El enfoque mixto de investigación, o investigación con métodos mixtos, es el que recoge y analiza datos cuantitativos y cualitativos en un mismo estudio y, sobre todo, los integra para responder a una pregunta que ninguno de los dos respondería bien por separado. Los números dicen cuánto, con qué frecuencia y en qué medida; las palabras, las observaciones y los documentos dicen cómo, por qué y qué significa para quienes lo viven. Un estudio mixto no consiste en añadir unas entrevistas a una encuesta para cubrir el expediente, sino en diseñar desde el principio cómo va a dialogar un tipo de dato con el otro.
La práctica es mucho más antigua que el nombre. El empresario británico Charles Booth quiso comprobar a finales del siglo XIX si era cierto, como afirmaba un panfleto socialista, que una cuarta parte de los londinenses vivía en la pobreza. Entre 1886 y 1903 su equipo recorrió la ciudad calle a calle, primero con los informes de los inspectores escolares, que visitaban todas las casas con niños, y después acompañando a los policías en sus rondas y anotando lo que veían en cuadernos. El resultado fueron los diecisiete volúmenes de Life and Labour of the People in London y unos mapas en los que cada calle aparecía coloreada según la condición de sus habitantes, del negro de la miseria al amarillo de las clases acomodadas. La cifra que obtuvo fue peor que la del panfleto: en torno al 30 % de la población vivía por debajo de la línea de pobreza que él mismo había definido.

Unos años después, W. E. B. Du Bois, el primer afroamericano doctorado en Harvard, recibió el encargo de estudiar a la población negra del Séptimo Distrito de Filadelfia. Entre 1896 y 1897 llamó a la puerta de todas las familias negras del distrito con un cuestionario sobre edad, ocupación, vivienda, ingresos y educación, y lo completó con observación directa, con estadísticas oficiales y con la historia de la comunidad desde la época colonial. The Philadelphia Negro (1899) es a la vez un censo, una etnografía y un libro de historia, y su argumento solo se sostiene gracias a esa mezcla: los problemas que la opinión blanca atribuía al carácter de los negros aparecían en las tablas asociados a la discriminación en el empleo y la vivienda, y en las entrevistas se veía cómo funcionaba esa discriminación en la vida diaria.


El ejemplo clásico del siglo XX es el estudio de Marienthal, un pueblo industrial austriaco en el que el cierre de la fábrica textil había dejado sin trabajo a casi todas las familias. En 1931 y 1932, Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel reunieron estadísticas de préstamos de la biblioteca y de suscripciones a periódicos, registros de comidas, diarios, redacciones escolares e historias de vida, y llegaron a cronometrar a los hombres que cruzaban la calle principal: los parados caminaban más despacio y se detenían más que los que conservaban el empleo. La conclusión, que el desempleo prolongado no conduce a la rebelión sino a la apatía y a la pérdida del sentido del tiempo, necesitaba las dos cosas: el cronómetro para medir y las entrevistas para entender.
A pesar de estos antecedentes, durante buena parte del siglo XX los métodos cuantitativos y cualitativos se vieron como bandos enfrentados. Los primeros se asociaban al paradigma positivista, que busca explicar y predecir; los segundos, al interpretativo, que busca comprender. En los años ochenta esa oposición se llamó la guerra de los paradigmas, y había quien sostenía que las dos visiones del conocimiento eran incompatibles y no podían mezclarse en un mismo estudio. La salida vino de la mano de la filosofía pragmatista de Charles S. Peirce, William James y John Dewey: si lo que importa es resolver bien el problema, hay que usar las herramientas que mejor lo resuelvan. R. Burke Johnson y Anthony Onwuegbuzie lo formularon en 2004 en un artículo que dio nombre a la etapa, «Mixed Methods Research: A Research Paradigm Whose Time Has Come».
Entre tanto, el campo había ido construyendo su vocabulario. Donald Campbell y Donald Fiske propusieron en 1959 medir cada rasgo psicológico con varios métodos para separar lo que se debe al rasgo de lo que se debe al instrumento, y la idea se generalizó con el nombre de triangulación. En 1989, Jennifer Greene, Valerie Caracelli y Wendy Graham revisaron 57 evaluaciones que combinaban métodos y distinguieron cinco razones para hacerlo: triangular, es decir, buscar la convergencia de resultados; complementar, ilustrando unos resultados con otros; desarrollar, usando los resultados de un método para diseñar el otro; iniciar, buscando contradicciones que abran preguntas nuevas; y expandir, ampliando el alcance del estudio. La enfermera y metodóloga Janice Morse inventó en 1991 una notación que todavía se usa: las mayúsculas indican el método dominante, una flecha la secuencia y un signo más la simultaneidad, de modo que «CUAN → cual» describe un estudio principalmente cuantitativo seguido de una fase cualitativa menor.

Los manuales actuales, con John Creswell y Vicki Plano Clark a la cabeza, reducen la variedad de estudios mixtos a unos pocos diseños básicos. En el diseño convergente se recogen a la vez datos cuantitativos y cualitativos sobre el mismo fenómeno, se analizan por separado y se comparan para ver si coinciden, se complementan o se contradicen. En el explicativo secuencial se empieza por una fase cuantitativa, normalmente una encuesta, y después se hacen entrevistas para explicar los resultados que la encuesta no aclara, como un dato inesperado o un grupo que se comporta de forma distinta. En el exploratorio secuencial se empieza al revés: entrevistas o grupos focales para conocer cómo piensa la gente sobre un tema poco estudiado, y con ese material se construye un cuestionario que después se aplica a una muestra grande. A estos tres se suman diseños más complejos que insertan una fase dentro de otra, como las entrevistas a participantes de un experimento, o que encadenan varias fases en programas de evaluación de varios años.
Un ejemplo muestra la lógica del diseño explicativo. Una universidad quiere saber por qué abandonan sus estudiantes de primer curso. La encuesta a toda la cohorte revela que el abandono es mucho mayor entre quienes trabajan más de veinte horas a la semana, pero también que, entre ellos, los que viven en residencias abandonan menos. Las entrevistas posteriores, elegidas precisamente entre estudiantes que trabajan, con y sin residencia, descubren el mecanismo: la residencia ofrece compañeros que pasan apuntes y avisan de los cambios de fecha, una red que compensa las clases perdidas. La encuesta encontró el patrón; las entrevistas lo explicaron; y la propuesta de intervención, crear grupos de estudio para estudiantes que trabajan, sale de la integración de ambas.
Esa integración es la parte más difícil y la que más se descuida. Muchos trabajos que se presentan como mixtos tienen en realidad dos estudios yuxtapuestos, uno cuantitativo y otro cualitativo, que nunca se miran entre sí. Integrar significa conectar las fases, usando por ejemplo los resultados de la encuesta para elegir a quién entrevistar; construir una fase sobre la otra; o fusionar los resultados en la discusión, a menudo con tablas conjuntas que ponen, para cada tema, el dato numérico al lado de las citas que lo ilustran o lo contradicen. Cuando los resultados discrepan, la discrepancia no es un fracaso, sino una de las informaciones más valiosas del estudio.
En el mundo hispanohablante la expresión enfoque mixto se popularizó sobre todo a través del manual de Roberto Hernández Sampieri, Carlos Fernández Collado y Pilar Baptista, Metodología de la investigación, que desde sus ediciones de la década de 2000 lo presenta como el tercer gran enfoque junto al cuantitativo y el cualitativo. Sus ventajas son claras: una visión más completa del fenómeno, la posibilidad de compensar las debilidades de cada método con las fortalezas del otro y resultados más convincentes para públicos distintos. Sus costes también: exige dominar dos tradiciones metodológicas, más tiempo y más recursos, y un criterio claro para decidir qué hacer cuando los datos no cuentan la misma historia. Por eso no conviene elegirlo por moda, sino cuando la pregunta de investigación tiene de verdad una parte que se mide y otra que se comprende.
Paradigma positivista – Paradigma pragmático – Triangulación metodológica – Encuesta – Grupo focal – Estudio de caso
Fuentes
- Charles BoothLife and Labour of the People in LondonMacmillan, Londres (17 vols.)1902
- W. E. B. Du BoisThe Philadelphia Negro: A Social StudyUniversity of Pennsylvania, Filadelfia1899
- Marie Jahoda, Paul F. Lazarsfeld y Hans ZeiselDie Arbeitslosen von MarienthalHirzel, Leipzig1933
- Donald T. Campbell y Donald W. FiskeConvergent and Discriminant Validation by the Multitrait-Multimethod MatrixPsychological Bulletin 56 (2), 81-1051959enlace
- Jennifer C. Greene, Valerie J. Caracelli y Wendy F. GrahamToward a Conceptual Framework for Mixed-Method Evaluation DesignsEducational Evaluation and Policy Analysis 11 (3), 255-2741989enlace
- Janice M. MorseApproaches to Qualitative-Quantitative Methodological TriangulationNursing Research 40 (2), 120-1231991enlace
- Abbas Tashakkori y Charles TeddlieMixed Methodology: Combining Qualitative and Quantitative ApproachesSage, Thousand Oaks1998
- R. Burke Johnson y Anthony J. OnwuegbuzieMixed Methods Research: A Research Paradigm Whose Time Has ComeEducational Researcher 33 (7), 14-262004enlace
- John W. Creswell y Vicki L. Plano ClarkDesigning and Conducting Mixed Methods ResearchSage, Thousand Oaks2007
- Roberto Hernández Sampieri, Carlos Fernández Collado y Pilar Baptista LucioMetodología de la investigación (6.ª ed.)McGraw-Hill, México2014