El síndrome del impostor

El síndrome del impostor no está en ningún manual y lo declara hasta el 82% de algunos grupos. De dónde viene, cómo funciona y qué lo alimenta.

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El síndrome del impostor es la convicción persistente de no merecer el éxito propio: la persona que lo siente atribuye sus logros a la suerte, al esfuerzo desmedido o a un error de los demás, y vive con el temor de que en cualquier momento alguien descubra que no es tan competente como parece. No es un trastorno reconocido. No figura en el DSM-5 ni en la CIE-11, y quienes lo describieron por primera vez nunca lo llamaron síndrome, sino fenómeno. Aun así, es una de las experiencias psicológicas más citadas de las últimas décadas, y la primera revisión sistemática del tema, publicada en 2020, encontró que lo declaraba entre el 9% y el 82% de los grupos estudiados, según cómo se midiera y a quién se preguntara.

El término nació en 1978 en un artículo de las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, de la Universidad Estatal de Georgia. Durante cinco años habían atendido a unas 150 mujeres con carreras brillantes, doctorados, cátedras y reconocimiento profesional, que compartían un rasgo desconcertante: ninguna se creía inteligente. Las notas, los títulos y los elogios no les servían de prueba. Una paciente estaba convencida de que la habían admitido en el posgrado por un fallo administrativo; otra, de que sus alumnos la sobrevaloraban. Clance e Imes lo llamaron «fenómeno del impostor» y lo atribuyeron a dos tipos de historia familiar. Una es la de la hija a la que se consideraba «la sensible» frente a un hermano «el listo», y que pasó su vida intentando demostrar lo contrario. La otra, la de la hija a la que se le dijo que todo le resultaría fácil, y que aprendió a ocultar el esfuerzo que le costaba cada cosa.

Cuadro de James Ensor con una multitud de personajes enmascarados
Fig. 1 Teatro de máscaras, de James Ensor (1908). La sensación de llevar una máscara que los demás no ven es la imagen que más repiten quienes describen el fenómeno.James Ensor · 1908 · Dominio público · Wikimedia Commons

Lo que convierte una duda razonable en un patrón es el ciclo que Clance describió en 1985. Ante una tarea evaluable, la persona siente ansiedad y responde de dos maneras: prepara mucho más de lo necesario o lo deja para el último momento. Si el resultado es bueno, la primera lo atribuye al esfuerzo («cualquiera lo habría hecho trabajando tanto») y la segunda a la suerte («salió bien de milagro»). En ningún caso el éxito se interpreta como señal de capacidad, así que la siguiente tarea vuelve a generar la misma ansiedad. Es una variante del error de atribución girado hacia dentro: lo bueno viene de fuera, lo malo es propio. El sesgo de confirmación hace el resto. Un comentario crítico pesa más que veinte favorables, porque confirma lo que ya se sospechaba. Clance diseñó una escala de veinte ítems, la CIPS, que sigue siendo el instrumento más usado para medirlo.

El fenómeno pronto dejó de ser cosa de mujeres. Las propias autoras reconocieron en los años ochenta que los hombres lo declaraban en proporciones parecidas cuando se les preguntaba en privado; lo que cambiaba era la disposición a admitirlo. La revisión de Bravata y sus colegas, que reunió 62 estudios y más de 14.000 participantes, no encontró una diferencia de sexo consistente. Sí encontró asociaciones claras con la depresión, la ansiedad y el agotamiento profesional, y una prevalencia alta en estudiantes de medicina, médicos residentes, personal de enfermería y doctorandos: profesiones con evaluación constante y con un listón público muy visible. También es más frecuente en quienes pertenecen a minorías en su entorno, y ahí aparece una lectura incómoda: si una persona es la única mujer, la única inmigrante o la primera universitaria de su familia en una sala, sentirse fuera de lugar puede ser una percepción correcta de la sala, no un defecto suyo. Tulshyan y Burey plantearon en 2021 que el diagnóstico individual sirve a veces para no mirar el entorno que lo produce.

Hay una lista larga de confesiones célebres, y casi todas llegan en el mismo tono. La escritora Maya Angelou contaba que, con una decena de libros publicados, cada nuevo título le hacía temer que por fin la descubrieran. Albert Einstein, en una carta de 1955 a la reina Isabel de Bélgica, escribió que la estima exagerada por su obra le hacía sentirse un estafador involuntario. Que personas con pruebas abrumadoras de su valía se sientan así es la clave del asunto: el síndrome no responde a la evidencia, porque la evidencia es justo lo que descuenta. Se parece al perfeccionismo y suele venir con él, pero no son lo mismo: el perfeccionista cree que podría llegar al listón si se esfuerza más; el impostor cree que el listón es un malentendido.

La clínica lo trata con las herramientas de la terapia cognitiva: hacer explícita la atribución («lo conseguí porque tuve suerte») y confrontarla con los hechos, practicar la aceptación del elogio sin matizarlo, y separar la autoimagen de la última evaluación recibida. La reestructuración cognitiva funciona razonablemente, y también funciona algo mucho más barato: descubrir que los demás lo sienten igual. Clance observó que sus pacientes mejoraban en grupo nada más oír a otras mujeres describir la misma sensación, porque el fenómeno se alimenta del secreto. Cada persona compara su interior, lleno de dudas, con el exterior de los demás, que parece seguro, y concluye que es la única que finge. La comparación está trucada desde el principio.

El error fundamental de atribución – Perfeccionismo académico – Autoimagen, autoconcepto y autoestima – La reestructuración cognitiva – Estrés de rol – Sesgo de confirmación

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Fuentes

  1. Pauline Rose Clance y Suzanne Ament ImesThe Impostor Phenomenon in High Achieving Women: Dynamics and Therapeutic InterventionPsychotherapy: Theory, Research & Practice 15 (3), 241-2471978enlace
  2. Pauline Rose ClanceThe Impostor Phenomenon: Overcoming the Fear That Haunts Your SuccessPeachtree Publishers1985
  3. Dena M. Bravata y otrosPrevalence, Predictors, and Treatment of Impostor Syndrome: a Systematic ReviewJournal of General Internal Medicine 35, 1252-12752020enlace
  4. Ruchika Tulshyan y Jodi-Ann BureyStop Telling Women They Have Imposter SyndromeHarvard Business Review2021enlace
Sarasola, Josemari (2024). "El síndrome del impostor". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/sindrome-del-impostor/

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