La fiebre puerperal mataba, a mediados del siglo XIX, a una de cada diez mujeres que daban a luz en el Hospital General de Viena, el mayor de Europa. Era una infección fulminante que empezaba uno o dos días después del parto y acababa en tres o cuatro con una septicemia. Se atribuía a casi todo: a la atmósfera, a la leche que «subía» al vientre, al miedo, a la vergüenza, al clima. En 1846 llegó a la clínica un ayudante húngaro de veintiocho años, Ignaz Semmelweis, y se fijó en un dato que estaba a la vista de todos y que nadie quería mirar.
El hospital tenía dos clínicas de maternidad, idénticas en todo salvo en quién atendía los partos. En la Primera Clínica los hacían los médicos y los estudiantes de medicina; en la Segunda, las comadronas. Las mujeres ingresaban en una u otra según el día de la semana, sin elegir. Y la Primera tenía una mortalidad dos, tres y hasta cinco veces mayor que la Segunda. Lo sabía todo Viena: las parturientas suplicaban que las admitieran en la clínica de las comadronas, y algunas preferían parir en la calle y presentarse después, porque las que llegaban con el niño ya nacido casi nunca enfermaban.

Semmelweis descartó una por una las explicaciones en uso. La atmósfera era la misma en los dos pabellones. El hacinamiento era mayor en la Segunda. La vergüenza por ser examinadas por hombres no explicaba que las mujeres que parían en la calle se salvaran. La pista llegó en marzo de 1847 con una muerte que no era de ninguna parturienta: su amigo Jakob Kolletschka, profesor de medicina forense, se cortó con el escalpelo de un estudiante durante una autopsia y murió en pocos días con los mismos síntomas y las mismas lesiones que las mujeres de la clínica. Semmelweis entendió que Kolletschka había muerto de lo mismo, y que lo que lo había matado eran «partículas cadavéricas» que entraron por la herida. Los médicos y los estudiantes de la Primera Clínica empezaban la mañana en la sala de autopsias y pasaban de los cadáveres a explorar a las mujeres de parto, lavándose las manos con agua y jabón, que no quitaba el olor. Las comadronas no hacían autopsias.
La medida que impuso en mayo de 1847 fue un cubo con una solución de cal clorada a la puerta de la sala de partos y la orden de frotarse las manos hasta que desapareciera el olor a cadáver. La mortalidad de la Primera Clínica cayó del 18 por ciento de abril al 2 por ciento en junio, y en 1848, con el lavado extendido también a los instrumentos, hubo meses sin una sola muerte. Fue un experimento con grupo de control hecho antes de que existiera el concepto, y los números eran contundentes.
No bastaron. Semmelweis afirmaba que los propios médicos eran la causa de las muertes, y eso era insoportable para una profesión que se veía como salvadora. No podía decir qué eran las «partículas»: faltaban veinte años para que Pasteur y Lister dieran nombre a los microbios y a la antisepsia. Y no publicó: durante trece años se limitó a cartas y a que otros defendieran su hallazgo, mientras sus superiores, el profesor Klein entre ellos, lo veían como un agitador en la Viena de 1848. No le renovaron el puesto en 1849 y se volvió a Pest. Cuando por fin escribió su libro, en 1861, era un texto de 500 páginas amargo y repetitivo, seguido de cartas abiertas en las que llamaba asesinos a los obstetras de Europa. En 1865, con síntomas de una enfermedad mental que aún se discute, fue internado en un manicomio de Viena y murió a las dos semanas, el 14 de agosto, de una septicemia causada, según la autopsia, por una herida: muy probablemente por la paliza de los guardianes. Tenía 47 años.

Lo que se llama hoy «reflejo de Semmelweis», el rechazo automático de una prueba que contradice la creencia establecida, es un nombre justo pero incompleto. El caso enseña también lo contrario: que un dato correcto necesita una teoría que lo haga comprensible y una publicación que lo haga discutible, y que tener razón, por sí solo, no cambia nada. Para la generación siguiente, la misma lección en una epidemia de cólera, ver los números del cólera.
Fuentes
- Ignaz SemmelweisDie Ätiologie, der Begriff und die Prophylaxis des KindbettfiebersC. A. Hartleben, Pest, Viena y Leipzig1861
- K. Codell Carter (ed. y trad.)The Etiology, Concept, and Prophylaxis of Childbed FeverUniversity of Wisconsin Press1983
- Irvine LoudonThe Tragedy of Childbed FeverOxford University Press2000
- Sherwin B. NulandThe Doctors' Plague: Germs, Childbed Fever, and the Strange Story of Ignác SemmelweisW. W. Norton, Nueva York2003