El experimento de la cárcel de Stanford es un estudio que el psicólogo Philip Zimbardo dirigió en agosto de 1971 en la Universidad de Stanford, en California. Convirtió el sótano del departamento de psicología en una prisión improvisada, repartió al azar a un grupo de estudiantes entre guardias y presos, y lo que estaba previsto para dos semanas se suspendió al sexto día porque los guardias humillaban a los presos y algunos presos se derrumbaban. Durante cincuenta años se contó como la prueba de que una situación de poder basta para convertir a gente normal en maltratadores. Hoy se sabe que la historia es bastante más complicada.
Zimbardo publicó un anuncio en la prensa local buscando estudiantes para «un estudio psicológico sobre la vida en prisión», a quince dólares al día. De los que respondieron eligió a veinticuatro jóvenes, sanos y sin antecedentes, y los dividió a cara o cruz: la mitad serían guardias y la otra mitad, presos. Un domingo por la mañana, la policía de Palo Alto, que colaboraba con el estudio, detuvo a los presos en sus casas, los esposó, les tomó las huellas y los llevó a la «cárcel», donde los desnudaron, los despiojaron, les dieron una bata con un número y les pusieron una cadena en el tobillo. Los guardias llevaban uniforme caqui, porra y gafas de sol de espejo para que no se les vieran los ojos. Zimbardo hacía de director de la prisión.

Lo que ocurrió en los días siguientes es lo que ha hecho famoso el estudio. El segundo día, los presos se amotinaron y los guardias respondieron con extintores, dejando a los cabecillas desnudos y aislados. A partir de ahí, los guardias impusieron recuentos nocturnos interminables, flexiones como castigo, la prohibición de ir al baño por la noche y humillaciones de tono sexual. Uno de ellos, al que los presos apodaron «John Wayne», se volvió especialmente cruel. El preso 8612 sufrió una crisis de llanto y rabia a las treinta y seis horas y fue liberado. Al sexto día, Christina Maslach, una joven psicóloga que salía con Zimbardo, visitó la prisión, quedó horrorizada y le convenció de que lo parara. El 20 de agosto el experimento terminó.
Zimbardo concluyó que el comportamiento de los guardias no se debía a su carácter, porque habían sido elegidos al azar, sino a la situación: el uniforme, el anonimato, el poder y el papel que se les había dado. Esa idea se convirtió en una de las más citadas de la psicología, apareció en casi todos los manuales, inspiró películas y documentales y el propio Zimbardo la usó en 2004 para explicar los abusos de los soldados estadounidenses en la prisión iraquí de Abu Ghraib.
Las críticas empezaron pronto, pero la revisión más dura llegó en 2018 y 2019, cuando el investigador francés Thibault Le Texier estudió los archivos del experimento, que incluyen grabaciones, notas y documentos internos. Encontró que los guardias no improvisaron su dureza: antes de empezar, Zimbardo y su equipo los reunieron y les explicaron que debían crear en los presos una sensación de miedo, de arbitrariedad y de pérdida de control, y durante el estudio los animaron a ser más duros cuando se mostraban blandos. El guardia «John Wayne» declaró después que estaba interpretando un papel, inspirado en una película, para darle al experimento lo que creía que se esperaba de él. Y el preso 8612, Douglas Korpi, contó en 2017 que su crisis fue en parte fingida porque quería salir para estudiar sus exámenes y no le dejaban irse.
A eso se suman otros problemas de método. El estudio nunca se publicó como un artículo completo en una revista de psicología con revisión por pares: lo que hay son informes breves, sobre todo en una revista de la Marina estadounidense, que lo financiaba, y en una revista de criminología. Zimbardo era a la vez investigador y director de la cárcel, así que no podía observar con distancia lo que él mismo alimentaba. Y un estudio de 2007 comprobó que el simple anuncio, al mencionar «la vida en prisión», atraía a personas con más tendencia a la agresividad y el autoritarismo que un anuncio igual sin esas palabras.
La prueba más interesante vino de un intento de repetirlo. En 2002, los psicólogos Stephen Reicher y Alexander Haslam organizaron con la BBC un estudio parecido, con controles éticos más estrictos y sin indicaciones a los guardias sobre cómo comportarse. El resultado fue casi el contrario: los guardias no llegaron a formar un grupo cohesionado, dudaban en ejercer su autoridad, y fueron los presos quienes se organizaron y acabaron desafiando el régimen. Cuando la situación no dicta un papel claro, las personas no se vuelven crueles por sí solas.
Lo que queda del experimento de Stanford no es la idea de que el mal nace sin más de una situación, sino otra más útil: los abusos en un grupo aparecen cuando alguien con autoridad los legitima, define lo que se espera y premia a quien se adapta. Por eso los psicólogos que lo han revisado insisten en mirar el papel de los líderes y de las normas del grupo, y no solo el uniforme. El estudio, además, se ha convertido en un ejemplo de manual de cómo un resultado muy llamativo puede sostenerse durante décadas sin que casi nadie revise cómo se obtuvo, algo que la crisis de la replicabilidad ha puesto en el centro de la psicología.
El experimento de Milgram – Presión de grupo – Estereotipos – Replicabilidad – Efecto Hawthorne – Método experimental
Fuentes
- Craig Haney, Curtis Banks y Philip ZimbardoInterpersonal Dynamics in a Simulated PrisonInternational Journal of Criminology and Penology 1, pp. 69-971973
- Philip ZimbardoThe Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn EvilRandom House, Nueva York2007
- Thibault Le TexierDebunking the Stanford Prison ExperimentAmerican Psychologist 74 (7), pp. 823-8392019enlace
- Stephen Reicher y S. Alexander HaslamRethinking the Psychology of Tyranny: The BBC Prison StudyBritish Journal of Social Psychology 45 (1), pp. 1-402006enlace
- Thomas Carnahan y Sam McFarlandRevisiting the Stanford Prison Experiment: Could Participant Self-Selection Have Led to the Cruelty?Personality and Social Psychology Bulletin 33 (5), pp. 603-6142007enlace