La identidad personal es la respuesta que cada persona da, más o menos explícita, a la pregunta de quién es: el conjunto de rasgos, pertenencias, valores y recuerdos que reconoce como propios y que le permite sentirse la misma a lo largo del tiempo y distinta de los demás. Es la base sobre la que se construyen el autoconcepto y la autoestima, y su tesis contraintuitiva, la que la investigación más repite con métodos muy distintos, es que no hay un yo verdadero que encontrar si se busca bien: la identidad se fabrica con materiales que el entorno ofrece, y saberlo no la degrada, la explica.
La filosofía había planteado el problema antes que la psicología y ya había llegado a una conclusión incómoda. John Locke fundó la identidad en la continuidad de la memoria en 1690: lo que hace que uno sea la misma persona de hace diez años es el recuerdo encadenado, no una sustancia oculta. David Hume llevó la idea hasta el final en 1739: cuando se mira dentro de sí no encuentra ningún yo, solo un haz de percepciones que se suceden, y la identidad es una ficción útil que el hábito fabrica sobre ese flujo. La psicología experimental no ha podido refutar a Hume; lo que ha hecho es describir con precisión cómo se construye la ficción.
El punto de partida psicológico es William James, en 1890. En los Principios de psicología distinguió el yo que conoce del yo conocido, el sujeto que mira y el objeto que se ve al mirarse, y repartió este último en tres componentes: el material (el cuerpo y lo que posee), el social (las relaciones y lo que piensan de uno) y el espiritual (las facultades y disposiciones). Casi toda la psicología posterior de la identidad trabaja sobre la mitad del dibujo que James dejó hecha: el yo como objeto, observable, formable.

Antes del relato hay un cuerpo que se reconoce, y ese reconocimiento tampoco es un dato: es una conquista del desarrollo. En la prueba del espejo, aplicada a bebés por Beulah Amsterdam en 1972, se pinta una marca en la nariz del niño sin que se dé cuenta y se le pone ante un espejo: antes de los dieciocho meses la mayoría reacciona como si el reflejo fuera otro niño, y entre los dieciocho y los veinticuatro empiezan a tocarse la propia nariz, es decir, a usar el reflejo como información sobre sí mismos. Gordon Gallup Jr. había mostrado en 1970 lo mismo en chimpancés adultos tras exponerlos al espejo, mientras los macacos no pasaban la prueba por mucho entrenamiento que recibieran. Reconocerse no es lo natural; es un logro que delimita qué especies, y qué edades, pueden tener un yo en el sentido pleno.
La psicología del desarrollo puso ese yo en el tiempo. Erik Erikson describió en 1950 la adolescencia como la etapa cuyo conflicto propio es la identidad frente a la confusión de roles, y acuñó la expresión crisis de identidad, que en su uso original no designa una catástrofe sino un punto de decisión normal. James Marcia hizo operativa la idea en 1966 cruzando dos preguntas: si la persona ha explorado alternativas y si se ha comprometido con alguna. De la combinación salen cuatro estados: identidad lograda, moratoria (explora sin decidir), identidad hipotecada (se compromete sin haber explorado, con lo que heredó) y difusión (ni una cosa ni otra). El metaanálisis de Jane Kroger, Julia Martinussen y el propio Marcia en 2010, sobre 124 estudios longitudinales, matizó el calendario de Erikson: la identidad lograda gana terreno hasta bien entrados los treinta, y a los treinta y seis años solo alrededor de la mitad de las personas la ha alcanzado. La identidad no se cierra en la adolescencia; se sigue trabajando toda la vida activa.
La segunda corrección viene de la psicología social. Henri Tajfel y John Turner distinguieron en 1979 entre la identidad personal, lo que uno es como individuo, y la identidad social, lo que uno es en tanto que miembro de grupos. La distinción parece escolástica hasta que se ven los experimentos. En los estudios de grupo mínimo de Tajfel, publicados entre 1970 y 1971, unos chicos de unos catorce años se dividían en dos grupos por criterios triviales —preferencia por Kandinsky o por Klee, o incluso al azar— y después repartían puntos entre participantes anónimos de los dos grupos. El resultado, replicado decenas de veces, es que favorecían sistemáticamente al propio grupo, a veces eligiendo matrices que maximizaban la diferencia a favor de los suyos aunque eso supusiera ganar menos en términos absolutos. Una parte grande de lo que se vive como identidad propia es, en realidad, pertenencia, y cambia cuando cambia el grupo con el que uno se compara.
Con esos materiales se construye también la identidad narrativa, formulada por Dan McAdams en los años noventa: a partir de la adolescencia tardía la persona organiza su pasado, su presente y su futuro anticipado en una historia con protagonista, y esa historia, que se reescribe con cada versión que se cuenta, es la identidad. No hay un texto original debajo; hay una redacción continua sobre hechos que la memoria ya ha editado. Derek Parfit lo llevó a su extremo filosófico en 1984: en los casos límite, la duplicación, la pérdida gradual de recuerdos, la pregunta de si sigue siendo la misma persona no tiene respuesta, y sin embargo todo lo que importa —proyectos, relaciones, deberes— puede describirse sin ella. Lo que importa no es la identidad, sino lo que hace.
De ahí sale la objeción principal, que conviene formular con honestidad. La construcción tiene límites: no se puede ser cualquier cosa, porque los materiales los pone el entorno —los grupos disponibles, los roles que la sociedad ofrece a alguien de esa edad, ese sexo y esa clase, los relatos culturales sobre lo que es una vida bien contada—, y la teoría de Marcia, por ejemplo, toma como ideal la identidad lograda que encaja con una biografía individualista occidental, algo que la investigación transcultural ha cuestionado. Además, el yo narrativo se siente continuo aunque no lo sea: la memoria reconstruye, y las personas cambian de valores, de partido y de carácter más de lo que sus propias historias admiten.
Aun así, la herramienta sigue siendo útil exactamente donde más se la necesita: en las transiciones. Adolescencia, migración, rupturas, cambios de oficio son momentos en que los materiales disponibles cambian y la redacción hay que rehacerla. Buscarse no es excavar hasta dar con un núcleo intacto; es elegir entre lo que hay y comprometerse con ello a sabiendas, que es exactamente lo que Marcia llamaba identidad lograda.
Autoconcepto – Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias – Grupo de referencia – Identidad de género – Madurez emocional