La burbuja de los Mares del Sur

Newton, la empresa que nadie sabía qué hacía y la ruina de Inglaterra: qué queda en pie de la burbuja de 1720 después de tres siglos de anécdotas.

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La burbuja de los Mares del Sur es la subida y el desplome de las acciones de la South Sea Company en Londres durante 1720. En enero la acción cotizaba alrededor de 130 libras; a finales de junio rozó las 1.000; en octubre había caído por debajo de 200. Es, con la tulipomanía, el ejemplo con el que se abre casi cualquier libro sobre burbujas, y como la tulipomanía viaja acompañada de tres o cuatro anécdotas que todo el mundo repite. Lo curioso de este caso es que la investigación reciente no las tumba todas: a una le quita la gracia, a otra le quita el dramatismo y a la más famosa, la de Newton, le da la razón con números.

La compañía se fundó en 1711 con un nombre que prometía comercio con la América española, pero su negocio de verdad fue siempre la deuda pública. El Estado británico arrastraba la factura de dos guerras y un montón de títulos dispersos, caros de pagar y difíciles de vender. La idea era canjearlos por acciones de la compañía: los acreedores del Estado entregaban sus bonos y recibían acciones, y el Estado pasaba a deber una sola suma, a un interés menor, a una sola sociedad. En 1720 el Parlamento aprobó una conversión enorme con una rendija decisiva: no fijaba a cuántas acciones tenía derecho cada acreedor. Cuanto más alto cotizara la acción, menos acciones hacía falta entregar por cada libra de deuda, y más le sobraban a la compañía para vender en el mercado. Subir el precio era, literalmente, el plan de negocio.

Recibo manuscrito de 1720 por una transferencia de acciones de la South Sea Company, con el nombre de la compañía, las firmas y las cantidades escritas a pluma
Fig. 1 Recibo de una transferencia de acciones de la South Sea Company, Londres, 22 de junio de 1720: 4.000 libras pagadas por 1.000 libras de valor nominal. Dos días después la cotización tocó su máximo.South Sea Company · 1720 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

Para empujarlo, la compañía vendió acciones nuevas en suscripciones a plazos, prestó dinero a sus propios compradores con las acciones como garantía y repartió participaciones a políticos a precios de favor. En paralelo surgieron decenas de sociedades por acciones de todo tipo, y en junio el Parlamento aprobó la Bubble Act, que prohibía crear sociedades por acciones sin autorización real o parlamentaria. Durante mucho tiempo se leyó como una reacción contra la especulación. Hoy se sabe que la impulsó la propia South Sea Company, que quería quitarse competidores que absorbían el dinero de los inversores. Cuando en agosto empezó a perseguir a esas sociedades, la caída de sus precios arrastró a sus propios accionistas, que vendieron para cubrir pérdidas, y la bola de nieve rodó en la otra dirección.

Grabado de 1721 con una multitud en una plaza de Londres que monta en un tiovivo de madera mientras al fondo un monumento lleva una inscripción satírica y en primer plano una figura azota a otra
Fig. 2 The South Sea Scheme, William Hogarth, 1721. Los especuladores giran en un tiovivo mientras, en primer plano, el Interés propio descoyunta a la Honestidad en la rueda y la Villanía azota al Honor. Hogarth tenía veintitrés años y convirtió el episodio en una moraleja que se ha repetido desde entonces.William Hogarth · 1721 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

La anécdota más citada de 1720 es la de una sociedad anunciada como «compañía para llevar a cabo una empresa de gran provecho, pero sin que nadie sepa cuál es». Su promotor habría abierto una oficina en Cornhill a las nueve de la mañana, recaudado 2.000 libras en depósitos hasta las tres de la tarde y huido esa misma noche al continente. La cuenta Charles Mackay en 1841, que la copió casi palabra por palabra de la historia de John Oldmixon de 1735. Andrew Odlyzko revisó el caso y concluye que, tal como se cuenta, es apócrifa: los detalles no encajan con la forma en que se lanzaban las suscripciones aquel año. Añade que tampoco hace falta inventarla, porque hubo proyectos reales casi igual de vagos, y que una parte de los que circulaban eran sátiras que la gente tomó por verdaderas. Es más un resumen del ambiente que un suceso.

La segunda leyenda es la de la ruina general. Julian Hoppit, en un artículo titulado precisamente «Los mitos de la burbuja de los Mares del Sur», sostiene que el daño económico fue bastante menor de lo que se cree. Los inversores eran sobre todo gente acomodada de Londres y sus alrededores, no el país entero; las quiebras fueron muchas pero concentradas; y la economía británica siguió creciendo en la década siguiente. La idea de un desastre nacional se construyó después, en panfletos, sermones y grabados, y le vino bien a quien quería contar la historia como castigo del lujo y del juego. Tampoco se sostiene del todo que la Bubble Act frenara el desarrollo de las sociedades anónimas durante un siglo: su aplicación fue escasa.

Otro trabajo, el de Peter Temin y Hans-Joachim Voth, desmonta la idea de que todo el mundo estaba cegado. Reconstruyeron las operaciones del banco Hoare’s a partir de sus libros y encontraron que compró acciones sabiendo que estaban caras, las vendió antes del desplome y ganó dinero. Es decir, que al menos algunos inversores bien informados entraron en la burbuja a propósito, contando con que otros pagarían más. Frehen, Goetzmann y Rouwenhorst añadieron que la subida no fue un delirio sin objeto: las acciones que más subieron fueron las ligadas a novedades reales de la época, como el seguro marítimo y el comercio atlántico.

Y luego está Newton. Se cuenta que el físico ganó dinero al principio, volvió a comprar cerca del máximo, perdió 20.000 libras y dijo que podía calcular el movimiento de los cuerpos celestes pero no la locura de la gente. Odlyzko reconstruyó sus cuentas y la parte económica de la historia resulta cierta, e incluso corta: Newton había vendido con buenos beneficios en primavera, volvió a entrar en verano y sus pérdidas encajan con las 20.000 libras que mencionaba su sobrina según una fuente de 1797. La frase, en cambio, está retocada. La versión más antigua, recogida por Joseph Spence y publicada en 1820, dice solo que Newton, preguntado por si la subida seguiría, contestó que no podía calcular la locura de la gente, y parece situarla al principio de la burbuja. Los cuerpos celestes los añadieron otros.

Con todo esto a la vista, la burbuja de 1720 queda menos como una fábula de codicia colectiva y más como un problema de diseño. Una operación de deuda pública en la que la sociedad ganaba más cuanto más subía su propia acción, crédito barato para comprarla y una ley escrita para eliminar la competencia: con ese material no hacía falta una locura general para que el precio se disparara. Y el mismo año, al otro lado del canal, John Law montaba una operación parecida en Francia a una escala todavía mayor.

Burbuja financiera – La tulipomanía – John Law y la Compañía del Misisipi – Deuda pública – Pánico bancario

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Fuentes

  1. John CarswellThe South Sea BubbleCresset Press, Londres1960
  2. Julian HoppitThe Myths of the South Sea BubbleTransactions of the Royal Historical Society, 12, pp. 141-1652002enlace
  3. Peter Temin y Hans-Joachim VothRiding the South Sea BubbleAmerican Economic Review, 94 (5), pp. 1654-16682004enlace
  4. Rik G. P. Frehen, William N. Goetzmann y K. Geert RouwenhorstNew Evidence on the First Financial BubbleJournal of Financial Economics, 108 (3), pp. 585-6072013enlace
  5. Andrew OdlyzkoNewton's Financial Misadventures in the South Sea BubbleNotes and Records: the Royal Society Journal of the History of Science, 73 (1), pp. 29-592019enlace
  6. Andrew OdlyzkoAn Undertaking of Great Advantage, but Nobody to Know What It Is: Bubbles and GullibilityUniversidad de Minnesota, documento de trabajo2020enlace
Sarasola, Josemari (2025). "La burbuja de los Mares del Sur". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-burbuja-de-los-mares-del-sur/

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