El proceso a Galileo fue el juicio que la Inquisición romana celebró en 1633 contra el astrónomo y físico italiano Galileo Galilei por haber defendido en un libro que la Tierra gira alrededor del Sol. Galileo, que tenía entonces sesenta y nueve años, fue declarado «vehementemente sospechoso de herejía», obligado a abjurar de rodillas y condenado a arresto domiciliario de por vida. Es el ejemplo que más se cita del choque entre la ciencia y la religión, y uno de los episodios peor contados de la historia, a menudo con más mito que documento.
Hay que empezar casi veinte años antes. En 1610 Galileo publicó El mensajero sideral, con lo que había visto apuntando al cielo un telescopio que él mismo había mejorado: montañas en la Luna, cuatro satélites girando alrededor de Júpiter, muchísimas más estrellas de las que se ven a simple vista. Poco después observó las fases de Venus, que encajaban mal con el sistema tradicional de Ptolomeo, en el que todo giraba alrededor de la Tierra, y muy bien con el de Copérnico, que había colocado el Sol en el centro en 1543. Galileo se convirtió en el gran defensor del heliocentrismo, y lo hizo con un talento literario y una agresividad polémica que le ganaron admiradores y enemigos a partes iguales.
El primer choque fue en 1616. Varios teólogos y frailes denunciaron que la idea de una Tierra en movimiento contradecía pasajes de la Biblia, como aquel en el que Josué ordena al Sol que se detenga. Galileo respondió que la Biblia enseña cómo se va al cielo, no cómo va el cielo, una frase que tomó de un cardenal. Pero en febrero de 1616 los consultores del Santo Oficio declararon que la tesis de que el Sol está inmóvil en el centro del mundo era «formalmente herética», y la Congregación del Índice suspendió el libro de Copérnico «hasta que se corrigiera». El cardenal Roberto Belarmino recibió a Galileo y le advirtió de que no debía sostener ni defender esa opinión. Galileo aceptó.

En 1623 fue elegido papa el cardenal Maffeo Barberini, Urbano VIII, florentino, culto y admirador de Galileo. Galileo creyó que había llegado su momento. En varias audiencias, el papa le dio a entender que podía escribir sobre los dos sistemas del mundo siempre que lo hiciera como hipótesis, sin afirmar que el de Copérnico era verdadero, y le sugirió un argumento final: que Dios, en su omnipotencia, podía haber producido los fenómenos de mil maneras que la razón humana no alcanza. Galileo trabajó años en el libro, y en 1632 publicó en Florencia, con todos los permisos eclesiásticos, el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo.
El Diálogo era una obra maestra y un error de cálculo. Tenía forma de conversación entre tres personajes: Salviati, que defendía a Copérnico con brillantez; Sagredo, un aficionado inteligente que se dejaba convencer; y Simplicio, defensor de Aristóteles y Ptolomeo, que salía siempre malparado. Y en boca de Simplicio puso Galileo, al final del libro, el argumento que le había sugerido el papa. Urbano VIII, que además estaba entonces políticamente acorralado y acusado de blando con los protestantes, se sintió ridiculizado. El libro se retiró de la venta y Galileo fue llamado a Roma.
El proceso se apoyó en un documento polémico. En los archivos del Santo Oficio apareció un acta de 1616 según la cual a Galileo no solo se le había advertido de que no defendiera la teoría, sino que se le había prohibido «sostenerla, enseñarla o defenderla de cualquier modo, de palabra o por escrito». Galileo aseguró no recordar esa prohibición tan estricta y presentó un certificado de Belarmino, ya fallecido, que solo hablaba de no sostenerla ni defenderla. Muchos historiadores han sospechado que el acta era irregular. Pero con ella en la mano, el Diálogo era una desobediencia.

Galileo fue interrogado varias veces entre abril y junio de 1633. No fue encarcelado en una celda; se alojó en las dependencias del Santo Oficio y en la embajada de Toscana. Tampoco fue torturado, aunque en el último interrogatorio se le amenazó formalmente con la tortura, un trámite habitual que no se llevó a cabo. El 22 de junio, en el convento dominico de Santa Maria sopra Minerva, escuchó la sentencia y leyó de rodillas una abjuración en la que declaraba que maldecía y detestaba sus errores. El Diálogo fue prohibido. La pena de prisión se cambió enseguida por arresto domiciliario en su villa de Arcetri, cerca de Florencia, donde vivió sus últimos nueve años, cada vez más ciego. Allí escribió su obra más importante para la física, los Discursos sobre dos nuevas ciencias, que hubo que publicar en Leiden, en los Países Bajos protestantes, en 1638.
La frase «eppur si muove», «y sin embargo se mueve», que habría murmurado al levantarse tras abjurar, es casi con seguridad una invención. Aparece por primera vez impresa en 1757, en un libro del escritor italiano Giuseppe Baretti publicado en Londres. Decirla delante de los inquisidores habría sido un suicidio. Sí existe un cuadro, de la década de 1640, que muestra a Galileo en prisión con la frase escrita en la pared, lo que sugiere que la leyenda circulaba poco después de su muerte. Expresa lo que muchos pensaban, pero no lo que ocurrió.
La rehabilitación fue lentísima. Las obras heliocéntricas dejaron de prohibirse de forma general en 1758, y el Diálogo salió del Índice en 1835. En 1979 Juan Pablo II encargó a una comisión que revisara el caso, y el 31 de octubre de 1992, en un discurso ante la Academia Pontificia de las Ciencias, reconoció que los teólogos de entonces se habían equivocado y que Galileo había entendido mejor que ellos la relación entre la ciencia y la Escritura. Para muchos fue una disculpa tardía e incompleta; para otros, un gesto importante.
El caso Galileo no fue una lucha limpia entre la razón y la fe. Hubo política, vanidades, rivalidades entre órdenes religiosas, un papa ofendido y un científico brillante pero poco prudente. Y Galileo no tenía todavía una prueba definitiva del movimiento de la Tierra; su argumento favorito, el de las mareas, era erróneo. Pero en lo esencial tenía razón, y fue condenado por unos jueces que confiaron más en el argumento de autoridad que en lo que mostraba el telescopio. Esa es la parte de la leyenda que sí es cierta.
Heliocentrismo – Argumento de autoridad – Falsacionismo y revoluciones científicas – El calendario gregoriano – Las cifras de la Inquisición española
Fuentes
- Maurice A. Finocchiaro (ed. y trad.)The Galileo Affair: A Documentary HistoryUniversity of California Press, Berkeley1989
- Annibale FantoliGalileo: For Copernicanism and for the ChurchVatican Observatory Publications, Ciudad del Vaticano1994
- Galileo GalileiDialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicanoGiovanni Battista Landini, Florencia1632
- Juan Pablo IIDiscurso a los participantes en la sesión plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias (31 de octubre de 1992)Santa Sede, Ciudad del Vaticano1992
- John L. HeilbronGalileoOxford University Press, Oxford2010