
Desde el punto de vista geológico, una playa es un depósito de material fino, desde granos de arena a gravas y cantos, que se establece a lo largo del litoral marino o lacustre, y que se encuentra sin consolidar, por lo que está en continuo movimiento debido a la acción del oleaje y del viento. Es la franja del litoral comprendida entre el límite inferior del oleaje y la altura máxima que alcanzan las olas durante las tormentas.
El material de las playas procede de la erosión de acantilados y montañas próximas, de los sedimentos que aportan los ríos y, en las zonas cálidas, de restos de conchas y esqueletos de organismos marinos. Según su dinámica se distinguen playas acumulativas o de acreción, cuando reciben más sedimento del que pierden, y playas erosivas, cuando el oleaje arrastra la arena hacia el mar. Según el tamaño del material se habla de playas arenosas, de grava o de cantos rodados, y según su uso, de playas naturales, urbanas o regeneradas artificialmente con aportes de arena. Por su origen se relacionan con otras formas litorales como la barra litoral, el tómbolo o la flecha litoral, construidas por el mismo transporte de sedimentos.
El perfil de una playa varía con las mareas y las estaciones: con marea baja se expone un frente de arena poco consolidada y con marea alta el mar alcanza la berma o acumulación más estable. La erosión costera, agravada por la presión urbanística y la construcción de puertos y diques, obliga en muchas regiones a actuaciones de protección de costas mediante escolleras o aportaciones de arena. Son célebres las playas de arena fina del Cantábrico, las calas rocosas del Mediterráneo, las de arena coralina del Caribe y las de arena volcánica negra de Canarias, Hawái y otras islas volcánicas.