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El experimento de Milgram

El experimento de Milgram es el estudio de psicología social más famoso de la historia. Entre 1961 y 1962, el psicólogo Stanley Milgram, entonces profesor en la Universidad de Yale, comprobó que dos de cada tres personas corrientes estaban dispuestas a administrar a un desconocido descargas eléctricas de 450 voltios, marcadas como peligrosas, solo porque un hombre con bata gris les decía que el experimento lo requería. Nadie recibió en realidad ninguna descarga, pero los participantes no lo sabían.

Milgram empezó a trabajar en el experimento en agosto de 1961, pocos meses después de que comenzara en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann, el funcionario nazi que organizó la deportación de millones de judíos y que se defendía diciendo que solo cumplía órdenes. La pregunta de Milgram era directa: ¿hace falta un carácter especial para obedecer órdenes crueles, o basta con estar en la situación adecuada?

Anuncio de periódico que ofrece cuatro dólares por una hora de tiempo para participar en un estudio sobre la memoria en la Universidad de Yale
Fig. 1 El anuncio con el que Milgram reclutó a sus participantes en New Haven: cuatro dólares por una hora, para un supuesto «estudio sobre la memoria».Stanley Milgram, Universidad de Yale · 1961 · Dominio público · Wikimedia Commons

El montaje era sencillo. Milgram publicó anuncios en la prensa de New Haven buscando voluntarios para un «estudio sobre la memoria y el aprendizaje», a cuatro dólares la hora. Al llegar al laboratorio, cada participante conocía a otro supuesto voluntario, un contable de mediana edad y aspecto afable, y un sorteo amañado decidía que el participante haría de «maestro» y el otro de «alumno». El alumno era atado a una silla con electrodos en la muñeca, y el maestro pasaba a una sala contigua, frente a una máquina con treinta interruptores que iban de 15 a 450 voltios, rotulados desde «descarga leve» hasta «peligro: descarga grave» y, en los dos últimos, simplemente «XXX». Cada vez que el alumno fallaba una pregunta, el maestro debía darle una descarga, subiendo 15 voltios cada vez.

El alumno era un actor y la máquina no estaba conectada, pero todo lo demás estaba pensado para parecer real. A partir de cierto voltaje, el alumno protestaba, golpeaba la pared y, al final, dejaba de responder; en versiones posteriores, además, gritaba, pedía que le dejaran salir y decía que le dolía el corazón. Cuando el maestro dudaba, el experimentador, serio y sin levantar la voz, recurría a una serie fija de frases: «Por favor, continúe», «El experimento requiere que continúe», «Es absolutamente esencial que continúe» y, por último, «No tiene otra opción, debe continuar».

Antes de publicar los resultados, Milgram preguntó a psiquiatras y a estudiantes cuántas personas creían que llegarían hasta el final, y la mayoría respondió que muy pocas, una fracción mínima con algún rasgo patológico. El resultado fue otro: en el primer estudio, 26 de los 40 participantes, el 65 %, llegaron a los 450 voltios, y ninguno se detuvo antes de los 300. No lo hicieron con frialdad. Sudaban, temblaban, se reían de nervios, protestaban y pedían al experimentador que comprobara si el alumno estaba bien, pero siguieron.

En los años siguientes Milgram repitió el experimento con más de una veintena de variantes y unos 780 participantes, y esas variantes son lo más interesante del estudio, porque muestran qué hace subir o bajar la obediencia. Cuando el maestro tenía que sujetar la mano del alumno sobre una placa para darle la descarga, solo obedeció hasta el final el 30 %. Cuando el experimentador daba las órdenes por teléfono, la cifra bajaba al 20 %. Cuando el laboratorio se trasladó a una oficina anodina de la ciudad de Bridgeport, sin el prestigio de Yale, se quedó en algo menos de la mitad. Y cuando junto al participante había otros dos maestros, también actores, que se negaban a continuar, solo el 10 % llegó al final. La obediencia dependía mucho de la situación: de la cercanía de la víctima, de la presencia de la autoridad y, sobre todo, de que alguien más se atreviera a decir que no.

El experimento fue muy criticado desde el principio por razones éticas. La psicóloga Diana Baumrind denunció en 1964 el sufrimiento al que se había sometido a los participantes sin informarles de verdad, y estudios como este llevaron a crear los comités de ética que hoy revisan cualquier investigación con personas. Por eso durante décadas no se pudo repetir. En 2009, Jerry Burger hizo en California una réplica parcial que se detenía en los 150 voltios, el punto en el que el alumno pedía por primera vez que le soltaran, y encontró que el 70 % de los participantes estaba dispuesto a seguir, algo menos que en el estudio original en ese mismo punto, pero sin una diferencia significativa.

La lectura clásica, la de que cualquier persona se convierte en verdugo si se lo ordena una autoridad, se ha matizado mucho. La investigadora Gina Perry revisó en 2012 las grabaciones y los archivos de Milgram y encontró que el experimentador se salía a menudo del guion, insistía muchas más veces de las cuatro previstas y que una parte de los participantes sospechaba que las descargas no eran reales. Los psicólogos Alexander Haslam y Stephen Reicher señalaron además un detalle revelador: la única frase que era una orden directa, «no tiene otra opción», casi nunca funcionaba, y quienes la oían solían plantarse. Lo que mantenía a la gente en su silla eran las apelaciones al experimento y a la ciencia. Según esta interpretación, los participantes no obedecían ciegamente, sino que se identificaban con el proyecto de un científico al que consideraban legítimo, lo que Haslam y Reicher llaman seguimiento comprometido.

Nada de eso resta fuerza al hallazgo central. Personas normales, sin ninguna inclinación a la crueldad, fueron capaces de hacer daño a un desconocido porque la situación les ofrecía una justificación y alguien que asumía la responsabilidad. Pero el experimento enseña también lo contrario de lo que suele contarse: la obediencia no era automática, variaba muchísimo según las circunstancias y se venía abajo en cuanto aparecía una sola persona que se negaba. Es la misma lección que dejan los estudios de Solomon Asch sobre la presión de grupo.

Presión de grupoEl experimento de la cárcel de StanfordKitty Genovese y el efecto espectadorArgumento de autoridadIgnorancia pluralistaMétodo experimental

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Fuentes

  1. Stanley MilgramBehavioral Study of ObedienceJournal of Abnormal and Social Psychology 67 (4), pp. 371-3781963enlace
  2. Stanley MilgramObedience to Authority: An Experimental ViewHarper & Row, Nueva York1974
  3. Jerry M. BurgerReplicating Milgram: Would People Still Obey Today?American Psychologist 64 (1), pp. 1-112009enlace
  4. Gina PerryBehind the Shock Machine: The Untold Story of the Notorious Milgram Psychology ExperimentsScribe, Melbourne2012
  5. S. Alexander Haslam y Stephen D. ReicherContesting the Nature of Conformity: What Milgram and Zimbardo's Studies Really ShowPLoS Biology 10 (11), e10014262012enlace
Sarasola, Josemari (2024). "El experimento de Milgram". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-experimento-de-milgram/

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