La aversión a la pérdida es la constatación de que perder algo pesa más que ganar lo mismo. Si a alguien se le ofrece una apuesta a cara o cruz en la que gana ciento cincuenta euros con cara y pierde cien con cruz, la mayoría dice que no, aunque el valor esperado de la apuesta sea claramente positivo. Para que la apuesta se acepte suele hacer falta que el premio duplique aproximadamente al castigo, y de ahí sale el coeficiente que se repite en la literatura: las pérdidas pesan entre una vez y media y dos veces y media más que las ganancias equivalentes. No es cobardía ni mala aritmética. Es que las dos cosas no se evalúan con la misma vara.
La formularon Daniel Kahneman y Amos Tversky en 1979, en un artículo de la revista Econometrica titulado Prospect Theory, que es el trabajo más citado de la historia de esa revista. Lo que proponían era una alternativa descriptiva a la teoría de la utilidad esperada, que llevaba desde von Neumann describiendo cómo decidiría un agente racional y que fallaba sistemáticamente al describir cómo decide la gente. Su modelo tiene dos piezas. La primera es que no valoramos estados finales de riqueza sino cambios respecto a un punto de referencia, casi siempre la situación actual. La segunda es que la curva que traduce esos cambios en valor subjetivo es cóncava en las ganancias, convexa en las pérdidas y mucho más empinada en el lado de las pérdidas. Esa torcedura en el origen es la aversión a la pérdida, y de ella se deduce que la misma persona rechaza riesgos cuando está ganando y los busca cuando está perdiendo.

La consecuencia más estudiada es el efecto dotación: basta poseer algo para valorarlo más. En 1990, Kahneman, Jack Knetsch y Richard Thaler repartieron tazas de la Universidad de Cornell a la mitad de un grupo de estudiantes y abrieron un mercado entre ellos. La teoría económica predice que las tazas acaban en manos de quienes más las valoran, y que el reparto inicial da igual. Lo que ocurrió es que apenas hubo intercambios: los que tenían taza pedían de media unos siete dólares y los que no la tenían ofrecían unos tres. La taza no había cambiado; había cambiado el punto de referencia desde el que se miraba. El mismo mecanismo explica por qué cuesta tanto deshacerse de un coche viejo, por qué las garantías de devolución del dinero funcionan tan bien y por qué una prueba gratuita de treinta días convierte más que un descuento equivalente.
La asimetría también hace que la forma de contar un problema cambie la respuesta. En el experimento que Tversky y Kahneman llamaron el problema de la enfermedad asiática, se pide elegir entre dos programas para una epidemia que amenaza a seiscientas personas. Presentados como vidas salvadas, la mayoría prefiere el programa seguro que salva a doscientas. Presentados exactamente los mismos números como muertes, la mayoría prefiere el programa arriesgado. En los mercados financieros la huella se llama efecto disposición: los inversores venden demasiado pronto lo que sube y se aferran demasiado tiempo a lo que baja, porque vender con pérdida obliga a convertir en definitiva una pérdida que mientras no se realiza se puede seguir llamando temporal.

Fuera del laboratorio, la idea sostiene media economía del comportamiento. Las compañías de seguros viven de que pagar una prima pequeña y cierta resulta preferible a arriesgarse a una pérdida grande e improbable. Los negociadores saben que una concesión arrancada duele más que una ganancia no obtenida, y por eso el orden en que se ponen las cosas sobre la mesa importa. Las campañas políticas negativas funcionan porque el miedo a perder algo moviliza más que la promesa de ganar otro tanto. Y buena parte de la resistencia a cualquier reforma, por beneficiosa que sea en conjunto, viene de que los perdedores saben lo que pierden mientras los ganadores solo intuyen lo que ganarían. Kahneman recibió el Nobel de Economía en 2002; Tversky había muerto en 1996 y el premio no se concede a título póstumo.
Desde 2018 la idea está bajo revisión. David Gal y Derek Rucker sostienen que muchos de los resultados atribuidos a la aversión a la pérdida se explican igual de bien por la inercia o por la simple preferencia por no decidir, y que el coeficiente de dos surge de tareas diseñadas para encontrarlo. Hay trabajos que no reproducen el efecto dotación con comerciantes experimentados, y otros que lo encuentran solo cuando el objeto tiene valor simbólico. El estado actual es más matizado que el eslogan: la asimetría existe y es grande en decisiones nuevas, con dinero real y con pérdidas visibles, y se encoge o desaparece cuando quien decide tiene práctica, no se siente dueño de nada o se juega cantidades pequeñas. Que el número redondo se tambalee no devuelve el terreno a la utilidad esperada; lo que lo sustituye es un mapa más detallado de cuándo decide mal la gente y por qué.
Falacia del coste hundido – Efecto anclaje – El cisne negro – La falacia del jugador
Fuentes
- Daniel Kahneman y Amos TverskyProspect Theory: An Analysis of Decision under RiskEconometrica 47 (2), 263-2911979enlace
- Daniel Kahneman, Jack L. Knetsch y Richard H. ThalerExperimental Tests of the Endowment Effect and the Coase TheoremJournal of Political Economy 98 (6), 1325-13481990enlace
- Amos Tversky y Daniel KahnemanLoss Aversion in Riskless Choice: A Reference-Dependent ModelThe Quarterly Journal of Economics 106 (4), 1039-10611991enlace
- David Gal y Derek D. RuckerThe Loss of Loss Aversion: Will It Loom Larger Than Its Gain?Journal of Consumer Psychology 28 (3), 497-5162018enlace