El concilio de Nicea fue la reunión de obispos cristianos que el emperador Constantino convocó en el año 325 en la ciudad de Nicea, la actual İznik, en el noroeste de Turquía. Es el primero de los llamados concilios ecuménicos, los que pretendían hablar en nombre de toda la Iglesia. Su gran asunto fue una disputa sobre quién era Jesucristo en relación con Dios Padre, y de él salió la primera versión del credo que todavía se recita en las misas de buena parte del mundo cristiano. También es uno de los episodios de la historia antigua sobre los que más leyendas circulan.
El contexto es imprescindible. Hasta pocos años antes, el cristianismo había sido una religión perseguida en el Imperio romano; la última gran persecución, la de Diocleciano, terminó hacia 311. En 313 Constantino y su colega Licinio garantizaron la libertad de culto, y Constantino, que se presentaba como protegido del Dios cristiano, quería una Iglesia unida que sirviera de cemento a un imperio que acababa de reunificar. Lo último que deseaba era un conflicto teológico que dividiera a las comunidades de Oriente. Y eso es exactamente lo que encontró.
La disputa había empezado en Alejandría hacia 318. Un presbítero llamado Arrio enseñaba que el Hijo, el Verbo de Dios que se encarnó en Jesucristo, era la primera y más excelsa de las criaturas, pero criatura al fin, creada por el Padre antes que todas las cosas. Su lema resumía la idea: «hubo un tiempo en que no era». Para Arrio, solo así se salvaba la unicidad absoluta de Dios. Su obispo, Alejandro, y el joven diácono Atanasio sostenían lo contrario: el Hijo era eterno y plenamente divino, engendrado y no creado. Lo que estaba en juego no era un matiz: si Cristo no era Dios, ¿cómo podía salvar a la humanidad?

Constantino intentó primero calmar las cosas por carta, sin éxito, y en 325 convocó a todos los obispos del imperio a Nicea, cerca de su residencia, con los gastos de viaje pagados por el Estado. Acudieron unos 250 o 300, casi todos de las provincias orientales de habla griega; el obispo de Roma, ya anciano, mandó dos presbíteros en su lugar. La tradición fijó más tarde la cifra en 318, número simbólico que coincidía con el de los criados de Abraham en el Génesis. El emperador inauguró la asamblea en persona, vestido de púrpura y oro, según el relato del obispo Eusebio de Cesarea, que estuvo allí.
El resultado fue una derrota rotunda de Arrio. El concilio aprobó una fórmula de fe que afirmaba que el Hijo era «Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre». La expresión clave era la palabra griega homoousios, «consustancial» o «de la misma sustancia», que no aparece en la Biblia y que a muchos obispos les resultaba incómoda precisamente por eso. Al final del credo se añadían condenas explícitas a las frases de Arrio. Solo dos obispos se negaron a firmar, y fueron desterrados junto con Arrio.
El concilio trató otros asuntos. Fijó un criterio común para celebrar la Pascua en el mismo domingo en todas las iglesias, independiente del calendario judío, aunque sin establecer un método de cálculo detallado. Aprobó una veintena de cánones sobre disciplina: cómo se elegía a un obispo, qué hacer con quienes habían renegado durante las persecuciones, la prohibición de que los clérigos prestaran dinero con interés, y la autoridad de las grandes sedes de Alejandría, Antioquía y Roma sobre sus regiones.
Lo que Nicea no hizo es casi tan interesante. No decidió qué libros formaban la Biblia; el canon se fue fijando a lo largo de los siglos III y IV por otras vías, y Nicea no lo discutió. No «votó la divinidad de Jesús» como si fuera una idea nueva inventada por Constantino, una tesis popularizada por novelas recientes: los cristianos adoraban a Cristo como divino desde el siglo I, y lo que se discutía en 325 era cómo entender esa divinidad. Tampoco hubo el famoso bofetón de san Nicolás de Bari a Arrio, una leyenda que aparece siglos más tarde y que, sin embargo, se representa en muchos iconos.
Y, sobre todo, Nicea no resolvió la disputa. En los años siguientes el viento cambió varias veces. Constantino se reconcilió con Arrio y desterró a Atanasio. El propio emperador fue bautizado en su lecho de muerte, en 337, por un obispo afín a los arrianos. Sus sucesores favorecieron posiciones intermedias, y durante medio siglo hubo concilios contra concilios. El credo de Nicea solo se impuso de forma definitiva en el concilio de Constantinopla de 381, que lo amplió con un apartado sobre el Espíritu Santo. Esa versión ampliada, el credo niceno-constantinopolitano, es la que se reza hoy. El arrianismo, mientras tanto, siguió vivo durante siglos entre los pueblos germánicos, que se habían convertido de la mano de misioneros arrianos. Los visigodos de Hispania no lo abandonaron hasta el tercer concilio de Toledo, en 589.
Nicea dejó dos herencias que van más allá de la teología. La primera es el modelo del concilio ecuménico, la idea de que las grandes cuestiones de fe se resuelven en una asamblea de obispos de todo el orbe. La segunda es una relación estrecha y ambigua entre el poder político y la Iglesia: un emperador que convoca, preside, paga y ejecuta las condenas. Esa relación marcaría la historia de Europa durante más de mil años, en la donación de Constantino, en el cisma de Oriente y en tantas otras cosas.
Concilio ecuménico – Jesucristo – El cisma de Oriente de 1054 – La donación de Constantino y Lorenzo Valla – El calendario gregoriano
Fuentes
- Eusebio de CesareaVida de Constantino (libro III, 6-22)Trad. de Martín Gurruchaga, Gredos, Madrid1994
- Richard P. C. HansonThe Search for the Christian Doctrine of God: The Arian Controversy, 318-381T&T Clark, Edimburgo1988
- Lewis AyresNicaea and Its Legacy: An Approach to Fourth-Century Trinitarian TheologyOxford University Press, Oxford2004
- Rowan WilliamsArius: Heresy and TraditionDarton, Longman and Todd, Londres1987