El cisma de Oriente de 1054

En julio de 1054 un cardenal dejó una excomunión en el altar de Santa Sofía. Por qué ese gesto se recuerda como la ruptura entre Roma y Constantinopla.

5 min
Editar

El cisma de Oriente es la separación entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, las dos grandes ramas del cristianismo medieval, que se suele fechar el 16 de julio de 1054. Ese día, un cardenal enviado por el papa entró en la basílica de Santa Sofía de Constantinopla durante la liturgia y dejó sobre el altar una bula que excomulgaba al patriarca. Días después el patriarca respondió excomulgando a los legados. De ahí nacieron, con el tiempo, la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas. Pero la fecha es más un símbolo que una ruptura limpia: el distanciamiento venía de siglos atrás y no se consumó hasta mucho después.

Para entender cómo se llegó ahí hay que pensar en dos mundos que se iban alejando. Desde la división del Imperio romano, Occidente hablaba latín y Oriente griego, y cada vez menos gente entendía la lengua del otro. Occidente se había fragmentado en reinos germánicos y el papa había ganado un enorme peso político; en Oriente seguía existiendo un emperador en Constantinopla que se consideraba heredero de Roma y protector de la Iglesia. Las teologías, las liturgias y las costumbres se habían desarrollado por separado. Los clérigos orientales se casaban y llevaban barba; los latinos, cada vez más, ni lo uno ni lo otro.

Sobre ese fondo había disputas concretas. La más famosa es la del filioque. El credo de Nicea y Constantinopla decía que el Espíritu Santo procede del Padre. En Occidente, primero en Hispania en el siglo VI y luego en el reino franco, se añadió «y del Hijo», en latín filioque. Roma tardó en aceptarlo, pero lo incorporó al credo de la misa a comienzos del siglo XI. Para los griegos aquello era una alteración unilateral del texto aprobado por un concilio ecuménico, y una teología equivocada. Otra disputa, que hoy parece menor pero entonces encendía los ánimos, era el pan de la eucaristía: los latinos usaban pan sin levadura y los griegos pan fermentado, y cada parte acusaba a la otra de error.

Grabado de busto de perfil de un papa con mitra bordada y barba, dentro de un óvalo, con la inscripción Saint Leo IX debajo
Fig. 1 León IX, el papa que envió la legación a Constantinopla, en un grabado del siglo XIX. Cuando sus legados excomulgaron al patriarca, él llevaba casi tres meses muerto.Alexis-François Artaud de Montor · 1842 · Dominio público · Wikimedia Commons

La cuestión de fondo era la autoridad. Los papas sostenían que el obispo de Roma, sucesor de Pedro, tenía una primacía de jurisdicción sobre toda la Iglesia. Los patriarcas orientales le reconocían una primacía de honor, la del primero entre iguales, pero no un poder para mandar sobre ellos. Mientras cada uno gobernó su mitad sin interferir, la diferencia pudo convivir. El choque llegó cuando los dos mundos se encontraron en el mismo territorio.

Ese territorio fue el sur de Italia, donde había iglesias de rito griego y donde los normandos estaban conquistando tierras a costa de Bizancio. El papa León IX, un reformista enérgico, quería imponer allí las costumbres latinas y luchaba a la vez contra los normandos, que lo derrotaron y capturaron en la batalla de Civitate en 1053. El patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, un hombre orgulloso y nada dispuesto a ceder, respondió cerrando las iglesias latinas de la capital, y un arzobispo de su órbita escribió una carta durísima contra los usos latinos, en especial el pan ázimo.

En 1054 León IX envió a Constantinopla una legación para negociar, encabezada por el cardenal Humberto de Silva Candida, un teólogo tan intransigente como Cerulario. Las conversaciones fueron un desastre desde el principio. El emperador, que necesitaba la alianza del papa contra los normandos, intentó mediar, pero el patriarca se negó a recibir a los legados como superiores. El 16 de julio Humberto y sus compañeros depositaron la bula de excomunión en el altar de Santa Sofía, sacudieron el polvo de sus sandalias y se marcharon. Un diácono corrió tras ellos rogándoles que la retiraran; se negaron. Pocos días después un sínodo convocado por Cerulario excomulgó a los legados.

Miniatura medieval sobre fondo dorado con arcos: un hombre barbado sentado en un trono habla con dos figuras de pie vestidas de blanco y azul
Fig. 2 Miguel Cerulario en el trono patriarcal, en una miniatura de una crónica bizantina del siglo XII. El rótulo griego de la esquina lo identifica. Fue el gran antagonista de los legados de Roma en 1054.Miniaturista bizantino anónimo · Dominio público · Wikimedia Commons

Hay varios detalles que muestran por qué los historiadores relativizan 1054. León IX había muerto en abril, así que la autoridad de sus legados era, como mínimo, dudosa. Las excomuniones iban dirigidas contra personas concretas, el patriarca y los legados, no contra las Iglesias enteras. Y en los decenios siguientes hubo contactos, intercambios y comunión en muchos lugares, sobre todo en Antioquía y en el sur de Italia. Muchos contemporáneos ni siquiera se enteraron de lo que había pasado en Santa Sofía.

La ruptura de verdad, la que dejó heridas en la memoria de la gente, llegó con las cruzadas. En 1204 los ejércitos de la cuarta cruzada, que habían partido para ir a Tierra Santa, se desviaron hacia Constantinopla, la saquearon durante tres días, profanaron Santa Sofía y colocaron a un patriarca latino. Para los griegos, aquello confirmó que los latinos eran enemigos. Hubo dos intentos de reunificación en los concilios de Lyon, en 1274, y de Florencia, en 1439, firmados por las jerarquías por motivos políticos y rechazados por el clero y los fieles de Oriente. Cuando Constantinopla cayó en manos turcas en 1453, la separación era un hecho.

El final del episodio es reciente y tiene algo de conmovedor. El 7 de diciembre de 1965, en la víspera de la clausura del concilio Vaticano II, el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras de Constantinopla leyeron a la vez, en Roma y en Estambul, una declaración común en la que lamentaban las palabras ofensivas y los gestos de 1054 y decidían «borrar de la memoria» las excomuniones mutuas. No restablecía la unión, que sigue pendiente por las mismas cuestiones de siempre, la primacía del papa y el filioque. Pero cerró, novecientos once años después, la puerta que aquel cardenal había dado con tanto estrépito.

El concilio de Nicea – Cisma de Occidente – Concilio ecuménico – Las 95 tesis de Lutero – Anglicanismo

§

Fuentes

  1. Steven RuncimanThe Eastern Schism: A Study of the Papacy and the Eastern Churches during the XIth and XIIth CenturiesClarendon Press, Oxford1955
  2. Henry ChadwickEast and West: The Making of a Rift in the Church. From Apostolic Times until the Council of FlorenceOxford University Press, Oxford2003
  3. Tia M. KolbabaThe Byzantine Lists: Errors of the LatinsUniversity of Illinois Press, Urbana2000
  4. Pablo VI y Atenágoras IDeclaración común católico-ortodoxa (7 de diciembre de 1965)Santa Sede, Ciudad del Vaticano1965
Sarasola, Josemari (2025). "El cisma de Oriente de 1054". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-cisma-de-oriente-de-1054/

Una errata, un dato desfasado, un párrafo que falta: edítalo y la redacción revisa tu propuesta.

Sugerir una mejora →
Religión El cisma de Oriente de 1054