Más tarde aplicó los mismos métodos a la salud pública de la India y a los hospitales civiles británicos, insistiendo siempre en lo mismo: hay que recoger datos con un formato común, compararlos y usarlos para decidir. Llegó a proponer formularios estándar para que todos los hospitales registraran las enfermedades y las muertes de la misma manera, porque se dio cuenta de que cada uno contaba a su modo y era imposible compararlos.
Hay una ironía en la historia. Nightingale no creía en los gérmenes: durante buena parte de su vida pensó, como la mayoría de sus contemporáneos, que las enfermedades se transmitían por el aire viciado. Acertó en las soluciones, limpiar, ventilar y llevar agua limpia, por razones parcialmente equivocadas, igual que los ingenieros que construyeron las cloacas de Londres después de la epidemia de cólera que estudió John Snow. Los datos le dijeron qué funcionaba antes de que la ciencia supiera explicar por qué.
Su legado es doble. Para la enfermería, fue quien la convirtió en una profesión con formación y reglas. Para la estadística, fue una de las primeras en entender que un número solo sirve si llega a quien tiene que tomar la decisión, y que para eso hay que contarlo bien. Pocos años después, al otro lado del canal de la Mancha, un ingeniero francés retirado iba a demostrar lo mismo con otro desastre militar, la campaña de Napoleón en Rusia, en lo que muchos consideran el mejor gráfico estadístico jamás dibujado: el mapa de Minard.
Fuentes
- Florence NightingaleNotes on Matters Affecting the Health, Efficiency, and Hospital Administration of the British ArmyHarrison and Sons, Londres1858
- Lee BrasseurFlorence Nightingale's Visual Rhetoric in the Rose DiagramsTechnical Communication Quarterly 14 (2)2005enlace
- Lynn McDonaldFlorence Nightingale at First HandContinuum, Londres2010
- Hugh SmallFlorence Nightingale: Avenging AngelConstable, Londres1998